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viernes. 07.10.2022

Me quedo con el Caos

Por Emilio Jurado | Suenan  trompetas, émulas de las de Jericó, anunciando el fin de los tiempos, tras de mi la nada, o yo o el caos, no hay nada fuera del PP o lo que es lo mismo no hay salvación fuera de la Iglesia.

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Suenan  trompetas, émulas de las de Jericó, anunciando el fin de los tiempos, tras de mi la nada, o yo o el caos, no hay nada fuera del PP o lo que es lo mismo no hay salvación fuera de la Iglesia. Así se expresan los heraldos del gobierno ante el reto que les supone el cuestionamiento radical de su programa económico y social por parte de Podemos y de su visión sectaria de la organización territorial e institucional del país salida desde Cataluña.

En tropel uno tras otro, portavoces reconocidos, aspirantes a puesto en la próxima lista electoral, tancredos  en entredicho y hasta uno que pasaba por allí, han pronunciado apocalípticas advertencias sobre lo que se nos viene encima si atendemos a devaneos insustanciales de peludos antisistema o de “polacos” resentidos conniventes con el fraude hecho en casa. Todos ellos nos han mostrado el caos, el horror del vacío al que nuestro malhumor (comprensible) puede llevarnos. Porque comprendernos, nos comprenden, entienden nuestro malestar, que nos pique un poco la ponzoña que nos aplican, ahora cortar el miembro no, eso es demasiado.

Y nos lo dicen con una convicción poderosa, apasionada, asertiva por ser expresada como verdad última de la que depende el sentido del mundo. Algo que ya aleteaba en la cabeza de W. Yeats cuando escribía: Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de una vehemencia apasionada.

Pues sí señor Yeats, tenía usted razón cuando escribía su Second Coming y la sigue teniendo  ahora casi cien años después y referido a una realidad distinta de la que inspiró su poema. Porque los malos, los peores siempre aparecen y siempre están listos para sacarnos de nuestros errores, para defendernos de nuestra tibieza y protegernos de nuestras erráticas tribulaciones, que por débiles y por ambiguas carecen de vehemencia, carecen de pasión.

La andanada contra Podemos de una parte importante del organigrama del PP y de la totalidad de la prensa (casi sin excepción) no se debe a que se perciba en una nueva formación un riesgo electoral o un adversario cualificado, sino el que su posición no está fijada, no tienen programa concreto, carisma si pero líder no, de jerarquía ni hablar, las propuestas de acción no son enteramente políticas sino que se abren a temáticas sociales, ambientales, colaborativas, etc y para ello tejen una red de relaciones que diluye aún más el punto de disparo sobre el que concentrar el fuego, por ello hay que cargar contra el todo.  Por ello hay que ser vehemente en la lucha y apasionado en la descalificación.

Para batirse en el otro frente, en la cuestión de la distribución de la soberanía en Cataluña, basta con exacerbar la pasión nacional española para crear una corriente vehemente que ciega el posible desarrollo de un modelo federal de reorganización territorial que este país pide a gritos. El estatuto de Cataluña declarado inconstitucional por el tribunal de la materia no sería tan discordante como planteó de manera tan vehemente en su momento el PP cuando la casi totalidad del articulado de esta propuesta fue recogido en estatutos de autonomías diversas, incluidas algunas de las administradas por el propio partido popular. La vehemencia del grito de España se rompe, debidamente coreada por voces corales de la prensa y las instituciones, nos han metido en un enredo que ahora quiere presentarse como parte del caos que nos espera si tenemos la debilidad de no votar a lo seguro, a lo que conocemos.

No formo parte de los mejores y por eso no puedo decir que carezca de toda convicción. Si, lo declaro abiertamente, tengo una profunda convicción, y en esta tesitura yo también quiero mostrarme vehemente y decir que prefiero el Caos.

Me quedo con el Caos