Miércoles 26.06.2019

¿Es posible una política de izquierdas en España?

La izquierda ha tenido que adaptarse a un régimen donde, por las rígidas hechuras sistémicas e intereses fácticos, su desfiguración es una coda obligada ya que cualquier proceso de auténtico cambio social, la pulpa nutritiva de la izquierda, es considerado un extremismo intolerable

¿Es posible en España en la actualidad la implementación de una política de izquierdas? Una política realizada por un gobierno de progreso que trascienda a la mera acepción y sea capaz de construir procesos de transformación social, que identifique un ubi consistam común entre mandantes y mandatarios, una ubicación compartida para definir los límites y contenidos del poder. Decía Ortega y Gasset que el radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Siendo esto así ¿por qué en España contemplamos una derecha radical y una izquierda moderada? Es evidente que existe un contexto, un pretexto y un ecosistema político que, con independencia de qué partido esté en el Gobierno, la derecha siempre procede con la autosuficiencia de los vencedores y la izquierda con el complejo de los vencidos. Los conservadores actúan en un régimen generado a sus hechuras mientras la izquierda desde la Transición ha tenido que pagar la gabela de la inmunodeficiencia ideológica.

El equilibro de lo mesurado es de tal excentricidad que se contempla en la esgrima de la vida pública española cómo la derecha radical reclama, de acuerdo con el ortopédico y parcial ecosistema político, una prudencia en la izquierda que obliga a la desnaturalización de los progresistas para ser parte del régimen. Este régimen ha provocado en la izquierda lo que en Francia llaman entropie représentative, término con el que se alude al deterioro de la relación entre electores y electos, donde la ciudadanía se encuentra enclaustrada en una dimensión de consumidores políticos, desencantados ya respecto de la posibilidad de controlar de alguna manera, directa o indirectamente, los mecanismos de las decisiones públicas.

La izquierda ha tenido que adaptarse a un régimen donde, por las rígidas hechuras sistémicas e intereses fácticos, su desfiguración es una coda obligada ya que cualquier proceso de auténtico cambio social, la pulpa nutritiva de la izquierda, es considerado un extremismo intolerable. No hay que olvidar que la democracia es un régimen de poder y una reforma es una corrección de abusos mientras un cambio es una transferencia de poder, lo que produce que una izquierda tímidamente reformista no pueda evitar los déficits democráticos. Conviene recordar la advertencia que hacía el socialista Luis Gómez Llorente, durante el debate del proyecto constitucional, sobre la urgente necesidad de evitar caer en la mala tentación de mantener artificialmente un aparato político sin otro fin en todo su tinglado que marginar por completo la voluntad auténtica de los pueblos de España y la postergación desesperanzada de las clases oprimidas. Porque como gustaba decir a Ferdinand Lassalle, los problemas constitucionales no son, primariamente, problemas de Derecho sino de poder y éste sí que no ha cambiado de manos.

Por su parte, la derecha secular en España siempre fundamenta su poder e influencia política y social en forzar las hechuras de la nación hacia la anomalía. El dominio feudal de las élites económicas y estamentales y esa tendencia conservadora hacia el autoritarismo ha hecho de la excepción y la banalidad los elementos constituyentes de la nación al objeto de preservar los minoritarios intereses oligárquicos y elevarlos a la universalidad, es decir, a que se transfiguren alevosamente en los generales del país.

Quizá porque la alidada histórica con la que intencionadamente se ha medido la nación se sustentó en mantener anacrónicamente un tiempo destinado a pasar con tal de que a la ciudadanía se le escapara en cualquier tiempo su propio destino. Ernest Renan nos indicaba que un país no era sino la voluntad de ser nación que se traducía en un plebiscito cotidiano. Y en este sentido, Benedict Anderson concebía la nación como una comunidad política imaginada, donde sus miembros a pesar de sus múltiples diferencias sociales compartían un mundo mental de mitos y valores comunes  que le hacían identificarse con los mismos héroes y odiar a los mismos villanos. Lo que ocurre, como Eric Hobsbawm nos descubre, es que las naciones no son realidades naturales, estables y antiquísimas como los ríos o las montañas, sino creaciones político-culturales, relativamente recientes, singularmente localizada en Europa con las revoluciones liberales y que se exportó al resto del mundo. Pero en España todas esas revoluciones se frustraron por lo que la verdadera historia de nuestro país hay que buscarla en la suerte de los héroes derrotados y las imposturas de los villanos.

Los désorientateurs, que dice Fanon, tienen la ardua tarea de sembrar la confusión. El mismo Fanon nos advertía que ser colonizados es perder un lenguaje para absorber otro, aquel en que no podemos reconocernos. Es la implantación de esa cultura estática de las sociedades paralizadas y que, por ello, son, antes que nada, cultura oficial, es decir, repetición, mecánica y autoritaria de unas creencias que, salvo en la parálisis absoluta, la cultura cerrada se diferencia más y más, cada día, de lo real y donde el diálogo que se explicita como cauce para la solución de los conflictos es simplemente decorado.

La constricción del ámbito de lo opinable y lo revisable propicia que hechos entendidos como revisión del régimen de poder, se aborden como imposibles y su negación los convierta de imposibles o improbables por la cultura oficial en inevitables desde la visiva de la realidad política de la sociedad. La crisis de la monarquía, las tensiones territoriales, el conflicto social, son planteados por el sistema como inexistentes en cuanto a su contextura en que han derivado como problema y sólo admite a modo de  solución la vuelta al estado anterior a la polémica. Es la negación de aquella realidad advertida por Albert Einstein de que no podemos resolver problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando los creamos.

Pero habrá de entenderse que es la hora de la política con mayúsculas, con solvencia, sin frivolidades, con menos imágenes sustitutivas y más imaginación. Buscar nuevos niveles de soberanía popular y nuevos procedimientos para tomar las decisiones democráticamente, en un imperativo contexto donde los espacios económicos, políticos y jurídicos están dolosamente desvertebrados en contra de los más débiles. ¿Pero es esto posible hoy en España?

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