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miércoles. 01.02.2023

“Os exprimiremos hasta la saciedad, y luego os llenaremos con nuestra propia esencia” | George Orwell,1984

Cuando monsieur Sarkozy -tras la correspondiente ronda de consultas con fraülein Merkel- declara a bombo y platillo que hay que “repensar y refundar Europa” podemos concederle el mismo caso que cuando, tras la quiebra de Lehman Brothers, tuvo la osadía de proponer- nada más y nada menos- que “la refundación del capitalismo”. De aquel entonces ahora, más bien lo que ha pasado es que los bancos han recibido la astronómica cantidad de 1,6 Billones de dinero público para su rescate, mientras que, uno tras otro, como en la novela de Ágata Christie los “Diez Negritos”, van cayendo los gobiernos y las economías de Grecia, Irlanda, Portugal, Italia, España. ¿Cual será el próximo y quién el asesino?

Pronto el gran mudo en que se ha mutado Don Mariano después de su estelar aparición en el Balcón de Génova, deberá afrontar sus responsabilidades y decir con quién, cuándo y cómo procederá a ejecutar la gran Contrarreforma que exigen los mandamases del cotarro. Pero a Rajoy y al PP no les basta con haber ganado las elecciones mediante la fullera combinación de silencios (ni pío sobre sus compromisos electorales, ¿para qué? si hará lo que dios manda) y amenazas (atizando en la sociedad el miedo a un holocausto económico y, a la vez, brindando con champán por cada parado y cada punto de la prima de riesgo que los izaba al poder). Ahora, con sus diputados, alcaldes y demás jerarcas a buen recaudo, también pretenden inventar un nuevo relato de la realidad: hacer creer a los ciudadanos que el hecho de disponer de una mayoría absoluta parlamentaria otorga a Rajoy una legitimidad absoluta para hacer “lo que tiene que hacer”. Aún prescindiendo de que la ley electoral y la insondable Ley D’Hondt distorsiona hasta el paroxismo el elemental principio de “un hombre un voto” y de la proporcionalidad debida, lo cierto es que –como recordaba Vicenç Navarro- los votos obtenidos por el PP no representan, ni de lejos, a la mayoría del pueblo español.

A Rajoy lo ha votado escasamente el 30% del censo electoral, pero la caverna mediática, la CEOE, los expertos de guardia, los enmucetados mandarines y los “mercados” están empeñados en fabricar -mediante una eficiente ingeniería de marketing- unos ciudadanos lo más parecidos posibles a los replicantes de la película Blade Runner, a los que se les inserta un chip con la falsa percepción de que esos señores pueden hacer lo que les dé la jodida gana. Al fin y al cabo para eso han ganado las elecciones: para salvarnos de ese Infierno dantesco en el que " Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza”. La mayoría parlamentaría se convierte no tanto en un limitado mandato democrático de la soberanía popular para cumplir con los compromisos electorales -por otro lado inexistentes, más allá de la farfolla de frases de vendedores de crecepelos milagrosos-, como en un posmoderno derecho a pernada del poder del estado. Los procedimientos formales de la democracia, sus correspondientes actos litúrgicos y su corpus sacro constitucional se convierten en un fin en sí mismo y no en el instrumento para ejercer la voluntad popular y el espíritu de las leyes. Remedando la célebre frase de McLuhan, en la democracia de mercado el medio es el mensaje.

La Gran Recesión que azota Europa arrasa con el empleo de millones de ciudadanos, empobrece a las clases medias, transfiere los recursos públicos a favor de los ricos (sí, de los ricos), expolia el patrimonio social acumulado durante décadas, pero, además,-rien non va plus- también está aniquilando todo atisbo de esa democracia que creímos gozar y que tanto gusta de imponer -aunque sea a base de hostias- a otros pueblos del mundo. Como si se tratase de un fenómeno físico sometido a reglas universales, cuanto más se acerca la crisis sistémica del capitalismo a la médula del poder financiero, más se convierten las instituciones de la democracia y los estados nacionales en unas momias petrificadas despojadas de poder. De pronto –como si se tratase de un fenómeno paranormal- las instituciones y tratados de la UE, tejidas trabajosamente durante décadas, desaparecen de golpe (¡nunca mejor dicho ¡). Ante nuestros incrédulos ojos emerge un nuevo poder que nadie ha elegido en votación alguna. Diariamente, como una torturante gota malaya, los medios y los políticos nos hablan de primas de riesgo, de euros a distintas velocidades, de subastas de deuda, de cooperaciones reforzadas, de intervenciones, del Apocalipsis Now, si no obedecemos las imperiosas órdenes de los nuevos amos del universo: agencias de calificación de riesgos, fondos de inversión soberanos y de los otros, índices de bolsa, mercados de futuro, presente y pasado, BCE y otros ignotos entes de las tinieblas del poder emergente. Si las instituciones de la UE no actúan con la diligencia debida, pues se cambian por el gobierno de facto de los procónsules Merkel y Sarkozy (con gran cabreo del pérfido Cameron); que Papandreu –probablemente tras ingerir cantidades prohibitivas de retsina- le da por convocar un referéndum, ¡pues, nada¡ se le echa y se pone a un señor en nómina de Goldman Sachs, que de eso saben un huevo; que las velinas de Berlusconi no están a lo que hay que estar con tanto fiesteo,¡pues, fuera,¡ se sustituyen por un gobierno de políticos tecnócratas presidido por Súper Mario que es miembro del Bilderberg y de la Trilateral y asunto terminado; que el BCE debe cambiar a su presidente ¿quién mejor que ese vivero de expertos que es la celebérrima Goldman Sachs para designar al sucesor? todo exquisitamente democrático, off course.

Pero esta situación no es algo nuevo en el funcionamiento del moderno capitalismo, en realidad todo esto de de las primas de riesgo, intervenciones, especulaciones, ciclos, corralitos y demás, es más viejo que el hilo negro. Ya Marx advertía sobre las crisis económicas como fenómenos consustanciales al capitalismo, Schumpeter analizaba la destrucción creativa del capital o Keynes proponía la inversión pública como instrumento para combatir las crisis. Pero desde Reagan y Thatcher y sus eximios inspiradores intelectuales- Hayek, Friedman y los Chicago Boys- la Santa Trinidad de la utopía ultraliberal ha sido invariablemente-como un mantra infinito- : privatizar el patrimonio público( barato o gratis y corrompiendo a los servidores públicos); recortar el gasto social (y reducir los impuestos a empresas y ricos); desregulación de los mercados ( nada de normas que protejan derechos ciudadanos y consumidores, pero sí al flujo sin barreras del capital ,mercancías y beneficios). Tres medidas distintas y un solo dios verdadero: la apropiación por parte de las minorías plutocráticas y oligárquicas, así como de los países dominantes, de la mayor parte de la riqueza del planeta.

La aplicación de esa agenda fundamentalista ha llevado aparejada a menudo el empleo de la corrupción masiva (en Rusia y otros), cuando no la dictadura salvaje (en Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Indonesia en los años 70), la acción bélica (en los Balcanes, Nicaragua) o la atroz destrucción del medio ambiente. También las catástrofes naturales son el momento idóneo para aplicar las recetas de esos “fanáticos del sufrimiento”, así los pobres pescadores de Sri Lanka que pudieron salvarse de la devastación del tsunami -nos recordaba Naomi Klein en su libro “La doctrina de shock”- más tarde tuvieron que abandonar sus valiosas tierras frente al mar para cederlas a la especulación turística, o cuando el Katrina asoló Nueva Orleans -ante la necia impavidez de George W.Bush- a los cruzados del libre mercado se les presentó la ocasión de oro para liquidar el parque de vivienda social , la escuela pública y limpiar la ciudad de pobres afroamericanos. En Irak o en Libia (que no es lo mismo, pero parece igual), tras los estragos de las guerras por la democracia y la libertad, sus gobiernos “Quisling” cedían las reservas petrolíferas y sus mercados a sus libertadores. ¡Paradójica deriva de una ideología que asocia el libre mercado a la democracia¡

Cautiva y desarmada la izquierda española y europea asiste entre perpleja y acobardada a esta contrarreforma del capitalismo de nueva/vieja generación que todo lo destruye, desde las conquistas socioeconómicas hasta los mismos fundamentos de la democracia. El PSOE y la socialdemocracia europea (de la mundial no hablo porque jamás existió salvo en su versión del New Deal) han fracasado en la defensa del welfare state que ella misma creó (con la ayuda de los sindicatos y acicate de los comunistas internos y externos durante la llamada guerra fría). La crisis en que ha quedado sumido el PSOE tras su derrota no parece augurar una reconstrucción que salga de la lógica de un régimen del alternancia con el PP. Las resentidas declaraciones de personajes como Bono y sus arriba España cañís, de Guerra o Ibarra con sus venenosas invectivas contra el PSC y el zapaterismo, o de Peces Barba sacando a pasear su alma de anticomunista de manual de guerra fría, no auguran nada bueno. Tampoco los resultados electorales de IU/IC/CHA representan un cambio en la correlación de fuerzas de la izquierda en la medida que de los 4,5 millones de votos perdidos por el PSOE sólo alrededor de 0,7 votantes han ido a parar a sus candidaturas lo que indica la débil atracción de una propuesta que no acaba de desprenderse de su autopercepción de Rey Sol de toda la izquierda.

Pero, la eterna pregunta: ¿qué hacer? El futuro: mal. Los recortes: todos. La resistencia: difícil y amedrentada. Pero, como dicen en las road movies, on the road again: pronto las elecciones andaluzas (otra Extremadura de las dos orillas o el comienzo del freno al PP), después la europeas… En todo caso el gran desafío de la izquierda estará en su capacidad de movilizarse con y desde la sociedad civil contra los recortes y la destrucción creativa del patrimonio público acumulado con sangre, sudor y lágrimas. Trabajar por la edificación de una izquierda transformadora en la que confluyan (con democracia y respeto) sus distintas culturas, tradiciones y sensibilidades. Capacidad de sumar, de generar mayorías sociales, de trazar alianzas, en definitiva: voluntad de conseguir la hegemonía en la sociedad que proponía Gramsci.

Quizás nos esperan lustros en que los asesinados por el franquismo sigan pudriéndose en las cunetas, que el Valle de los Caídos nos recuerde cotidianamente que continúan habiendo vencedores y vencidos, que las clases trabajadoras (y no trabajadoras) se vean reducidas a clientes de los mercados. Puede que así sea, pero no estaría de más no obstante, que Rajoy (o Artur Mas, tanto monta, monta tanto) antes de acometer la ejecución del mandato de los mercados cabalgando en la cuadriga dorada del triunfo electoral se hiciesen acompañar por un esclavo moderno con contrato precario que no cesase de susurrarle al oído aquello de “Respice post te, hominem te esse memento” (“mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”). Porque el que siembra lluvias recoge tempestades.

Rajoy y el “default” de la democracia de mercado
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