martes 30/11/21

Estos días festivos observamos una presencia constante y en aumento de muchas personas, predominantemente hombres, aunque cada vez son más frecuentes mujeres, pidiendo por nuestras calles, en un semáforo o a la salida de unos Grandes Almacenes. Es un efecto más de esta cruel crisis económica. En la céntrica Plaza de España de Zaragoza he visto ya varias veces a una mujer de unos 30 años, no mal vestida, de rodillas, con un cartel en las manos de petición de ayuda, que me ha impresionado profundamente. ¡A qué grado de desesperación ha tenido que llegar para recurrir a esto! Alguno se detiene y le da una pequeña ayuda. La mayoría con bolsas en la manos repletas de productos recién comprados, pasan de largo, e incluso aceleran el paso para no darse de bruces con ella. En el trayecto desde mi vivienda a la susodicha plaza he contado 10 personas en la misma situación de petición de ayuda. Esto va a más, si nadie lo remedia. La afluencia de transeúntes es cada vez mayor en los diferentes comedores sociales para poder hacer al menos una comida caliente al día o en los albergues municipales para poder dormir en una cama. Son de todas las edades, de todas las nacionalidades, de diferentes sexos. Y no faltan los que van bien vestidos y que desbordados por la crisis han perdido trabajo, casa, y a veces familia.

Es también cada vez más frecuente observar al entrar a sacar dinero en un cajero automático el que haya en un lado unos cartones apilados, que servirán de colchón para pasar la noche a los llamados “sin techo”. Algunos de ellos forman parte ya del paisaje urbano, como una mujer de unos 30 años que lleva varios años junto a un cajero automático en la avenida Goya, y a la que socorren con frecuencia los vecinos de la zona. El pasado noviembre 300 voluntarios de Cruz Roja realizaron un estudio en Zaragoza tras recorrer diferentes zonas y localizaron a 187 “sin techo”, en el 2010 la cifra llegó a 158. Esto va a más.

Siempre me han interesado estas personas abandonadas de la suerte en este sistema capitalista salvaje que deja a muchos en la cuneta. Las líneas que siguen a continuación van dirigidas especialmente a los “sin techo”, extraídas del libro encomiable titulado Vidas al descubierto. Historias de vida de los “sin techo”, de las sociólogas Elisabet Tejero y Laura Torrabella.

Para referirse a todo este colectivo de personas sin techo se han usado diferentes términos. En otras épocas no muy lejanas en el tiempo se les llamaba delincuentes, tal como reflejaba el espíritu la Ley de Vagos y Maleantes, promulgada en el año 1933 y revisada en 1954, donde quedaba bien clara la connotación delictiva de la mirada oficial sobre la población sin techo. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, al aparecer el debate sobre la pobreza estructural de las sociedades capitalistas, apareció el concepto de indigente, entendido como persona que no tiene suficientes medios para subsistir, y que pone en el centro del debate el acceso o no a los medios monetarios. También se ha utilizado el término de transeúnte, lo que significa la necesidad del individuo de desplazarse para sobrevivir, para buscarse la vida. Con la llegada de la democracia a nuestro país se ha producido un cambio de concepción. Se ha dejado de mirar la realidad de las personas sin techo como un estado, como una condición atribuible a un individuo, para mirar la misma realidad como una situación dinámica y fuertemente condicionada por el contexto socio-económico, político y cultural. Esta nueva mirada supone reconocer la posibilidad de que cualquier persona, en una determinada época de su vida, puede llegar a encontrarse en una situación sin techo. Tal como ha señalado Beck, las teorías de la sociedad del riesgo nos advierten sobre la universalización y democratización de los riesgos, no solo de perder posiciones de bienestar, sino, de manera más radical, verse inmerso en una situación de pobreza y exclusión. Precisamente por este motivo los expertos han decidido usar unos términos que desculpabilizan al sujeto de su situación. Por ello los más utilizados para definir a todo este colectivo de personas excluidas son el de los “sin techo” y el de los “sin hogar”, que aun cuando a primera vista parezcan términos equiparables e intercambiables, no tienen el mismo significado. Así, el calificativo sin techo nos remite a la situación física de no tener vivienda ni acceso a ella, por lo que el individuo está imposibilitado de construirse como un ser humano completo. En cambio, sin hogar, nos remite a un imaginario menos físico y más simbólico, donde la existencia de techo supondría la presencia de vínculos emocionales basados en la relación con otro. Tradicionalmente, los vínculos emocionales basados en la relación con el otro se han vinculado directamente a la existencia de relaciones de familiares y parentesco, luego el sin hogar carece de de estas relaciones. Como vemos hay diferentes términos para definir a todo este colectivo de personas sin techo, la que parece más clara es la propuesta por la Federación Europea de Asociaciones que trabajan a favor de los sin techo, FEANTSA:”toda persona que no puede acceder o conservar un alojamiento adecuado, a su situación personal, permanente y que proporcione un marco estable de convivencia, bien sea por falta de recursos económicos, bien sea por tener dificultades personales o sociales para llevar una vida autónoma”.

Una vez hecha la aclaración terminológica, no es menos importante el conocer las causas y detonantes de esta situación de los sin techo. Los expertos señalan que en el origen se hallan situaciones de riesgo o vulnerabilidad de índole económica, institucional, sanitarias, psicológicas, familiares, etc. Según Muñoz y Vázquez y Vázquez, estarían las siguientes: paro, pérdida económica (por ejemplo, desahucio), enfermedad física, lesión o accidente, enfermedad mental, abuso de alcohol y drogas, ludopatía, prostitución, abuso y maltrato sexual, problemas familiares (pérdida o ruptura de la relación de pareja o familiar), separación del medio social habitual, delincuencia y problemas judiciales, o internamiento institucional. No obstante, no es un único factor sino la convergencia de algunos o muchos de los factores causales apuntados. No es tarea fácil la aproximación causal a este fenómeno, por ello puede resultar pertinente tener en cuenta una serie de dimensiones que nos puedan dar algo más de luz.

La dimensión socio-económica estaría relacionada con los cambios en el mercado del trabajo experimentados en nuestro país en los últimos decenios, con procesos tan importantes como la desindustrialización y el gran descenso de sectores claves de la economía, minería, la siderurgia o el textil. Y recientemente la construcción. El subsiguiente paro y la flexibilidad de las condiciones de trabajo tienen una incidencia fundamental en la desestructuración de los proyectos vitales; y estas circunstancias son un factor causal determinante para que determinadas personas se conviertan en sin techo. Las mujeres sufren más el paro, así como la precariedad laboral, pero las secuelas de la pérdida del trabajo son más devastadoras en los hombres. A este descenso de ingresos por el paro, cabe añadir el encarecimiento de la vivienda tanto en propiedad como en alquiler.

Otra dimensión es la socio-relacional. Donde el ser humano se socializa en primer lugar es en la familia, lo que resulta fundamental para su desarrollo afectivo y emocional. También la familia ha sido tradicionalmente el cobijo y el refugio ante las situaciones de exclusión social, mas hoy como consecuencia de determinados cambios culturales, sociales, económicos, familias más reducidas, la incorporación de la mujer al mundo laboral, aumento de esperanza de vida, incremento de separaciones y divorcios, la monoparentalidad, además de otros, significa que este papel de la institución familiar se va desdibujando. En consecuencia, los expertos constatan ya las consecuencias de la precarización de la función amortiguadora de las familias ante el riesgo de exclusión social, situación en la que se encuentran los sin techo. Aunque esta afirmación debe ser matizada ya que en la actualidad es la institución familiar, la que sirve de escudo ante la crisis para muchas personas.

También debemos tener en cuanta para explicar determinadas trayectorias de los sin techo la dimensión psico-emocional. Para algunos autores, como Declerck habría una psicopatología específica en este colectivo, que tendrá que ver con lo que llaman desocialización y que lleva al propio sujeto a autoexcluirse. Este elemento explicaría las resistencias a la posibilidad de mejorar de estado. En definitiva esta última dimensión psicoemocional nos ayudaría a entender mejor quién puede convertirse en una persona sin techo.

Como conclusión, en un aviso a navegantes, deberíamos todos tener muy claro que en esta sociedad del riesgo, nadie puede tener la seguridad absoluta de no tener que estar pidiendo un día en una calle, de acudir a un comedor social o de dormir entre cartones en una cajero automático.

Los abandonados de la vida
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