Miércoles 26.06.2019
OPINIÓN | ANTONIO BAYLOS

Nada es real, la realidad la construye el medio

En el libro “Un sindicalismo para el futuro”, publicado por la Fundación 1 de Mayo de CCOO, que contiene posiblemente los materiales de debate más interesantes y críticos sobre la situación actual del sindicalismo y los caminos para su desarrollo, se analizaba el papel de los medios de comunicación en relación con el trabajo y las figuras colectivas que lo  representan.

Se decía allí, justamente, que “la globalización no solo ha reforzado el papel de la comunicación como parte central de la hegemonía ideológica, sino como parte esencial del poder económico. No solo de la superestructura sino también de la estructura industrial”. Como consecuencia, “los periodistas están, cada vez más, sometidos a la lógica industrial y empresarial y pierden espacio y autonomía en la configuración de los contenidos”. Y Rodolfo Benito, en el editorial del número 44 de la Revista de Estudios de la Fundación, añadía que “en este escenario la ciudadanía se siente constreñida entre la pinza que forman buena parte de sus medios nacionales, cortejadores de la hecatombe (como nuestra derecha mediática) y los medios económicos de referencia, proclives a justificar el pensamiento y el poder financiero dominante. Cuanta más incapacidad demuestran las instituciones para afrontar sus causas, más espacio ganan los tópicos y los recados mediatizados del poder y menos los pensamientos críticos”. Eso explica que  las campañas mediáticas que tienen que ver con la regulación del trabajo, el conflicto social o el mantenimiento y desarrollo del Estado social van a estar “preñadas de ideología conservadora por un lado y de estrategias de comunicación atendiendo a los intereses económico-empresariales por otro. En definitiva de un intento de favorecer una hegemonía social y cultural, la dominante, que hay que quebrar”, como señalaba Benito.

Sin embargo, este análisis aparece como una reflexión muy sofisticada en relación con lo que hoy, 15 de noviembre, se puede leer en los quioscos como expresión de la información que efectúan los medios de comunicación sobre la huelga del 14-N. Al margen de la chistosa expresión del ABC sobre la preferencia de los españoles por trabajar –que quiere contraponer a la huelga, pero que es fácilmente reconducible a los casi seis millones de parados logrados gracias a la reforma laboral del PP– la portada de los grandes medios afines al poder político es idéntica: “De fracaso en fracaso”, “Fracasados”, “Rotundo Fracaso”. El Mundo, La Razón, Expansión, la Gaceta, todos ellos insisten en esa idea, que coincide con la expresada por el departamento de interior del gobierno al iniciarse la jornada de ayer: plena normalidad ciudadana.

La negación de la huelga como alteración de la producción y de la normalidad ciudadana se une a un efecto político, los sindicatos y las organizaciones sociales convocantes no han conseguido su propósito y por tanto están deslegitimadas socialmente. La virulencia de las expresiones de la prensa contrasta ciertamente con las empleadas por cualquier tipo de prensa democrática europea, alejadas absolutamente de esta agresividad antisindical. La prensa democrática europea por el contrario considera normal la existencia de huelgas, valora el hecho del conflicto como un fenómeno político de resistencia o de rechazo a las políticas del gobierno, y llama la atención normalmente sobre la progresiva “ruptura” entre el movimiento sindical organizado y las líneas directrices de la política económica dictada por los organismos financieros centrales de ola, también en este aspecto demasiado próxima a su antecedente franquista.

Por lo demás, el esquema empleado por los medios españoles invierte los términos de la realidad. Según éstos, son los sindicatos y las organizaciones sociales convocantes de la huelga los que deben probar en cada acción su representatividad real y su inserción social medida en términos de participación masiva como forma de medir su legitimidad política. La realidad es sin embargo la contraria. Es el gobierno y sus políticas los que resultan claramente deslegitimados por la movilización social, y cuanto mayor y mas permanente sea ésta, más erosionadas resultan las posiciones del partido político en el gobierno y sus decisiones. La prensa concentrada insiste en esa inversión de la realidad y construye axiomáticamente la intangibilidad del poder  –cada vez menos público– y su actuación al servicio del poder económico-financiero, repeliendo por inconcebibles las manifestaciones del conflicto, que según ella son siempre frustradas –y frustrantes–, sucesos “lastimosos, inopinados y funestos” que presagian la caída de sus convocantes “con estrépito y rompimiento”, tal como sugiere los diversos sentidos de la noción del fracaso. Es decir, los sujetos sociales alternativos están estigmatizados ya previamente como loosers, han nacido ya como perdedores y llevan ese estigma que se confirma ante cada nueva –y más amplia y extensa– movilización social.

Por eso no interesa la realidad, lo que ha sucedido realmente. Un conocido lacayo del poder político que se autodefine como periodista puede grabar su intervención el día antes de la huelga señalando el absoluto fracaso de la misma porque la realidad no interesa. Y las portadas de todos los medios concentrados, como las ediciones de los telediarios, estaban ya escritas antes de que sucedieran los hechos. Aunque los textos y el subrayado del mensaje sean grotescos y burdos, y nada sea real.

Hay en esa actitud una confianza de fondo en que el discurso doble que se mantiene produce la realidad que se quiere inducir. La hostilidad antisindical y, más allá, la repulsa frente  a cualquier  alteración de la producción y del consumo por obra de sujetos colectivos que representan el trabajo vivo, de una parte, y la incolumidad del poder político y económico, la imposibilidad de modificar el proyecto político establecido de manera opaca y unilateral por el gobierno, son dos líneas de pensamiento que los medios de comunicación  –todos los “oficiales”– entienden que tienen arraigo en una parte importante de la población. La desinformación por consiguiente es provechosa en términos de creación y orientación de una parte de la opinión pública y rinde homenaje a los dueños del privilegio económico.

Sin embargo es evidente que esta actitud está generando una creciente desafección y desconfianza frente a los medios audiovisuales dominantes por una gran parte de la ciudadanía activa. Que se alimenta de los digitales y de la información en las redes sociales, pero que carece de canales reticulares o de redes de información lo suficientemente amplios y estables como para competir en términos sustanciales en la orientación de la opinión pública. Es cierto no obstante que no parece posible hoy afirmar un monopolio en la distribución de la información y de la opinión, y la distancia entre los medios dominantes y la red del pensamiento subalterno es cada vez mayor. Pero el conocimiento proviene ante todo de la experiencia colectiva. La participación en la huelga y en las gigantescas manifestaciones de ayer han inmunizado a muchos ciudadanos y ciudadanas de estas tentativas groseras de negar una realidad que tozudamente se obstina en demostrar que hay un espacio público de libertad y de democracia en el que el privilegio, la injusticia y el sufrimiento de los más débiles no puede ser el objeto de las decisiones del gobierno de la nación. Reconstruir la realidad a través de nuestra propia narrativa de los hechos es cada vez más una necesidad democrática, lo que implicará en un futuro inmediato restringir y limitar la confiscación de la opinión libre por los poderes económicos a través de unos medios de comunicación que mienten, difaman y desinforman según las indicaciones de su propiedad.