jueves 22.08.2019

Crónicas de la desigualdad

Artículo de Gaspar Llamazares y Miguel Souto.

Crónicas de la desigualdad

En tiempos de difícil acceso al mercado de trabajo, los sindicatos deberían situar en primer lugar de su actividad la atención a la revolución digital y la automatización, con sus preocupantes interrogantes para el empleo y la desigualdad social

Los medios de comunicación indican que la desigualdad es una de las cuestiones más importantes para los ciudadanos. Paralelamente, cada vez se escuchan más voces sobre los efectos sociales de la revolución digital. La información que recibimos nos lo confirma a diario.

Numerosas familias, en una carrera de obstáculos entre el desempleo y el abandono escolar, viven en riesgo de pobreza (a pesar de que siempre se dice que vivimos mejor que nunca) y, lo que es peor, sin que su voz se oiga más allá de la esquina de la calle. Mientras, desde su mirador, los más acomodados dicen que el “suelo pegajoso” que pisan los más desfavorecidos no les permite subir al ascensor social.

¿Qué ha sucedido? En los tiempos de la digitalización el poder ha mudado la piel.

Hace tiempo, pero no tanto, y conforme a un patrón analógico, en el mundo de la empresa soplaban “aires familiares”. Hoy, en la era de la cuarta revolución industrial, la nueva aristocracia del dinero no siente, no reconoce el compromiso social.

Es verdad que las desigualdades son tan antiguas como la humanidad, pero en los últimos tiempos aparecen por doquier. Los contratos sociales que se construyeron después de la Segunda Guerra Mundial están rotos y las supuestas raíces cristianas de nuestros gobiernos, y sus valores de igualdad y solidaridad, se han hecho cada vez más difusos.

Y no solo esto, la realidad no se encierra solo en estas cuestiones. Pasaron muchas otras cosas además, conviene recordarlo para comprender la relación que se da entre la revolución digital, la educación y las desigualdades.

Pasó, y este es un dato significativo, que la caída de la inversión pública, desde la crisis, ha situado a España en los últimos puestos de los países europeos en educación, infraestructuras, I+D y salud.

¿Cómo mejorarlo? Somos de los que pensamos que la solución pasa por más educación y más política.

En educación, el baluarte contra las desigualdades, la supuesta falta de equidad entre comunidades en las pruebas selectivas ha dejado en segundo plano, como es habitual, lo importante: han pasado desapercibidos los verdaderos objetivos del llamado “Plan Bolonia”, que consisten en propiciar un trasvase de influencia y de recursos hacia las universidades privadas, creadas al calor de la mercantilización de los “másteres a la boloñesa”.

Las universidades privadas imprimen la huella de la clase social en el éxito educativo y profesional. En nuestro país, además, el motor del ascensor social se ha desplazado desde el esfuerzo hacia el dinero desde que la inversión en educación ha relegado a la educación pública a un segundo plano, dando un peso mayor al efecto desigualador de las familias, lo que supone el “arrinconamiento” de los niños con dificultades: la segregación escolar.

Cuando Piketty puso en evidencia el crecimiento imparable de la desigualdad, enunció la necesidad de imponer impuestos a las herencias y al patrimonio para facilitar la igualdad de partida, y también la importancia de derribar las barreras educativas de acceso, no solo de oportunidades. Pero la dinámica actual es la contraria: desigualdad de patrimonios, recortes y mercantilización de la educación.

Esta es la foto fija del lado más crudo del neoliberalismo digital: según Cáritas, el 80% de niños que nacen en una situación precaria están condenados a esa misma precariedad en el futuro.

Eso se mezcla con que los gurús del papanatismo digital no solo se ocupan de componer ditirambos a la aldea global, sino que también glosan lo bien que vivimos.

Pero el futuro de robotización que describió Norbert Wiener en “Cibernética y Sociedad” (1950) ya está llamando a la puerta. Sin querer ser tenidos por nuevos luditas (ni la transformación digital ni la globalización tienen vuelta atrás; son ya hechos históricos y no hay otra opción que la de contar con ellos), tenemos que enfrentarnos a esa realidad con espíritu crítico. Los sindicatos, que fueron garantes del reparto de la prosperidad, tienen aquí un papel muy importante que jugar. Los expertos del mundo del trabajo deben estudiar también si estamos en una nueva época y ante un nuevo escenario en las relaciones laborales.

En tiempos de difícil acceso al mercado de trabajo, los sindicatos deberían situar en primer lugar de su actividad la atención a la revolución digital y la automatización, con sus preocupantes interrogantes para el empleo y la desigualdad social. La formación continua en las empresas —hoy externalizada y privatizada— debe convertirse en una prioridad para paliar la precariedad y la baja cualificación laboral. Formar a los trabajadores en las aptitudes que exige la realidad tecnológica contribuirá a minimizar las cifras de exclusión del mercado laboral.

Un futuro mejor no puede esperarse sin un presente con mejor formación. De modo que luchar por potenciar la preparación y la cualificación en la profesión o en el oficio, dar la batalla por una buena formación que posibilite una sociedad más igualitaria es una de las demandas más ineludibles que se pueden hacer en nuestro tiempo desde la izquierda.


Gaspar Llamazares Trigo, promotor de Actúa, y Miguel Souto Bayarri, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela

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