lunes 29/11/21

Por suerte o por desgracia los partidos políticos no son meros programas y militantes que los llevan a cabo cuando pueden y quieren. Son algo más, de ahí, por ejemplo, el error en su momento del dirigente de IU Julio Anguita de creer que todos los partidos –especialmente el Partido Popular– fueran a centrar su discusión y su acción política sobre su famoso programa, programa, programa. La intención era loable, pero llevaba al fracaso porque remar de frente contra corriente lleva al fracaso, salvo en momentos históricos determinados (revolución francesa, rusa, mejicana). Los partidos de izquierda representan fundamentalmente aspiraciones de cambio hacia situaciones de mayor igualdad, de justicia, de más derechos civiles y colectivos; los que votan a la derecha esperan ubicarse en nichos de privilegio a sabiendas que eso sólo es posible si esos nichos mantienen reservado el derecho de admisión. Y también representan en cada país una parte de la historia, son un precipitado de la historia, de la historia que fue y de la que no pudo ser para algunos porque otros lo impidieron. Quizá uno de los países que más dramáticamente vivieron eso fueron los EEUU unidos cuando los Estados del Sur –herederos de las 13 colonias independentistas de 1776– no pudieron mantener su status merced al esclavismo y se enfrentaron con los abolicionistas del Norte. Francia no se entiende sin su revolución de 1789 y sin sus guerras perdidas con Alemania. En Italia, la frustración de no poder constituir un Estado peninsular y estar dominada militar y políticamente por otros países como España, Francia, Austria, ha decantado una forma de ser muy característica. Son algunos ejemplos. En España ha habido dos momentos claves: lo que representa la Constitución de 1812 y la Guerra In-civil de 1936. Tanto el P. P. como el PSOE representan en el imaginario, en la iconografía, la herencia de aquello. El PP representa la resistencia a la modernidad, es la herencia tanto de Fernando VII como la de Franco y su dictadura; el PSOE representa a los liberales –la izquierda de entonces– que, pese a todo, pese a los obispos y reyes, lograron sacar la Pepa; y también los avances sociales y en educación de la II República. Es verdad que reducir todo a esto sería injusto se traslada a eso de Anguita de programa, programa, programa, pero la historia es ese precipitado que está representado en cada momento lo que han sido siglos de historia. Estas cosas no son fantasmas del pasado, sino presentes corpóreos que, por ejemplo, impiden ejercitar la ley de la memoria histórica o no saber que hacer con el monumento franquista de Cuelgamuros, por ejemplo. Los partidos son también un icono, un receptáculo de los deseos de cambio, una foto fija de un precipitado histórico, y esa foto no se puede cambiar con meras palabras -y menos con gritos-. Los partidos son también depositarios de nuestras frustraciones como sujetos históricos y no como meros individuos de una especie más. En la política pesa más la filogénesis de la historia que la ontogénesis del aquí y el ahora. Ir contra eso es ir de frente contra la corriente.

El Sr. Bono está empeñado en que todos gritemos ¡Viva Epaña!, como él supuestamente lo hace y como hemos oído a los franquistas durante años gritar eso en la Plaza de Oriente, junto con ¡Arriba Franco! y ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco! Esos gritos, unidos y por separado, también inevitablemente, representan los años de la ignominia, del crimen de Estado, la España de los franquistas, tantos de los franquistas pobres como acomodados, tanto la de los líderes del golpismo o la de simples militares matamoros como Franco; también la España de los campesinos, asalariados y funcionarios que se apuntaron a la ignominia, más o menos conscientemente. Cada uno es responsable de sus actos, tanto desde la ignorancia como desde un mayor conocimiento. Y la ignominia, al igual que la indignidad, ni se perdona ni se olvida, no tiene plazos. La historia no se puede borrar y menos 40 años de dictadura, dictadura a la que tantos españoles se apuntaron, la justificaron, la apoyaron y la sostuvieron. Pasarán siglos para ese olvido, o para que eso sea mera historia sin consecuencias en el presente. Y ahora están presentes -no demos la espalda a la realidad- sus herederos biológicos y/o ideológicos, muchos son vecinos nuestros o lo han sido sus padres. Algunos han hecho crítica y cambiaron el rumbo o no se dejaron llevar por la corriente que crearon y/o se dejaron llevar sus progenitores, pero la mayoría creo que no. Ahora están ahí, refugiados y cada vez más orgullos de su ignominia en el Partido Popular, tanto entre sus votantes como en sus militantes. Y la cosa va para largo.

¿Qué es España? Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz dedicaron parte de su vida a dilucidarla y el resultado es el vacío, porque es una pregunta sin respuesta, cosa que ya vio otra gran historiador como Vicens Vives y por eso se dedicó a hacer otro tipo de historia. Se entiende que un Estado como tres cosas: un territorio, una población y un principio de soberanía; un país parece sobre todo un espacio físico; una nación, un precipitado cultural de la historia. España, como Francia, como Italia, como Rusia, como los EEUU, son tantas cosas como iconografías y mitos la alimentan, y tanto las de sus habitantes como los de fuera. Para la derecha, España, especialmente para el PP –incluso aunque alguno del PP no lo quiera– es la España de los vencedores de la incivil guerra, la España nacional-católica, la España centralista, la machista y xenófoba, la anti-abortista y anti-homoxesual, la de la Reconquista falseada, la de la historia falseada de Lepanto, los Tercios, la Armada Invencible, la de Santiago y cierra España, la anti-mora y anti-judia, la de la Inquisición, la del crucifijo y la oración, la alimentada hasta hace un suspiro histórico por curas y homilías, la enemiga de la ciencia. Son sus mitos, deseos, iconos consolidados, decantados al calor del criminal Franco, el gallego de voz aflautada. Para la izquierda, la España es la liberal de la Pepa, la de 1812, la de la Gloriosa, la de la I y II repúblicas, la de los derechos siempre pendientes de conquistar, la de la educación gratuita y para todos, la España federal, la de la igualdad ante la ley, la de Lorca asesinado por los vencedores, la de Machado muerto fuera de España, la de los desterrados ilustres, la de la democracia casi siempre enterrada (Los siete entierros de la democracia, de J. Solé-Tura). Para los nacionalistas, España es otra cosa, pero casi siempre, una enemiga, nos guste o no nos guste. Hay muchas Españas. También la de los emigrantes, siempre añorantes, a pesar de todo de volver, volver, de volver para poder despedirse de la vida con un suspiro, un suspiro, a pesar de todo, de España, de la suya. Decía Niestche que los españoles éramos un pueblo que había querido ser demasiado. Demasiado dramático. Somos lo que la mitad de los españoles nos has dejado ser a la otra mitad a lo largo de la historia, que es lo que Antonio Machado quería decir con aquello de “helarte el corazón”. Para muchos de nosotros la España que grita Bono es la España que mató a la libertad y a muchos de cientos de miles de españoles, la que mandó al exilio o a la cárcel a otros cientos. A los políticos no se les exige que sean genios para crear, ni talentos para decidir, pero sí al menos inteligencias para entender. Bono es un zoquete, una nulidad intelectual que no entiende nada de todo esto, pero que cree, al igual que Julio Anguita -pero desde el lado opuesto- que se puede cambiar los iconos y mitos de la Historia como si eso pudiera exculpar a sus ancestros biológicos y/o ideológicos, a sus amigos, a sus compañeros de procesión. Mala conciencia, propia y, sobre todo, ajena asumida innecesariamente. Vete del PSOE Bono y vete de la izquierda que usurpas, y cuando estés con los de tu especie política grita ¡Viva España! y no tendremos que oír tus necedades sobre vergüenzas o no, porque la única vergüenza que nos da a los que estamos en la orilla de la herencia de los vencidos –aunque a la izquierda del PSOE- es que estés con el carnet en este lado, en el lado de la izquierda sociológica y tu conciencia y tus amigos en la otra. Vete con los vencedores y con sus herederos o con lo que así se consideran, y comparte con ellos la indignidad de ser los heredaros de las dictaduras del siglo XX y del XIX. Vete y libéranos de sentir vergüenza ajena ya que tú no tienes.

¡Vete Bono, vete de una puta vez!
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