martes 23.07.2019

Mercado, naturaleza y sociedad

Máximo Sandín | La evolución de la vida no es el resultado de una competencia permanente en la que los individuos “más aptos” se reproducen más y dejan más descendientes.

Mercado, naturaleza y sociedad

La evolución de la vida no es el resultado de una competencia permanente en la que los individuos “más aptos” se reproducen más y dejan más descendientes. No hay seres vivos “aptos” y “no aptos”. Todos los individuos sanos, normales, se reproducen

Que un biólogo se disponga a escribir sobre economía puede parecer un acto de intrusismo o, como mínimo, una temeridad, pero, créanme, no es ninguna de las dos cosas. De lo que pretendo escribir es de las raíces más profundas y arraigadas de la explicación de la vida que figura en textos científicos, escolares y medios de comunicación. De la “base teórica de la Biología moderna”.

No se me ocurre una forma mejor de iniciar mi argumentación que recurrir a una cita de Richard Dawkins, considerado por muchos biólogos “el Darwin del Siglo XX”: El planteamiento del presente libro es que nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes. De la misma manera que los prósperos gansters de Chicago, nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en un mundo altamente competitivo. Esto nos autoriza a suponer ciertas cualidades en nuestros genes. Argumentaré que una cualidad predominante que podemos esperar que se encuentre en un gen próspero será el egoísmo despiadado. Esta cualidad egoísta del gen dará normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano” (El gen egoísta). Es decir, es el egoísmo del “gen” el que hace funcionar la Naturaleza. Supongo que algún avezado lector habrá encontrado en estos razonamientos, si se les puede llamar así, una semejanza más que superficial con el más que célebre enunciado sobre el funcionamiento de la sociedad de Adam Smith, el padre de la moderna economía: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos proporciona nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su egoísmo, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de su conveniencia". /…/ Por regla general, no intenta promover el bienestar público ni sabe cómo está contribuyendo a ello. Prefiriendo apoyar la actividad doméstica en vez de la foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa actividad de forma que consiga el mayor valor, sólo busca su propia ganancia, y en este como en otros casos está conducido por una mano invisible que promueve un objetivo que no estaba en sus propósitos” (La riqueza de las naciones).

Posiblemente, se pueda objetar que la terrible concepción de la Naturaleza de Dawkins es una interpretación extrema del darwinismo (si me permiten, les informaré de que el darwinismo tiene hoy en día más versiones que sectas religiosas hay en Estados Unidos, y que conste que no es una comparación casual, por lo que no resulta fácil definir qué es actualmente el darwinismo) así que puede ser más razonable acudir a las fuentes, al propio Darwin: “Mas en estos casos parecen ser igualmente hereditarios la aptitud mental y la conformación corporal. Se asegura que las manos de los menestrales ingleses son ya al nacer mayores que las de la gente elevada. /…/ Así mismo, se ha observado que la epidermis de la planta de los pies de los niños, aún mucho antes de nacer, es más gruesa que la de todas las otras partes del cuerpo; fenómeno que sin duda alguna es debido a los efectos hereditarios de una presión constante verificada por largas series de generaciones” (Sobre el origen del hombre).

Dejemos, ahora, hablar a Adam Smith: Se ha dicho que el costo del desgaste de un esclavo lo financia su amo, mientras que el costo del desgaste de un trabajador libre va por cuenta de éste mismo. Pero el desgaste del trabajador libre también es financiado por su patrono. El salario pagado a los jornaleros, servidores, etc., de toda clase, debe en efecto ser lo suficientemente elevado para permitir a la casta de los jornaleros y servidores que se reproduzca según la demanda creciente, estacionaria o decreciente de personas de este género que formula la sociedad. Pero aunque el desgaste de un trabajador libre sea igualmente financiado por el patrono, el mismo le cuesta por lo general mucho menos que el de un esclavo. (La riqueza de las naciones).

Aunque pueda resultar una conclusión inocente, creo que con estos razonamientos se puede comprender para qué tipo de personas se elaboró la “Teoría del libre mercado”, qué tipo de personas componen para ambos, Darwin y Smith, “la sociedad”.

Se puede argüir que la coincidencia en esta forma de pensar tiene su origen en las circunstancias vitales de ambos “pensadores”. Efectivamente, compartían un entorno cultural fuertemente condicionado por ideas religiosas anglicanas y ya sabemos que Dios bendice a los que van a lo suyo. Pero esto no tiene porqué influir en la “aportación científica” de Darwin. O sí: En “Sobre el origen de las especies por selección natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la supervivencia” Darwin afirma sobre su “teoría” que “De aquí, que como se producen más individuos de los que es posible que sobrevivan, tiene que haber forzosamente en todos los casos una lucha por la existencia / ... / Es la doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al conjunto de los reinos animal y vegetal; porque en este caso, no hay aumento artificial de alimento y limitación prudente de matrimonios” . Thomas Malthus clérigo anglicano, discípulo de Adam Smith, también tenía una concepción de la sociedad tan poco piadosa como nuestros dos amigos: "El hombre, si no puede lograr que los padres o parientes a quienes corresponde lo mantengan, y si la sociedad no quiere su trabajo, no tiene derecho alguno ni a la menor ración de alimentos, no tiene por qué estar donde está, en ese espléndido banquete no le han puesto cubierto. La naturaleza le ordena que se vaya y no tardará en ejecutar su propia orden, si ese hombre no logra compasión de alguno de los invitados. Si estos se levantan y le dejan sitio, acudirán enseguida otros intrusos pidiendo el mismo favor y se perturbará así el orden, la armonía de la fiesta y la abundancia que antes reinaba, se convertirá en escasez" (Ensayo sobre el principio de la población).  ¡Vaya, nos salió otro clérigo! (Darwin era de formación clérigo de la Iglesia Anglicana). La verdad es que si nos detenemos a pensar sobre el origen de las concepciones actuales de la Naturaleza, de la sociedad, de la vida que rigen nuestra sociedad, las sociedades “avanzadas”, incluso nuestra ciencia, nos encontramos con unos personajes rancios, de pensamiento egoísta y cruel con los que cualquier persona con una mínima conciencia social o unos valores éticos no soportaría el menor trato.

Pero estas son las concepciones, las ideas que subyacen a las explicaciones de la Naturaleza, de la vida con las que nos catequizan desde los libros escolares, los textos científicos, los medios de comunicación. No es necesario que sus proponentes se declaren darwinistas, ni que lo sean, ni siquiera que sepan qué es el darwinismo, es el lenguaje darwinista el que ha pasado a formar parte del lenguaje biológico, de las “descripciones objetivas de la realidad”. El “coste-beneficio”, la “explotación de recursos”, la competencia, el “éxito”…  describen, sin asomo de dudas, el comportamiento de los seres vivos en la naturaleza. De hecho, Richard Dawkins, que no tiene el menor pudor, la menor intención de disimular la aplicación de estas siniestras ideas a la Naturaleza, define a los organismos como “máquinas de supervivencia” y sentencia: “Toda máquina de supervivencia es para otra máquina de supervivencia un obstáculo que vencer o una fuente que explotar” Supongo que no es necesario un esfuerzo de la imaginación para asociar esta frase al ideario de cualquier multinacional.

También supongo que el lector está un tanto cansado de tanteas citas (¿no tendrá algo que decir que sea de cosecha propia?), pero creo que es la única forma de contrarrestar las voces de los “sabios” que, basándose en el principio de autoridad, han adornado con toda clase de virtudes intelectuales y humanas a los grandes genios que han construido las bases del mundo moderno. El mundo de la “selección natural” que rige el “libre mercado” y la “libre competencia” que, como afirmaba el Premio Nobel de economía Milton Friedman “ Todas las relaciones sociales pueden ser reducidas a la ley de la oferta y la demanda, que se rige por la libre competencia y  la exclusión de los incompetentes e incapaces redundará, a largo plazo, en beneficio de la especie”.

John Rockefeller, cuyas implicaciones en la investigación biológica y en la enseñanza dejo como tarea para la investigación del lector, lo vio muy claro desde el principio: "El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto... La bella rosa estadounidense sólo puede lograr el máximo de su esplendor y perfume que nos encantan, si sacrificamos a los capullos que crecen en su alrededor. Esto no es una tendencia maligna en los negocios. Es simplemente el resultado de una combinación de una ley de la naturaleza con una ley de Dios”.

No pretendo insinuar aquí (aunque hay suficientes motivos y datos para afirmarlo) que la concepción científica actual de la Biología sea una imposición de algún tipo de poder, pero no me negarán que resulta extraño que a estas alturas del Siglo XXI, en que las ciencias como Matemáticas, Física y Química han experimentado verdaderas revoluciones en sus teorías y en sus aplicaciones, en una disciplina como la biología, que pretende estudiar y comprender unos fenómenos de una complejidad posiblemente mayor que los de las disciplinas mencionadas, se sigan manteniendo unos conceptos una terminología y unas ideas basadas en una visión de la vida, una teoría de la evolución propia del Siglo XIX, más concretamente, en especulaciones de tres clérigos anglicanos de la época. Discúlpenme, pero no tengo más remedio que recurrir a otra cita, en este caso de Ludwig von Bertalanffy, el más grande biólogo del Siglo XX, porque sus pensamientos tienen más calidad que cualquier argumento que yo pueda aportar: “El hecho de que una teoría tan vaga, tan insuficientemente demostrable, tan ajena a los criterios que suelen aplicarse en las ciencias empíricas, se haya convertido en un dogma, no es explicable si no es con argumentos sociológicos”. 

Para von Bertalanffy, autor de la “Teoría general de sistemas”, entre los distintos tipos de sistemas, los seres vivos se ajustan a las características de los llamados "sistemas organísmicos u homeostáticos" (capaces de ajustarse a los cambios externos e internos) y están organizados en subsistemas que conforman un sistema de rango mayor (macrosistema). Los sistemas complejos adaptativos son muy estables y no son susceptibles a cambios en su organización, pero ante un desequilibrio suficientemente grave, su respuesta es binaria: un colapso (derrumbe) catastrófico o un salto en el nivel de complejidad (debido a su tendencia a generar patrones de comportamiento global). En definitiva, que adaptación, es decir, ajuste al ambiente, y evolución, es decir, cambio de organización, son procesos diferentes.

No voy a atosigarles con una sesuda argumentación científica (probablemente, tampoco sería capaz de hacerlo) sobre las implicaciones de la Teoría general de sistemas en la comprensión de la Naturaleza (y de la sociedad, incluso), pero creo que, para terminar, merece la pena informarles de unos descubrimientos que, aunque puedan parecer muy avanzados pueden ser fáciles de entender, si no los procesos biológicos implicados, sí su significado. Se ha comprobado experimentalmente, es decir, no mediante especulaciones o hipótesis matemáticas, que en los genomas de los seres vivos existen una gran cantidad de elementos móviles y virus endógenos (secuencias procedentes de virus que se han insertado en los cromosomas). Estos segmentos de ADN pueden cambiar de situación en el genoma o duplicar su contenido como respuesta a distintos tipos de “agresión” ambiental, como pueden ser radiaciones o exposiciones a productos químicos. También se ha comprobado experimentalmente que estas inserciones de ADN de virus, cambios de disposición o duplicaciones no son aleatorios, sino que existen los llamados “hot spots”, sitios donde tienden a producirse. También se sabe que a lo largo de la historia de la vida sobre la Tierra se han producido, de un modo periódico, cataclismos de distintas magnitudes causados por caídas de meteoritos de diferentes tamaños, vulcanismo, crisis climáticas… que provocarían grandes cambios en los genomas de los seres vivos que se producirían simultáneamente en un gran número de ellos. Es decir, los cambios evolutivos serían repentinos (como, por otra parte, refleja el registro fósil) y colectivos, como respuesta a un estrés ambiental. Es decir, la evolución de la vida no es el resultado de una competencia permanente en la que los individuos “más aptos” se reproducen más y dejan más descendientes. No hay seres vivos “aptos” y “no aptos”. Todos los individuos sanos, normales se reproducen. La simplista falacia de extrapolar la selección de animales anormales por los ganaderos a un supuesto poder creativo de la selección “natural”, es tan fraudulenta como la de afirmar que la existencia de mercados a lo largo de la historia justifica el poder de “la mano invisible del mercado” como rector de la sociedad. No. No son descubrimientos científicos. No son leyes naturales. Son inventos interesados para justificar los atropellos de los poderosos.


Máximo Sandín, doctor en Biología, Consejo Científico de ATTAC

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