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sábado. 25.06.2022

El tercer viaje de Benedicto XVI a España hay que situarlo en el contexto de la involución doctrinal de la Iglesia impulsada por los dos últimos papas, que tiene como objetivo estratégico restaurar lo sagrado como principio preeminente en la sociedad y, sobre todo, en el ámbito de la política. Es un proceso contrario a la evolución del mundo en los tres últimos siglos, contrario a lo que significó la Modernidad: la autonomía del sujeto, el ciudadano como soberano, la autoridad civil, la capacidad legislativa de los parlamentos, el gobierno no vinculado a la moral religiosa, los derechos civiles, el principio no confesional de lo público, el voto, la información y la libre opinión, la investigación científica, el derecho no canónico y la religión como un asunto de la conciencia personal, no como cuestión de Estado, que chocan con la estructura, las relaciones internas y los órganos de decisión de la Iglesia, que son medievales.

En este intento de retornar a los tiempos de la contrarreforma católica surgida del Concilio de Trento, no sólo hay que ver el afán altruista de preocuparse por la salud del alma de los habitantes de este mundo, que se podría compartir, sino una ofensiva del cuerpo sacerdotal para restaurar un orden social que justifique su poder a la sombra del presunto poder de Dios. Pero el resultado de este proceso no depende sólo de los clérigos sino en especial de la actividad de los seglares, de ahí vienen los esfuerzos de la Curia para convertirlos en militantes activos a favor de restaurar lo sagrado como principio rector de la sociedad y, con ello, la recuperación del poder que antaño tuvo la clerecía.

El Sínodo de los Obispos (Roma, octubre, 2005) criticó la tibieza de los políticos católicos que en su actividad pública no dan testimonio de su fe. Dios está proscrito de la vida pública (…) La tolerancia que admite a Dios como opinión privada pero lo niega públicamente en la realidad del mundo y en nuestra vida, no es tolerancia sino hipocresía, afirmó el Papa en el discurso de apertura. El presidente del Consejo Pontificio para la Familia, el cardenal colombiano López Trujillo, apostilló el razonamiento del Papa: No puede ser un problema privado aceptar leyes que ponen en peligro del futuro de la sociedad. El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Es contrario al derecho divino, al mandato de Dios, y una negación de la ley natural. Y el estadounidense monseñor Levada, sucesor de Ratzinger en la Congregación para la Doctrina de la Fe, señaló la responsabilidad que contraen los católicos cuando eligen a sus representantes políticos: Es pecado votar a políticos que no combaten el aborto o ignoran doctrinas morales fundamentales.

Empero, en esta reafirmación doctrinal, la actitud de la Iglesia católica no es mística, sino épica. Los mensajes del Papa no apelan al recogimiento y a la meditación de los católicos, ni a renunciar a las pompas de este mundo, buscando, con la reflexión interior, la comunicación con Dios. Sus discursos no son llamadas a la introspección interna, a la perfección individual, a cultivar una fe íntima y ascética mediante la lucha interior, sino a lo contrario: a la cruzada, a la reconquista. Son toques a rebato, llamadas al compromiso militante para salir del ámbito privado y ocupar el espacio público, en gobiernos, parlamentos, instituciones, universidades, medios de información, asociaciones y también en la calle.

Los mensajes del Papa son instrucciones pastorales -órdenes- para que los creyentes ocupen lugares destacados en la sociedad y sobre todo en los centros de poder, con el fin de gobernar el mundo según el dogma católico. Por eso ha formado sus tropas de choque con gente que, por edad o convicción, no haya conocido o haya renunciado al ideal ilustrado del individuo autónomo, plasmado en el lema kantiano -Sapere aude!- de atreverse a saber, a entender por sí mismo, sin tutelas. Son personas obedientes a las que la Curia inculca una fe intransigente y con frecuencia fanática -Dios no se equivoca, afirma el Papa-, de ahí el apoyo del Vaticano a congregaciones nuevas, pero no más modernas, moralmente más dogmáticas y políticamente más conservadoras, como los Legionarios de Cristo, Comunión Neocatecumenal, los Focolares o Comunión y Liberación, además del Opus Dei (un pilar del pontificado de Juan Pablo II), que, ante la marcha del mundo difícil de entender, creen que Sólo de Dios puede venir el cambio decisivo del mundo.

En manos de los laicos está el hacerles comprender que no debe ser así.

El estratégico viaje de Benedicto
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