jueves. 25.07.2024
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Marine Le Pen. (Foto: Europapress)

El anticapitalismo light del Frente Nacional es un anti cosmopolitismo reaccionario con la etiqueta de antisistema que no pretende en ningún caso poner en jaque la economía de mercado sino instrumentalizarla para volver a reinar en Europa

Miguel de Sancho | Las elecciones europeas de 2014 y los recientes comicios departamentales del mes de marzo han puesto en evidencia el progreso electoral del Frente Nacional. El partido de extrema derecha, que comenzó en 2011 un largo proceso de desdiabolización en el que las derivas antisemitas, negacionistas y petainistas quedaron arrinconadas en aras de una nueva era basada en el patriotismo económico, en el rechazo a la Unión Europea y en el control migratorio, ha cosechado un éxito que inquieta a los grandes partidos a apenas dos años de las presidenciales de 2017.

Pese a la fuerte abstención que ha caracterizado las elecciones celebradas en los últimos 12 meses, el partido de Marine Le Pen ha encontrado un nicho de electores que alcanza el 25 por ciento en cada uno de los escrutinios.

Proletarización evidente del partido

Particularmente significativo resulta el análisis sociológico del votante del Frente Nacional. En las últimas elecciones departamentales, el partido ha cosechado el 42 por ciento del voto obrero, lo que constituye una proletarización evidente del partido, otrora focalizado en la alta burguesía católica y ultraconservadora del sudeste y en los pieds-noirs (antiguos colonos), nostálgicos de l'Algérie Française.

En un contexto de desempleo creciente y de cuestionamiento permanente sobre la identidad cultural del país, el Frente Nacional ha construido un discurso simultáneamente reduccionista y moderno -con referentes tan diversos como Juana de Arco, el bonapartismo o el socialismo de Jaurès- en el que ha encontrado tres grandes chivos expiatorios a los que culpar del supuesto declive francés: en primer lugar, la Unión Europea, responsable de la desindustrialización, de la pérdida de soberanía nacional -monetaria, legislativa... - y de la llegada de una inmigración descontrolada desde la firma de los acuerdos de Schengen; en segundo lugar, el inmigrante o el descendiente de inmigrante que desvirtúa la esencia uniforme católica y blanca del Hexágono; en tercer lugar, el burgués de las grandes áreas metropolitanas, legitimador del multiculturalismo y culpable de la decadencia civilizacional europea y francesa.

Refugio de los excluidos

La sobrerrepresentación mediática del Frente Nacional y la simplicidad del discurso han convertido a la formación de Marine Le Pen en refugio de los excluidos. De manera paradójica, en ningún momento las ideas de justicia social, de redistribución o de fiscalización progresiva han sido defendidas por un partido que encuentra más su éxito en la búsqueda de un culpable que en el examen de las soluciones a los diferentes problemas del país. La única vía económica se centra en el proteccionismo económico, en el discurso anti globalización, concebida como amenaza local y no como un reto global. El anticapitalismo light del Frente Nacional es un anti cosmopolitismo reaccionario con la etiqueta de antisistema que no pretende en ningún caso poner en jaque la economía de mercado sino instrumentalizarla para volver a reinar en Europa.

Una transformación histórica

El crecimiento electoral del Frente Nacional se centra fundamentalmente en aquellas regiones más sensibles al proteccionismo económico. Así, los principales bastiones del voto comunista a lo largo de la V República, con porcentajes que superaron el 25 por ciento en las legislativas de 1976, se han ido transformando progresivamente en centros de voto de extrema derecha, con porcentajes superiores hoy al 30 por ciento en los últimos comicios - elecciones europeas y departamentales- . El norte y el nordeste, regiones antaño industriales y que hoy cuentan con una tasa de desempleo tres puntos por encima de la media nacional), y el arco mediterráneo (desde Perpiñán hasta Niza) representan el gran vivero de votos del Frente Nacional para alcanzar la segunda vuelta de las presidenciales de 2017. 

El atlas de las desigualdades del demógrafo francés Hervé Le Bras (Atlas des inégalités, Ed. Autrement, Paris, 2014) muestra que, con la excepción de la metrópolis parisina, las dos regiones con mayor desigualdad en la renta mediana corresponden exactamente con los principales centros de voto del Frente Nacional. Contrariamente, las regiones más igualitarias (Bretaña, Aquitania o Auvernia) recogen un voto frontiste que es en muchos casos inferior al 15 por ciento (10 puntos por debajo de la media nacional en las últimas elecciones departamentales). Si profundizamos en la contradicción, podemos ver que el norte y algunas zonas del nordeste presentan un porcentaje de inmigrantes muy inferior a las principales áreas metropolitanas (París, Lyon, o Toulouse, por ejemplo) donde el voto por la extrema derecha es, en muchos casos, residual.

Es evidente que en un contexto de desindustrialización, de globalización y de pérdida de referentes culturales propios, el voto del descontento y de la decepción han basculado desde la izquierda hacia la extrema derecha. En este giro, el Frente Nacional ha logrado transfigurar el humanismo optimista e internacionalista en miedo, resentimiento y rencor. La llamada al referéndum permanente y a la democracia directa bajo el modelo suizo y el martilleo de la idea de una “cultura en peligro” están transformando a la Francia exportadora de valores en la aldea de Astérix. La solución para frenar la adhesión imparable de las clases populares hacia el Frente Nacional pasa por la igualdad de oportunidades, por un reparto de los ingresos más justo y por una reforma del sistema que ponga fin a la monarquía presidencialista de la V República. Mientras tanto, Marine Le Pen seguirá aprovechando el sempiterno deterioro del ascensor social para arañar los votos que quizá un día la llevarán a las puertas del Elíseo.

Frente Nacional: el triunfo de un ascensor social averiado