miércoles 23/9/20

No descuidarse: ni ciudadanismo ni peronismo son de izquierdas

Las distintas expresiones de la izquierda europea están hoy en una profunda crisis

Ni ciudadanismo ni peronismo son de izquierdas

«¿Qué es lo que más me aterra de la pureza? La prisa». Umberto Eco


La izquierda se ha ido desdibujando y ha perdido credibilidad para afrontar los retos de la globalización

Una concepción clásica ha recorrido la historia del movimiento obrero y ha articulado a la izquierda: la idea de que existe un conflicto social entre los intereses de la mayoría trabajadora (las personas asalariadas y sus familias) y los de la minoría de las clases propietarias que ocupa la centralidad.

La experiencia histórica nos ha enseñado que esa disputa de las rentas y los derechos con la minoría capitalista hay que organizarla y que para ello necesitamos partidos de izquierda que impulsen leyes y construyan mayorías de gobierno realistas que diseñen políticas a favor de la igualdad y sindicatos de clase para defender los salarios, los derechos laborales y la mejora de las condiciones de vida y de trabajo.

Las organizaciones de la clase trabajadora (en su vertiente sindical y política) sirven para modular el programa de lo que es posible alcanzar en cada momento, son la escuela de educación que forma cuadros y militantes capaces de articularla y dan cauce tanto a la movilización como a la negociación, la propuesta y el acuerdo.

Europa, tras una historia dramática de guerras y revoluciones, es el espacio donde, pasada la Segunda Guerra Mundial, esa tensión social, siempre dinámica y con un equilibrio siempre inestable, alcanzó mejor solución por la vía democrática: el Estado del Bienestar o Estado Social y Democrático de Derecho (que en España se plasmó en la Constitución de 1978). Se construyó en Europa, con mayor o menor profundidad, una democracia social con potentes mecanismos de redistribución de la riqueza a través de la fiscalidad y los servicios públicos.

Ese consenso de posguerra (que comprometía a todos los actores políticos y sociales relevantes) se quiebra a partir de la ofensiva neoliberal de 1979-1980 (victorias electorales de Margaret Thatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos).

En un proceso gradual y complejo (que no puedo examinar en este artículo) la izquierda se ha ido desdibujando y ha perdido credibilidad para afrontar los retos de la globalización, no tiene hoy una agenda viable de gobernanza alternativa de ese proceso, no somos capaces de frenar la pérdida de los derechos que habíamos alcanzado anteriormente.

Las distintas expresiones de la izquierda europea están hoy en una profunda crisis:

  • Como muestra, la socialdemocracia fue el primer partido del Parlamento Europeo durante 20 años, entre las primeras elecciones de 1979 y las elecciones de 1999. Desde 1999 el Partido de los Socialistas Europeos es la segunda fuerza en la eurocámara. El panorama que se dibuja para mayo de 2019 es aún peor: se calcula que perderá 100 de los escaños actuales (por la salida del laborismo a causa del Brexit, porque el Partido Socialista Francés se mueve hacia la irrelevancia, porque los socialdemócratas alemanes o españoles están ahora en los peores resultados de sus últimos 40 años, con tan solo un 20 % de apoyo o porque el Partido Demócrata de Italia ha girado hacia el liberalismo de Macron) y la expectativa más realista es que serán el tercer grupo parlamentario, tras conservadores y liberales.
  • La izquierda poscomunista no está en mejor situación. Baste un dato: el candidato a la Comisión Europea que presentó el grupo de la Izquierda Unitaria Europea en 2014, Alexis Tsipras, encabeza hoy el gobierno griego de Syriza que practica los recortes sociales más brutales de la Unión Europea.

Las dificultades y la desorientación son enormes:

  • La socialdemocracia ha virado, desde la tercera vía de Tony Blair, hacia una agenda social-liberal de modernización capitalista con rostro humano (y como símbolo ahí tenemos al SPD, de nuevo en un gobierno de gran coalición en Alemania con la Democracia Cristiana, que, al tiempo que sube las pensiones un 3,59 % en el Este y un 1,95 % en el Oeste, también se compromete con el aumento progresivo de la edad de jubilación: 65 años y seis meses en la actualidad).
  • La izquierda poscomunista/eurocomunista, viró hacia la línea socialdemócrata clásica del reformismo fuerte (aquel que no pierde el horizonte del socialismo democrático) con algunas añadiduras de los nuevos movimientos sociales surgidos de la nueva izquierda post mayo del 68 (feminismo, ecologismo, pacifismo).

Un partido con origen en ese mundo, Syriza, consiguió por primera vez en Europa alcanzar el gobierno tras ganar las elecciones griegas en enero de 2015 con el 36,3% de los votos bajo la bandera del impago de la deuda “ilegítima” y el fin de la austeridad. Alexis Tsipras prometió la derogación de todos los recortes aprobados por el anterior gobierno y la recuperación del Estado del Bienestar griego. Tal ilusión electoral se rompió cuando Mario Draghi cortó la financiación de los bancos griegos. Alexis Tsipras cedió, -después de celebrar un referéndum en el que el 62% de la población votó en contra de acatar las medidas de la Troika-, y aceptó todas y cada una de las condiciones impuestas para renovar el rescate y salvar a Grecia de una crisis más que probable.

Mientras el Partido de los Socialistas Europeos ofrece poco más que una adaptación a la globalización neoliberal modulada con algunas medidas sociales parciales y defensivas, los partidos poscomunistas o de nuevo tipo como Podemos o la France Insoumise (salvo algún reducto instalado aún en el revival propagandístico del marxismo-leninismo) han girado en buena medida  hacia una posición populista “de izquierdas”:  “recuperar la soberanía nacional” al margen de las imposiciones de la UE y de la “troika” con una “nueva” política de repliegue hacia un proteccionismo social en la que el programa y la estrategia se sustituyen por  el “sentido común” de la “gente” que puede “asaltar los cielos” y, en un ilusionismo democrático que deriva de un “momento histórico excepcional” se postula que es posible alcanzar con una mayoría electoral coyuntural todos los objetivos a la vez (con el resultado que hemos visto en Grecia, por no entrar en la gestión concreta de los humorísticamente denominados “Ayuntamientos del Cambio” en España).

Es en este contexto, de triunfo de la concepción individualista donde surgen, en sustitución de la cultura y la política de la izquierda política y sindical clásicas (organización para dotar de conciencia a la mayoría social trabajadora, programa para construir una alternativa pensada en común y estrategia, para modular y alcanzar  lo posible en cada momento) y como fruto de la desesperación y la frustración de amplios sectores sociales ante la gestión neoliberal de la crisis, atajos aparentemente milagrosos como el ciudadanismo o el neoperonismo.

MADRID, VISIBLE DERIVA GENERAL DE LA IZQUIERDA

En Madrid, como capital mediática y política del Estado, es muy visible esta deriva general de la izquierda, con efectos desastrosos. Si la ventaja de la suma de PP y Ciudadanos sobre la del PSOE y Podemos era de 3 puntos hace dos años hoy ronda los 13 puntos.

El PSOE-M está sumergido en múltiples conflictos internos en las localidades y no parece tener ni candidatura ni programa para el Ayuntamiento de Madrid. En cuanto a la Comunidad de Madrid, ha tenido que recurrir a lo lidere un profesional independiente de prestigio.

En cuanto a Podemos, Manuela Carmena es un adalid de la “política sin partidos”, la demonización de la política organizada le lleva inevitablemente al modelo caudillista donde la Líder se relaciona “directamente” con el Pueblo, gestiona el día a día con su equipo de confianza (la parte de “Ahora Madrid” que le es afín) y no quiere interferencias ni debates públicos de ninguna clase. En su concepción de la política, los partidos son malos y los ciudadanos debemos participar en el ágora pública exclusivamente· como personas individuales, “sin banderas ni organizaciones”.

Como bien ha explicado Manuel Delgado:

"El ciudadanismo no llama al desmantelamiento del sistema capitalista, sino más bien a su reforma ética, reclamando una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible. Se trata entonces no tanto de impugnar el capitalismo como desorden del mundo, sino más bien de atemperar sus “excesos” y su carencia de escrúpulos, prescindiendo o colocando en un lugar secundario cualquier referencia a la lucha de clases e invocando la noción de ciudadanía como una especie de difusa ecúmene de individuos supuestamente libres, iguales en derechos y debidamente imbuidos de valores cívicos".

Doy unas pinceladas sobre las consecuencias en Madrid capital de esta concepción individualista y onegeísta de la política:

  • Hemos pasado de la denuncia de la deuda municipal como ilegítima y la petición de una “auditoría ciudadana” al pago anticipado de la misma. Desde Podemos se nos vende como un gran éxito de Carmena la incapacidad de ejecutar las inversiones consignadas en los propios presupuestos municipales.  En 2017 cerró el ejercicio con el peor año en ejecución de inversiones públicas: sólo 33 %.  En estricto cumplimiento de la Ley de Estabilidad Presupuestaria de Montoro, el presupuesto municipal no gastado va a amortización anticipada de la deuda. Se produce el absurdo de que siga el austericidio y se pague anticipadamente a las entidades financieras los vencimientos de la deuda (que era “ilegítima”) cuando los intereses están muy bajos.
  • En el urbanismo no hay modelo de ciudad, se va a remolque de las iniciativas de los operadores privados (Canalejas, Mahou-Calderón, Plaza España…).

La rebautizada operación Chamartín (Madrid Nuevo Norte) consiste en la mayor operación de especulación inmobiliaria sin debate público que ha existido en Madrid en los últimos 30 años.  Los entes públicos aportan el 80 % del suelo para que se construya un distrito financiero con al menos 25 torres (una megalópolis financiera) y entre las 10.000 viviendas previstas habrá sólo un 20 % con algún grado de protección social. Todo es opaco, no se conoce el detalle de los planos ni queda claro quién se hará cargo de las nuevas infraestructuras. Por comparar, en la antaño denostada operación de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, se construyeron 4 rascacielos. Sin poner el suelo (que era del club madridista) y a cambio de la recalificación, la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid obtuvieron el 62, 5 % de las 4 torres edificadas entonces.

Tampoco se ha propuesto ninguna revisión del Plan General de Ordenación Urbana (que data de 1997) ni se ha visto ninguna propuesta de equilibrar la ciudad dotando de equipamientos e insfraestructuras a los distritos del sur y del este de Madrid. Al contrario, la almendra central de la ciudad se está convirtiendo en un distrito comercial, hotelero, peatonalizado y para turistas de alto poder adquisitivo, al precio de la expulsión de sus antiguos habitantes (lo que se conoce por la gentrificación).

  • Ha seguido prácticamente intacto con el modelo de gestión indirecta de los servicios municipales y las consecuencias sobre el personal de tal modelo de externalización (beneficio privado a costa del deterioro de la calidad del servicio y los derechos de la plantilla). Mientras tanto, aumenta escandalosamente el clientelismo mediante la adjudicación directa de contratos menores a entidades y personas afines al actual gobierno municipal.
  • Frente a políticas sociales públicas ambiciosas a favor de la inclusión hemos vivido en Madrid escenas que nos retrotraen al “Plácido” de Berlanga como la Cena de Nochebuena para pobres organizada por el Padre Ángel.

Sin duda Carmena tiene buena voluntad y ha tomado algunas medidas paliativas de los extremos más duros de la herencia de la derecha. Pero podríamos decir que, al igual que Obama mejoró los indicadores sanitarios de Estados Unidos con el “Obamacare”, pero no supo, no quiso o no pudo, avanzar hacia un sistema sanitario público universal, gratuito y de calidad, Carmena, más allá de un buenismo caritativo, ha carecido de un modelo alternativo de ciudad y de gestión municipal desde la izquierda, de una estrategia coherente que pueda ser exhibida como un ejemplo.

Iñigo Errejón ha sido ungido, en un pacto cupular de última hora, como el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid.

Su propuesta de competición virtuosa con el PSOE para que, si suman los votos suficientes, se produzca el cambio de gobierno en la Comunidad de Madrid, no es más que la reedición de la posición clásica de IU (salvo en la desgraciada etapa de Anguita y sus epígonos izquierdistas actuales) de no permitir, si los números lo posibilitan, ni por acción ni por omisión que gobierne la derecha.

Es saludable esa rectificación frente a lo ocurrido el 4 de marzo de 2016 en donde Podemos (incluido Errejón) votó en contra, junto con el PP, de la investidura de Pedro Sánchez fiándolo todo a las posibilidades de la repetición electoral y, que tuvo por consecuencia que Rajoy y el PP siguen hoy en La Moncloa que era la peor opción posible (no hacía falta compartir el acuerdo PSOE-Ciudadanos, habría bastado la abstención para haber mandado al PP a la oposición, pero pudo más el “ansia viva” del hipotético sorpasso).

Pero la concepción política de Iñigo Errejón es por completo ajena a las tradiciones y la cultura de la izquierda. Según su opinión, se trata de conseguir una mayoría electoral que ‘construya’ el pueblo resignificando conceptos que están (o pueden estar) en disputa definiendo cuál es el verdadero sentido de estos significantes vacíos o flotantes.

Para Iñigo Errejón la política se centra en el ‘relato’: “la necesidad de elegir las batallas y de concentrarse en la disputa por el sentido común y por la primacía simbólica: ser quien dicta los nombres y reparte las posiciones”.

Sus buenas maneras y su buena retórica académica no debe engañarnos sobre la naturaleza idealista de su propuesta: para Errejón no existe un clase social mayoritaria y explotada a la que hay que emancipar mediante la lucha organizada para que pase de ser clase “en sí” a clase “para sí”.

Para él, la clase trabajadora no existe, el “pueblo” que la sustituye (que es por definición una entidad inter-clasista) se ‘construye’ a partir del relato, es un proyecto nacional-popular de la “decencia”, la “patria” y el “orden” que se define en términos de recuperar la “democracia” no en términos de disputa capital/trabajo. En esta deriva hacia la banalización posmoderna, Operación Triunfo bien puede formar parte del “sentido común de época” si tiene la audiencia suficiente, se trata de congeniar y agregar nichos electorales a cualquier precio.

Ante este panorama, una parte de la izquierda que se siente huérfana porque se ha educado en la concepción clásica y no se identifica ni con las renuncias del social-liberalismo ni con el paradigma populista de la “nueva” política en la que todo lo fiamos a que lleguen al gobierno líderes sin organizaciones, sin programa y sin estrategia.

O se organiza en un referente electoral diferente al PSOE y Podemos en 2019/2020 para que esta izquierda se sienta representada y sea posible influir en las instituciones y canalizar el voto de esa parte de la izquierda para sumar mayorías de cambio después de los resultados electorales o la derrota a manos de la derecha será inevitable para muchos años porque habrá una abstención de izquierdas que se quedará fuera de juego.

Viendo cómo han gestionado nuestros votos y las cosas que hacen y dicen PSOE y Podemos, es esa cultura la que hay que cuidar y esa política la que hay que recuperar aquí y ahora para que no se pierda en la abstención en el ciclo electoral 2019/2010.

Javier Cobo | Miembro del Consejo Confederal de CCOO

No descuidarse: ni ciudadanismo ni peronismo son de izquierdas
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