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viernes. 01.07.2022

La palabra hambruna sirvió durante siglos para designar periodos de tiempo en los que la concatenación de diversos elementos, malas cosechas, desastres naturales, guerras y epidemias, se cebaban en la población haciéndola disminuir drásticamente. Si un año con una pobre cosecha de cereales coincidía con un conflicto bélico, a las bajas causadas por el ardor guerrero obligado había que añadir las producidas por la escasez de alimentos, mano de obra y la violenta presión fiscal de nobles y eclesiásticos, de modo que al final, como a perro flaco todo son pulgas, las epidemias terminaban enquistándose en los más pobres, que eran casi todos. Una de las más famosas hambrunas de la historia acaeció a mitad del siglo XIV, cuando después de varios años climatológicamente adversos y belicosos, Europa perdió, gracias a la Peste Negra, más de un tercio de sus pobladores.

España ha sido un país tradicionalmente hambriento. Ni siquiera en los grandiosos tiempos del Imperio, cuando el oro y la plata entraban a borbotones por el Guadalquivir, los reinos de España se vieron libres de esa plaga endémica que dio lugar a uno de los géneros literarios más portentosos: La novela picaresca, fiel reflejo sociológico de cómo vivían los españoles cuando en las tierras de sus reyes no se ponía el sol. El hambre siguió acompañándonos hasta los últimos años del franquismo, pero en pleno siglo XX estuvo en el origen de la famosa “gripe española”, epidemia que acabo con la vida de millones de europeos, y fue protagonista de nuestras vidas durante las décadas posteriores al final de la guerra civil, dando lugar al enriquecimiento de los “estraperlistas” y a la mayor emigración –más de cuatro millones de personas- acaecida en nuestra historia.

Hoy en España no hay hambre, puede quedar algún pequeño reducto donde existan determinadas necesidades dietéticas, pero la inmensa mayoría de la población come y lo hace en exceso. Hemos pasado en muy poco tiempo de morir de hambre a morir por sobrealimentación. Lo mismo parecía suceder últimamente en distintos lugares del planeta –África aparte, es un continente agónico- como el sureste asiático o Latinoamérica al calor de un ciclo económico expansivo de larga duración, pero con los pies de barro: En muchos de esos países, la renta per capita subió durante los últimos lustros, pero también las desigualdades sociales al no acometerse las reformas necesarias para una mejor redistribución de la riqueza, de modo que lo que en Europa pudiera ser un resfriado más o menos prolongado, allí puede convertirse en una pulmonía de difícil y duro tratamiento.

De todos los países del mundo, siempre hubo uno al que desee viajar por encima de todos los demás: México. Una mezcla de cariño ancestral, de atracción fatal y de ensoñaciones al calor de las canciones de José Alfredo Jiménez y las novelas de Juan Rulfo y Malcolm Lowry convirtieron ese deseo en una obsesión. Hace unos meses pude hacerlo realidad y encontré una nación mucho más bella de lo que había imaginado, salvajemente bella, humanamente bella, vitalmente bella. México D. F. es la ciudad más grande del mundo, casi treinta millones de personas se acumulan en barriadas que se pierden en el horizonte, como el mar. Si espectacular es su centro histórico –pese a los disparates cometidos por nuestros antepasados, podemos sentirnos orgullosos del modelo de ciudad que crearon en aquellas tierras-, no lo son menos, por motivos bien diferentes, los barrios que lo rodean por los cuatro puntos cardinales.

Cada día miles y miles de personas bajan de las chabolas de la inmensa periferia de hojalata para montar los tenderetes donde fabrican y venden tortillas de maíz, el principal componente de la dieta de de los mexicanos. Sin embargo, hace un par de años, por primera vez en la historia, hubo una huelga de tortilleras y las calles de México se quedaron sin su maná particular: Las grandes compañías agrícolas norteamericanas y mexicanas habían decidido vender el cereal a las plantas donde se fabrican biocombustibles provocando que su precio se duplicara y que el espectro del hambre recorriera el país de punta a punta. Desde entonces, el precio de los cereales no ha dejado de subir en todo el mundo, pero no sólo por culpa de los llamados biocombustibles sino porque con el encarecimiento ha aparecido un fenómeno que parecía ya olvidado: El acaparamiento especulativo de alimentos, contra el que aparentemente luchan los gobiernos sin demasiado éxito dado el poder de las multinacionales del sector y la corrupción.

Según Ben Wikler, Director de Awaaz, casi mil millones de personas pasan hambre en el mundo y un porcentaje superior está al borde de la desnutrición. Para llenar el depósito de un automóvil con biocombustibles cereales se necesita lo que un niño come durante un año, las reservas mundiales de cereales están al nivel más bajo de los últimos treinta años con una población mucho mayor y las selvas del planeta están siendo desforestadas para producir combustibles. El Secretario General de la ONU y diversas organizaciones no gubernamentales han advertido de que este año pueden morir cien millones más de personas que el año anterior, de que podemos estar, a causa de la codicia de los que más tienen, en vísperas de una catástrofe humanitaria sin precedentes. ¿De verdad que un sistema económico que prefiere dar de comer a un automóvil antes que a una persona es el único posible? Aunque sea clamar en el desierto, creo que ha llegado el momento de dejar de ser cómplices de tanta atrocidad: Es inconcebible que en el mundo de las nuevas tecnologías se vuelva a hablar de hambrunas; es indignante que gracias a la crisis que montaron unos canallas se estén dando cantidades inmensas de dinero a bancos y especuladores mientras una parte del mundo ni siquiera puede beber agua; es terrible que ya sepamos el número de niños y mayores que van a morir en el cuerno de África mientras en Europa y Estados Unidos se siguen destruyendo millones de toneladas de alimentos por falta de precio; es una salvajada que compañías como Monsanto, la creadora del “agente naranja” causante de la muerte de un millón de vietnamitas, estén intentando gracias a los transgénicos monopolizar el mercado de las semillas, los herbicidas y los abonos, abocando a los países más pobres al hambre perpetua.

Es obvio que este mundo parece diseñado por lo peor de cada casa. Ni en las novelas más catastrofistas se describe algo remotamente parecido a lo que está sucediendo ahora mismo en Somalia, Etiopía, Sudán y otros países del mundo. Esto no funciona y es menester cambiarlo para que la economía esté al servicio del hombre y no al revés. Los responsables de esta situación tienen nombre y apellido, no pueden seguir en libertad.



Hambrunas en la era de las nuevas tecnologías
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