domingo 9/8/20
JOAN COSCUBIELA

La teología de la desregulación

No es una idea nueva, ya que lleva con nosotros varias décadas, pero la Gran Recesión la ha situado en el centro de los debates. Me refiero a la supuesta rigidez de las relaciones laborales como la principal causa del elevado desempleo y la desregulación laboral como la pócima que sirve de solución mágica.
La teología de la desregulación

Durante estos años se ha presentado como verdad científica lo que no es más que una legítima opinión, cargada de ideología y sustentada en una determinada concepción de las relaciones laborales y sobre todo en significativos intereses económicos y políticos.

Pero aunque ello no sea  una novedad, últimamente algunas de estas “manifestaciones científicas” han subido un escalón más. Se presentan como “verdades teológicas” que intentan introducir la razón en la explicación de una “verdad revelada”, en este caso por los mercados. Se ha pasado de pura ideología vestida de ciencia a teología en estado puro.

La idea me la sugirió indirectamente Jorge Wagensberg durante una conferencia sobre “Ciencia y Creencias”. En aquella ocasión el gran divulgador científico nos recordaba que a diferencia de las creencias, las afirmaciones científicas necesitan ser contrastadas. Y que si al contrastar la afirmación científica con la realidad, esta no confirma, sino que desmiente total o parcialmente la afirmación, se ha de abrir paso a la duda. Y lo que toca es buscar nuevas hipótesis que nos permitan hacer una nueva afirmación, que de nuevo deberá ser contrastada con la realidad.

Estas viejas y clásicas ideas del método científico son las que me llevan a pensar que con la desregulación laboral ya no solo no estamos ante una afirmación científica, sino que tampoco lo es meramente ideológica. De hecho estamos ante una verdadera Teología, la de la desregulación, de la que lobbies como Fedea son sus oficiantes privilegiados.

Una vez tras otra se afirma que el problema del paro en España tiene como causa principal el marco regulador de las relaciones laborales. Y en base a esta afirmación se han aprobado durante tres décadas sucesivas reformas laborales. A pesar que los datos de tres décadas impiden relacionar los ciclos de crecimiento o recesión económica y los de creación o destrucción de empleo con los cambios en la legislación laboral. Y si en cambio con el deterioro de la calidad del empleo. Por ejemplo, la EPA nos dice que con esta legislación –que según algunos impide que en estos momentos se cree empleo- España ha sido el país de la ue que más empleo creó durante la década mágica (1997-2007).

Otra “verdad científica” afirma que el comportamiento ciclotímico del mercado de trabajo español –se crea y destruye empleo de manera intensa y rápida que en otras economías– obedece a la dualidad entre trabajadores y la desprotección de unos –los temporales– por culpa del exceso de protección y de derechos de los otros -los fijos-. Pero de nuevo los datos nos obligan, como mínimo, a dudar de esta afirmación. Porque con la misma legislación para toda España en estos momentos hay comunidades autónomas que como Euskadi tienen un 11,5 % de paro, mientras otras están rozando el 30% como Andalucía. Y lo mismo sucede con las tasas de temporalidad, con algunos sectores y comunidades autónomas que cuadruplican la temporalidad de otros sectores o territorios. Insisto, siempre con la misma legislación para todas las empresas y comunidades autónomas.

Para sustentar “su verdad revelada, por los mercados” los teólogos de la desregulación afirman una nueva evidencia. A saber, que cuanto más desregulado es el mercado de trabajo y más desprotección de los trabajadores existe, más fácilmente se crea empleo y se sale de la depresión. Y de nuevo los datos vuelven a ser tozudos. Porque se da la circunstancia  que  Irlanda –hace dos días conocida como el Tigre celta que con su desregulación se estaba comiendo el mundo– que tiene uno de los mercados de trabajo más desregulados de los países desarrollados ha tenido una destrucción de empleo similar a la española y está teniendo los mismos problemas para crear empleo. Aunque claro esta Irlanda ha utilizado los mismos fundamentos de cartón piedra para afianzar su crecimiento: burbuja inmobiliaria y crediticia que ha atrapado a su sistema financiero, un tejido económico privado acostumbrado a trabajar en condiciones de elevados beneficios y unos poderes públicos fiscalmente impotentes como consecuencia de una política de desfiscalización del capital y dumping fiscal dentro de la Unión Europea.

Ante la contundencia de los datos, el método científico nos obliga a plantearnos otras hipótesis para explicar lo sucedido. Sugiero tres, una más coyuntural y referida a la situación actual y otras dos más estructurales.

Es posible que la intensa destrucción de empleo en España e Irlanda tengan como origen común, una economía eucaliptus basada en las burbujas del crédito, demográfica, inmobiliaria y de mano de obra barata. Una economía especulativa que ha atrapado a sus sistemas financieros hasta dejarlos con el motor gripado, que ha secado por mucho tiempo el terreno  para la iniciativa privada y que no dispone de capacidad de respuesta fiscal con la que suplir a las dificultades de los sectores privados.

Es posible que el problema estructural no sea la dualidad del mercado de trabajo –entre fijos y temporales– sino la profunda segmentación de nuestra economía, como se pone de manifiesto con el éxito exportador de la economía española, incluso en plena recesión. Éxito que se debe a las medianas y grandes empresas industriales -especialmente de más de 200 trabajadores- que han consolidado un modelo de competitividad basado en elevada productividad gracias a salarios superiores a la media, significativa innovación, apuesta por la formación y la estabilidad de los trabajadores lo que les permite tener unos costes laborales unitarios que han crecido menos que los de la media de la economía española.

Es posible que sea la especialización productiva española, con un peso exagerado y desproporcionado de sectores surfistas como el inmobiliario y los que dependen del sector turístico; además del tamaño excesivamente pequeño de una buena parte de nuestras empresas –especialmente el 10% de empresas micros–, con escasa intensidad tecnológica, uso intensivo de mano de obra poco cualificada y retribuida, así como la ubicación periférica de nuestras empresas en uns sistema productivo “global”.

¿Es posible que sean estas las razones que expliquen la peculiaridad del comportamiento del empleo en España? ¿Es posible que las reformas laborales en contra de sus objetivos declarados, hayan incentivado el comportamiento ciclotímico del empleo y el paro? Si estas hipótesis fueran ciertas, la desregulación laboral lejos de ser la solución, sería el origen del problema.

Joan Coscubiela Conesa  |  President Fundació Cipriano García. CCOO de Catalunya. 

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