sábado. 13.07.2024
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La desconfianza atávica en el concepto y posibilidades del pueblo por parte de las elites no ha decaído nunca

No he estudiado Teoría Política. Si no recuerdo mal, algo leí en primero de Derecho y todo lo demás ha sido en plan autodidacta, que no es malo si navegas por la Historia y por sus grandes constructos sin evitar, todo lo contrario, los que te parecen terriblemente erróneos. Al final, siempre podremos decir que hay teorías que pretenden domar al Estado y otras que buscan domesticar o al menos controlar o reducir el efecto, positivo o negativo, de los grandes estallidos sociales protagonizados por el “pueblo”, “una de las categorías más manoseadas, contaminadas, prostituidas, manipuladas y manipulables de las sociedades democráticas”, en palabras de Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón (*).

Tal vez en momentos de graves crisis sociales, y lo que está ocurriendo en España va mucho más allá de una crisis económica cíclica y reabsorbible por el sistema mediante cirugía menor, el populismo tenga predicamento entre la gente y la demagogia sea un enganche de vagón para sumarse al tren del sistema, para cambiarlo de vía o simplemente para hacerlo descarriar. Al final, las personas u organizaciones políticas y sociales que utilizan el término populismo lo hacen para aborrecer públicamente del mismo. Populismo es, en el imaginario patrio, sinónimo de caos, de ingeniería social aplicada sin red ni plan de contingencia. En realidad, el pueblo, o la residencia de la soberanía popular es un ente abstracto que significa lo que cada cual (hablamos en este caso de categorías, no de personas) quiere que signifique. Son sus elites las que delimitan, siempre desde unos intereses concretos y, en ningún modo, inocentes, lo que es posible y lo que es populismo y demagogia, las que definen filosóficamente lo que es un pueblo sin prostituir su concepto ni lanzarlo a la desventura. Por eso el Establishment no es populista, es teoría política fijada y con respuestas contrastadas a sus intervenciones sociales y a las iniciativas que surgen del fondo del magma popular sí lo es, sobre todo cuando impugnan el orden de las cosas y a quién lo fosiliza.

Todos sabemos que el pueblo siempre es sospechoso, que la Masa es peligrosa porque en ella bullen los ideales más nobles pero también las perversiones más terribles También es sabido que en España siempre prevaleció el orden sobre el caos. Y que frente a ese totum revolutum que hierve en la marmita de la historia, siempre hubo esos intelectuales liberales, o casi, que arengaron contra el peligro de las masas. Incluso a esos pensadores se les llamó en algún caso filósofo, en un país en el que se bromea sobre la filosofía patria reduciéndola a dos horas lectivas: la primera dedicada a Ortega y la segunda a Gasset. Lo que explicaría que la respuesta a las tormentas solares del pueblo no se diera desde un pensamiento político homologable al anglosajón o al continental sino desde la estaca y la zanahoria tan caro a la terratenencia, al rentismo, al clero y al Establishment corrupto de la elites del momento. Se dirá que soy injusto con Ortega y Gasset. No mucho más que el filósofo con la capacidad del pueblo a fijar su futuro o al menos a tolerar que lo intente.

El Régimen del Setenta y Ocho debe sobrevivir aún a costa de envilecer el principio “un Hombre, un voto”. Si para conseguirlo hay que tutelar a un pueblo, se hará. Los grandes medios de comunicación están en ello

Intentar fijar una fotografía de la historia que sirva a futuras generaciones es un intento loable, tratar ciertas singularidades del pensamiento democrático como excrecencias a extirpar no deja de ser un objetivo respetable desde el mundo intelectual. Derivar parte de la responsabilidad de la crisis económica y de sus consecuencias a una sociedad, entendida como suma de individuos independientes con responsabilidades que no deben rechazar, está dentro de lo plausible, pero intentar demostrar que el populismo y la demagogia, que, en su opinión, habrá que combatir con todos los medios al alcance de las elites, es una respuesta refleja de un pueblo que se niega a asumir sus responsabilidades depositando todas ellas en el Establishment y en el sistema político actual, es desconocer la calidad de la democracia española del Régimen del Setenta y Ocho y de todos los regímenes anteriores.

Siempre son bienvenidos la publicación de ensayos de teoría política en un país como el nuestro. Que hablen de cómo construir una democracia avanzada o de cómo evitar que las crisis cíclicas de los sistemas políticos no deslicen hacia el caos, es importante. Tal vez ahí se encuentren también los ensayos populistas y demagógicos surgidos del 15M. No obstante, en lo que respecta a la calidad de la democracia la pluralidad ideológica enriquece a las sociedades ofreciéndoles una vela con la que vislumbrar ya no el futuro, sino también el pasado mañana. En el debate está la libertad.

Me temo, sin embargo, que el despliegue a lo cola de pavo real del músculo mediático del Establishment español no busca la confrontación de ideas. La desconfianza atávica en el concepto y posibilidades del pueblo por parte de las elites no ha decaído nunca. De ahí los manifiestos contra el populismo y la demagogia. Empero, tal desconfianza no impidió que la pretensión del pueblo de ser objeto de derecho en una democracia no terminara en muerte, deportación y exilio en la década de los setenta del siglo pasado. Era otro tiempo, sin duda, pero hubo cierta transacción que ahora se demuestra insuficiente.

Es terrible que en 2016, en un país con una juventud que felizmente va a enterrarnos a los que vivimos, aún de pasada, un tiempo de compromisos y sobre todo renuncias, se confronte con tanto desparpajo y alegría lo viejo y lo nuevo, atribuyendo a lo primero calidad democrática y el exacto toque elitista y a lo segundo, populismo y demagogia, cuando en realidad la carcoma del Régimen del 78 no tiene tratamiento. El problema no es ya que una u otra cosa sea cierta, los matices y los colores siempre deben prevalecer, sino que el Establishment haya decidido en términos de buenos y malos y haya optado por soslayar la opinión de ese pueblo “manipulable” y manipulado”. El Régimen del Setenta y Ocho debe sobrevivir aún a costa de envilecer el principio “un Hombre, un voto”. Si para conseguirlo hay que tutelar a un pueblo, se hará. Los grandes medios de comunicación están en ello, los sucesores de Ortega y Gasset, aunque invoquen a Max Weber o a Karl Popper o San Friedrich Hayek, que en la teoría económica sí hay santoral, también.


(*)- Galindo, Alfonso y Ujaldón, Enrique: “Diez mitos de la democracia: contra el populismo y la democracia”. Editorial Almuzara, 2016.


Francisco Saura Pérez | Coordinador de Administración Autonómica de FSC-CCOO Región de Murcia

Los mitos del Establishment