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lunes. 08.08.2022

Eric Hobsbawm, en su reciente libro Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo desde 1830 hasta 2011, reflexiona de una manera muy acertada, sobre la necesidad, ante la actual crisis económica de origen financiero, tener presente a Marx y sus análisis. ¿Qué aspectos del análisis de la sociedad capitalista del XIX en Marx tenemos que tener presente? ¿De qué manera podemos actualizar esos análisis?

En primer lugar, tenemos el análisis del mecanismo de crecimiento capitalista mediante la generación de contradicciones (desigualdades podíamos decir), internas. Pero lo que más vigencia toma hoy la realidad, no es nada nuevo: que los gobiernos no son ya depositarios de la soberanía nacional, sino meros ejecutores de órdenes que emanan de los centros del poder financiero; que los políticos han sucumbido ante las exigencias del capital, llamado ahora los mercados; que es preciso despertar y mostrar la rabia y el enojo a plena luz del día, en la calle; que hay que recuperar la autonomía de la acción política frente a los mandatos de poderes económicos. Veamos un ejemplo de Marx en La miseria de la filosofía: la dominación de la burguesía (el mercado sobre la clase la sociedad civil -especialmente asalariados). Así, lo que tiene que hacer la clase trabajadora es, de nuevo siguiendo a Marx, “acabar con la dominación de clase (el mercado)” y construir una sociedad sin clases (sin dominio)”. “En el curso de su desarrollo, la izquierda política tratará de poner fin al dominio del capital sobre el poder, a través de una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y no existirá más poder político en sentido propio, puesto que el poder político constituye, precisamente, el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil”.

Nadie expresó con más fuerza la confusa relación simbiótica entre poder del Estado y poder del capital que Karl Marx cuando enunció que el dominio del capital determina la superestructura (las creencias, las ideologías de la sociedad). Se trataba de la ilusión de que “el Estado debe mantener ligada la vida burguesa, cuando en realidad es la vida burguesa la que mantiene ligada la cohesión del Estado”.

Lo nuevo hoy, como hemos comprobado en nuestras propias carnes, no es que el Estado venga en ayuda del capital; lo nuevo es que el capital y Estado no están separados. Y que, además, el capital dirige al Estado, porque en ocasiones, depende de sus intereses. El capital ya no está formado por aquélla burguesía fordista que, tras la Segunda Guerra Mundial y el consenso Keynesiano, interpretó que crear riqueza también suponía distribuirla para reproducir el sistema. Se llegó así a un pacto de equilibro entre burguesía y clase trabajadora según el cual, la segunda debía de adquirir un determinado desarrollo económico y, a cambio, la burguesía fordista aseguraba un reparto de la riqueza que iría en beneficio del sistema. Mal que bien, después de la catástrofe de las dos guerras mundiales, esa burguesía, con su cohorte de aliados, se entendió con la clase obrera devenida socialdemócrata para mantener el llamado Estado de bienestar. Así las cosas, la gran clase obrera, se convirtió en gran clase media y desapareció el mundo capitalista tal y como lo entendemos en el siglo XIX.

Pero esa burguesía ha desaparecido: En la nueva clase financiera-dirigente de EE.UU., todos, desde el profesor de Harvard hasta el secretario de Economía de Obama, son profesionales de las finanzas; ninguno es propietario más que del arte de fabricar unos productos financieros que no son ya dinero, ni crean dinero, pero de los que ellos se valen para nadar en montañas de dinero. Pero es que Marx, adelantándose como casi siempre a su tiempo, también analizó esta situación, alertando de la hipertrofia del sistema financiero y avisó sobre la aparición de un nuevo tipo de capital financiero al que llamó “capital ficticio” por no sólo carecer de ningún soporte real sino por ser inútil a diferencia del capital-dinero o capital financiero que sirve para financiar las actividades productivas de plusvalía (la famosa ingeniería financiera). Dice Marx en el tomo 3 de El Capital: “Al desarrollarse el capital a interés y el sistema de crédito, parece duplicarse y a veces triplicarse todo el capital por el diverso modo como el mismo capital o simplemente el mismo título de deuda aparece en distintas manos bajo diversas formas. La mayor parte de este “capital-dinero” es puramente ficticio”.

Marx observa que como consecuencia del desarrollo de los mercados financieros, un mismo hecho económico, la propiedad de un activo físico, el derecho a recibir un pago, puede aparecer varias veces con diferentes formas financieras. Por ejemplo, la propiedad del capital físico de una empresa aparece como tal propiedad jurídica, en forma de acciones, en forma de acciones de una empresa que sea propietaria de esas acciones si se trata de un holding, y en forma de garantía de una emisión de obligaciones hecha por ese holding o como aval o seguro de otra operación. En todos estos casos, el mercado da un valor a cada una de las formas (la garantía tiene un valor, el aval también, etc., etc.) que adopta financieramente lo mismo, es decir, las máquinas que componen el capital físico o real de la empresa, luego si tienen un “valor” son un “capital”, aunque ficticio. Otro ejemplo: una hipoteca (como una cualquiera de las famosas “hipotecas tóxicas”) nadie sabe, una vez que ha pasado por la moderna máquina trituradora y recomponedora de la ingeniera financiera, en cuántas formas financieras distintas está y tampoco nadie sabe en cuántas contabilidades aparece como esa hipoteca enmascarada en o detrás de un activo financiero. De igual manera, una obligación o un bono emitido por una empresa puede ser usado por su comprador como garantía colateral de bonos que a su vez él emita, y así sucesivamente. No es de extrañar que ningún banco confíe en ningún otro pues todos han jugado hasta la saciedad a crear “capital ficticio”.

Pero, ¿qué valor tiene ese “capital ficticio”? Pues como no se corresponde con precisión con elementos de la economía “real” su valor dependerá del mercado, es decir, del valor que “los mercados” den a las diversas formas en las que se plasma el “capital ficticio”. Y de ahí la volatilidad de esos mercados, al dejarse llevar por movimientos gregarios (“herd behaviour”) al alza y a la baja sin claras razones. Pero resulta patente que, en el largo plazo, esto es, cuando se compensan los movimientos especulativos hay un valor fundamental para los “activos” que componen el “capital ficticio” que se correspondería a la tasa de ganancias que pueden ganar sus propietarios, y claro está esta depende de dos cosas: a) la capacidad de generar plusvalía por parte de la economía “real”, y b) entre cuántos “activos” hay que repartirse esa plusvalía. Si, por ejemplo, la generación de plusvalía se estanca por las razones que sea y a la vez crece el volumen de capital ficticio, el tipo de beneficio que puede obtener cada unidad de ese capital es tendencialmente más bajo simplemente por el crecimiento en el número de “productos financieros” que lo componen. Dicho de otra manera, la ingeniería financiera desde una perspectiva marxista lleva en sí las semillas de su propia destrucción pues al hacer que aumente el número de “activos ficticios” existente acaba desvalorizando a la larga a cada uno de ellos. No es así nada extraño asistir a hundimientos brutales de esos mercados y a la consiguiente desaparición de grandes cantidades de esos “activos ficticios” como medio de recomponer la tasa de ganancia de los que queden y del sector financiero en su conjunto. Dicho con otras palabras, el “capital ficticio” es desde la perspectiva marxista un tipo nuevo de factor inestabilizador de la vida económica de las economías capitalistas conforme se financiarizan caracterizado además por su cada vez más rápida recurrencia.

Sin preocupación redistributiva, y con un afán de hacer dinero a costa de cualquier cosa, el capital globalizado de naturaleza financiera, ha atrapado a los Estados, que se han encontrado con un sistema bancario arruinado (que han tenido que re-financiar para activar la economía) y se han endeudado, estando sus políticas a expensas de los llamados mercados de deuda para poder financiar todos los servicios que presta. Se trata de una ecuación perfecta: Estados insolventes y capital globalizado y dependiente.

Una nueva clase social debe organizarse y tratar de lograr la autonomía entre Estado y poder, y conseguir, lo que ya en su tiempo Marx denominó “liberación de la clase trabajadora” comparándola con la liberación del tercer estado, del orden burgues, de la sociedad estamental. La nueva clase social que luche contra la clase del capital financiero, debe estar formada por todos aquellos que sean capaces de apreciar la contradicción entre el interés (egoísta) del capital financiero, ficticio y global y el Estado como agente autónomo re-distribuidor de la riqueza en la sociedad.

La vigencia de Marx en la crisis financiera
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