DISCURSO ÍNTEGRO

El memorable discurso de Luis García Montero en su toma de posesión como director del Instituto Cervantes

Luis García Montero, en su discurso de agradecimiento como Hijo Predilecto de Andalucía
Luis García Montero, en su discurso de agradecimiento como Hijo Predilecto de Andalucía

Discurso de Luis García Montero en su toma de posesión como director del Instituto Cervantes, en Madrid, a 1 de agosto de 2018


Vicepresidenta, Ministro de Exteriores, Ministra de Educación, Ministro de Cultura, Ministra de Justicia, Secretarios de Estado, Embajadores y Cuerpo Diplomático Acreditado, Autoridades, Compañeros y compañeras del Instituto Cervantes, el mundo de la cooperación, la cultura y de la educación, amigos y amigas.

Esta mañana siento la voz de don Quijote, en una de sus famosas parrafadas en homenaje a la libertad, la poesía, la dignidad o el buen gobierno, advirtiéndome sobre la responsabilidad que asumo. Yo le contesto que en mi responsabilidad se abrazan a la vez la exigencia y la ilusión. A los 60 años de edad, cuando he vivido tantos momentos diferentes de la historia de España, agradezco la oportunidad que se me da de compartir en mi oficio una vocación cívica y un tiempo nuevo para la democracia española.

Empecemos por las primeras palabras, esas que según Elsa Morante hacen del arte una apuesta contra la desintegración ética de la sociedad. El mayor reto que tenemos, desde muy diferentes perspectivas, es el esfuerzo por ser buenos, en el buen sentido de la palabra bueno, frente a los que trabajan por crear un tiempo propicio al odio. Cito, como ya sabéis, a Antonio Machado y a Ángel González.

El Instituto Cervantes, desde que se puso en marcha hace 27 años, con el consenso de todas las fuerzas parlamentarias, es una institución de Estado que atesora especial significación. Hay lugares en los que se cruzan casi todos los caminos. Si en la sanidad pública, se encuentran la igualdad, la calidad de vida, la democracia económica y los cuidados solidarios, en el Instituto Cervantes el Estado reúne la presencia de España en el mundo, la cooperación internacional, el reconocimiento del valor de la educación y su compromiso en el apoyo y la difusión de la cultura.

Una Institución de Estado, entendida como bien común, debe sostener el orgullo de sus vínculos con la sociedad en el reconocimiento de su propia autonomía. Las instituciones públicas, relacionadas con la acción de Gobierno, no son espacios gubernamentales, sino un patrimonio colectivo. En esa tarea de buenos deseos que uno escribe en su conciencia al asumir una misión importante, el respeto al bien común de la entidad y a la independencia de sus profesionales es un tesón prioritario, mi querido don Quijote, quedo advertido.

Yo no me avergüenzo de mi compromiso político. Tened cuidado con los que os aconsejan que no os metáis en política, porque esos es que quieren hacer política sin vosotros y contra vosotros. Otra buena advertencia de Antonio Machado. Así es, y la mejor manera de reivindicar la dignidad de la política es oponerse al sectarismo y la manipulación. El respeto a las instituciones públicas supone la mayor muestra de respeto a la ciudadanía.

Pero en nuestras palabras y en nuestra forma de contarnos la vida hay en juego muchos más que la salud de la democracia española y su afirmativo orgullo ante el mundo. Mi maestro Francisco Ayala empezó a escribir sobre las consecuencias de la unificación tecnológica del mundo después de la Segunda Guerra Mundial. La derrota de la República y el exilio invitaban entonces a la nostalgia y los sentimientos de pérdida. Se podía dar un paso más. Ayala sintió en Buenos Aires la posibilidad de defender una perspectiva hispánica para la democracia como respuesta a la situación global marcada por el imperialismo estalinista y el mercantilismo capaz de legitimar el uso de la bomba atómica. Desde esa perspectiva hispánica, fundó la revista Realidad, un hito en el pensamiento y la literatura de la época, un modo de poner los pies en la tierra.

En la situación actual de la conciencia democrática en el mundo, me atrevo a afirmar que la perspectiva iberoamericana es una necesidad en la Europa del Brexit, en el trance de la cultura hispánica en Estados Unidos y en la defensa de los derechos humanos en cualquier parte del mundo. Una diplomacia cultural de energía panhispánica, con el idioma como puente entre España, Europa y Latinoamérica, me invitan, señor don Quijote, a soñar con la apertura de un Centro Cervantes en Washington, de otro en Miami, o de nuestra extensión por el África subsahariana y por Asia. El español y sus culturas son hoy una columna vertebral que nos permite reafirmar -con el protagonismo del ahora del mundo- los compromisos originales de la del Instituto junto a los demás órganos competentes: promover universalmente la enseñanza y el uso del español, contribuir a la difusión en el exterior de nuestras creaciones y defender, promocionar y difundir las culturas de las nacionalidades y regiones que integran la nación española.

En la reunión de directores del Instituto Cervantes celebrada hace una semana en Alicante, me atreví a declarar que no hay nada más poético que los números. Metafísico estás, le dijo Babieca a Rocinante, y Rocinante contestó “Es que no como”. Confieso que voy a ser uno más de todos los cargos públicos que, después de años de recortes, se pondrá en cola y pedirá al Estado un poco de oxígeno no sólo para cumplir con la tarea encomendada, sino para tratar con dignidad al mayor patrimonio de esta institución, el patrimonio humano, los hombres y mujeres del Cervantes que han asumido en estos años, en las actividades académica, culturales, directivas y administrativas, no sólo las tareas de un empleo, sino los desvelos de una vocación. Creo que tenía mucha razón Albert Camus cuando afirmaba que el tiempo del ocio y el tiempo del espíritu son inseparables de la dignidad laboral. Por su capacidad de generar autofinanciación a través de actividades culturales y académicas, el Cervantes sale muy barato al Estado. Cada español invierte un poco más de un euro al año para sostener las posibilidades internacionales de su idioma como ámbito de conocimiento y diálogo intercultural. Otra de nuestras tareas, querido don Quijote, será el respeto a la gente, a toda nuestra gente, desde el conserje que nos ayuda a orientarnos a la entrada de un edificio hasta las grandes voces del saber que se han dado cita en nuestras bibliotecas y nuestras aulas.

La tarea puede ser rentable en todos los órdenes, más aún si conseguimos coordinar los recursos de la diplomacia cultural y educativa que participan en la misma navegación de un Desarrollo Sostenible. Desde la proa nos saluda Cervantes junto a Rosalía de Castro, Gabriel Aresti, Salvador Espriú, María Zambrano, César Vallejo, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda,  Arciniegas, Alejo Carpentier, Rosario Castellanos, Alonso Zamora Vicente o María Moliner. Su pañuelo saluda a un horizonte de juventud que deberá mañana hacerse cargo de un legado asombroso.

Hace 10 años, al cumplir 50, publiqué un libro de poemas titulado Vista cansada en el que resumí las cosas importantes de mi tiempo y de mi historia. Resultó inevitable que uno de los poemas estuviese dedicado al idioma. La poesía es para mí un compromiso con la verdad de las palabras, un lugar de resistencia contra esa bellaquería posmoderna y agónica que ha dado en llamarse posverdad. Permitidme que acabe leyendo ese poema, una forma más de prometer por mi conciencia que cumpliré con las tareas asumidas como Director al Cervantes, comprometiéndome con la dignidad de la gente, única propietaria de su idioma, y con lealtad a la memoria de mis mayores y a la forma en la que siempre se opusieron al trágala de los poderes salvajes pronunciando palabras como Derecho, Constitución, Libertad, Igualdad y

Fraternidad.

 

UN IDIOMA

(Un Monarca, un Imperio y una Espada

Hernando de Acuña)   

 

Oigo una voz, me llaman por mi nombre,

y recuerdo aquel mapa de océanos y mundos

dibujado en el patio del colegio,

que era un charco, un imperio y una espada

en los pobres otoños nacionales,

y se fue deshaciendo con la lluvia

hasta sentirse tierra.

Oigo decir la luz, el árbol, las llanuras

teñidas por el cielo

de una tarde heredada con canciones

en la lengua de Roma,

compuesta y descompuesta,

crecida en español,

como niños vestidos de uniforme

que buscaban dos labios

para sentirse cuerpo.

El idioma, según nos explicaron,

salió del mundo hacia otro mundo,

y regresó con voces de leyenda.

Oigo el vuelo del cóndor en sus sílabas.

Pasa el viento, reúne

los nombres y el olvido,

no respeta el puñal de los kilómetros.

Naciendo de sus muertes y de sus lejanías,

reconoció los puntos cardinales,

comprendió los rumores

de las plazas usadas por la gente,

encontró la violeta del rincón apartado

para que yo viviese

en las calles de Borges y Neruda,

entre Machado y Juan Ramón Jiménez.

La lluvia, que no corta,

pero oxida los filos de una espada,

cayó también sobre el pasado,

como aprendiendo a hablar

en las hojas del bosque.

Oigo una voz,

recuerdo aquellos mapas de colegio.

Más constantes que el odio y la avaricia,

más fuertes que el rencor y las prisiones,

más heroicas que el sueño de un ejército,

más flexibles que el mar,

han sido las palabras.