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viernes. 01.07.2022

Política e instituciones en la crisis del sindicato

Por Antonio Lettieri | El sindicato entró en este siglo bajo malos auspicios. Después, la crisis que explotó antes del final de la década hizo que su recorrido fuera más accidentado. Esto es lo preocupante de la deriva del sindicato.

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El sindicato entró en este siglo bajo malos auspicios. Después, la crisis que explotó antes del final de la década hizo que su recorrido fuera más accidentado. Esto es lo preocupante de la deriva del sindicato. Sin embargo, hay quien la considera como una expresión natural del cambio de los tiempos. Y no falta una élite económica y política que crea que el sindicato es una institución en fase de extinción.

El origen de la crisis está fundamentalmente relacionado con el proceso de globalización entrelazado con la revolución informática y las telecomunicaciones. Es indudable que estos procesos han incidido profundamente en los sindicatos, nacidos y desarrollados dentro de los confines nacionales respondiendo a la historia, tradiciones, modelos sociales, a la legislación y a las relaciones de fuerza específicas de un ámbito estatal concreto. Sin embargo, la crisis del sindicato tiene unas raíces más lejanas: es anterior a los procesos de globalización, a la revolución de los ordenadores y a la misma financiarización de la economía.

En este artículo nos proponemos examinar cómo, más allá de las grandes transformaciones económicas y sociales de finales del siglo pasado, los cambios ideológicos, políticos e institucionales marcaron profundamente la crisis del sindicalismo en los Estados Unidos y en Europa. 

Primero
Los primeros síntomas de la crisis del sindicato se manifestaron a principios de los años ochenta. Si observamos al sindicalismo norteamericano, que es el más afectado por los cambios de finales de los años del siglo pasado, es evidente que la revolución neoliberal de Ronald Reagan fue anterior al desarrollo pleno de los procesos de globalización y de la revolución informática. El giro fue sobre todo hijo de la crisis que atravesó Norteamérica a lo largo de los años setenta, poniendo fin a la experiencia del New Deal y a los treinta gloriosos de la posguerra.

Durante los años setenta, los Estados Unidos abandonaron el régimen de cambios fijos, establecido en Bretton Woods, que ponía en su centro el dólar, perdieron la guerra del Vietnam y sufrieron  el incremento telescópico del precio del petróleo. La economía estuvo profundamente marcada por un fenómeno hasta entonces desconocido: el estancamiento (stagflation), que unía una inflación descontrolada y un alto nivel de desempleo. A finales de la década, tras las dos débiles presidencias de Gerald Ford y Jimmy Carter, Norteamérica elige a Reagan y está dispuesta a un cambio profundo y radical. Efectivamente, la presidencia de Reagan pone en marcha una revolución cultural y social que, con el paso del tiempo, se revelará no menos profunda y radical  que la promovida por Franklin D. Roosevelt   
cincuenta años antes.

Segundo
Reagan, que llega a la Casa Blanca con pocas ideas pero bien estructuradas, imprime una señal fuerte al cambio para el que ha sido elegido, resumido en su famosa fórmula: «El Estado no es la solución sino el problema». Ha llegado la hora de Milton Friedman, la figura más importante de la escuela neo monetarista de Chicago.  Distinguido en 1977 con el premio Nobel, aunque era consejero de Nixon hasta la llegada de Reagan, sus teorías tuvieron una escasa influencia política en un ámbito que todavía se mantenía inspirado bajo el keynesianismo.  Con Reagan llegó el momento de un cambio radical.

Friedman «estaba convencido de que el trabajo, cuando negocia colectivamente los incrementos salariales, crea una intrusión que distorsiona el correcto funcionamiento del mercado» 

Según el esquema monetarista, el Estado tenía que redimensionar drásticamente sus ambiciones de regular e intervenir en la economía, restituyendo la plena soberanía al mercado. «Ya que en su filosofía -escribe el economista Jeff Madrick-  el gasto público, más allá de tener un carácter inflacionario, interfiere casi siempre negativamente sobre el funcionamiento eficiente de la economía, Friedaman estaba convencido de la necesidad de «eliminar uno tras otro los programas de política social, los seguros de desempleo, el salario mínimo y la amplia gama de medidas que disciplinan la organización del trabajo. Friedman, efectivamente, elaboró el mapa intelectual destinado a la liquidación de la línea progresista que había caracterizado a la nación». (Age of greed, 2011, p.27). En coherencia con esta orientación, tanto Friedman como Hayek, que en este mismo periodo es el inspirador de la filosofía económica de Margaret Thatcher en Gran Bretaña, la acción sindical es incompatible con un correcto funcionamiento del mercado. El sindicato, operando de un modo monopolista, altera la dinámica salarial, substrayéndola de una normal relación entre oferta y demanda. Friedman «estaba convencido de que el trabajo, cuando negocia colectivamente los incrementos salariales, crea una intrusión que distorsiona el correcto funcionamiento del mercado» (Ib. Pág. 31).

Reagan no es un teórico del giro neoliberal, pero está decidido a situar sus principios en un cuadro de iniciativas políticas, donde jugará un rol esencial el cambio de relaciones con el movimiento sindical. El primer acto significativamente simbólico es la ruptura de las relaciones con la AFL–CIO, la confederación sindical que cometió el error de apoyar la reelección de Carter --el apoyo al candidato demócrata formaba parte de la tradición sindical-- indicando así  el inicio de un diferente modelo de relaciones industriales. Pero la señal tangible del giro se verifica durante los primeros meses de su mandato con la negociación de los controladores de vuelo.

Tercero
Los empleados de la administración pública consiguieron el derecho a la representación sindical sólo a principios de los años sesenta bajo la presidencia de Kennedy. Era un reconocimiento limitado que no admitía el derecho de huelga. En efecto, en el curso de casi veinte años no pocas categorías de la administración federal practicaron la movilización con formas indirectas, a menudo disfrazadas de estratagemas, orientadas a una inasistencia colectiva al trabajo por enfermedad. Los controladores aéreos pusieron en marcha experiencias similares. Pero, a finales de los setenta, el descontento por las condiciones salariales y laborales, junto al cambio de una generación más joven y decidida de gentes que tenían la experiencia de la guerra del Vietnam, obligaron a estas categorías a rechazar las tradicionales formas camufladas de acción colectiva.

Cuando el sindicato de categoría PATCO decide pasar a una forma abierta de huelga en apoyo de la renovación de su convenio colectivo, en el verano de 1981, los dirigentes estaban convencidos que, en la confrontación con la contraparte (con la que siempre tuvieron unas relaciones siempre conflictivas), el gobierno federal tomaría una posición no hostil a priori. Confiaban que el PATCO había sido uno de los pocos sindicatos  que, a diferencia de la AFL-CIO, apoyó la candidatura republicana de Reagan. Calcularon mal.

Fallido el primer intento de mediación, Reagan decide mostrar el rostro duro de la nueva administración. El Ministro de Justicia propone  arrestar y llevar a juicio a los jefes del sindicato, desarticulando la dirección de la huelga. Sin embargo, para Reagan –ex gobernador de California bajo el lema «ley y orden»--  no es suficiente. El presidente toma una decisión que no es otra que la rendición incondicional. Dos días antes de la huelga, la Casa Blancaconvoca una conferencia de prensa. En casos de esta naturaleza, que afectan a una circunstancia específica, interviene generalmente el ministro del ramo. O sea, en este caso, el ministro de transportes o de justicia. Pero no será así. El mismo Reagan decide intervenir personalmente en ella, declarando –con la misma determinación que si fuera un caso crucial, por ejemplo, de relaciones con la UniónSoviética, como lo fue durante la crisis de los misiles de Cuba--  que o la huelga se desconvocaba inmediatamente o todos los trabajadores que participaran en ella serían despedidos de manera fulminante.

El sindicato no estaba, efectivamente, en condiciones de organizar una retirada precipitada que habría aislado la parte más activa de la categoría en los grandes aeropuertos continentales. El 1 de julio empezó la huelga y el tráfico aéreo se paralizó. Es el momento de cambiar el estilo de la presidencia, y Reagan no desaprovecha la ocasión. Más de once mil controladores de vuelo fueron despedidos, no volverán más al trabajo y serán progresivamente substituidos. 

La derecha, que llevo a Reagan a la presidencia, aplaudió la determinación con la que finalmente la administración se deshace del conflicto sindical.

La derecha, que llevo a Reagan a la presidencia, aplaudió la determinación con la que finalmente la administración se deshace del conflicto sindical. Sin embargo, aunque no tuvo una resonancia pública relevante, Reagan puso en marcha otro movimiento que provoca laceraciones en el marco institucional en el que se movían  los sindicatos.  La ley Wagner (1935), que regula la creación del sindicato y el derecho a la negociación en los centros de trabajo, instituyó el Nacional Labor Relations Borrad (NLRB), esto es, la Comisión Nacional para las relaciones sindicales con la tarea de vigilar la correcta aplicación de las normas para construir la representación sindical y castigando los comportamientos antisindicales.  Se trata de una Autoridad independiente, formada por cinco personalidades y nombrada por el Presidente. Comoquiera que una parte de la comisión había agotado su mandato, Reagan indicó como candidato a la presidencia a un abogado californiano que, en los últimos años, había dirigido una consultoría al servicio de las empresas que regulaban las relaciones con el sindicato.  En la práctica, es la eliminación de la función de garantía que la ley encomendaba a la NLRB. Durante todos los años de la presidencia de Reagan y después con la de Bush, la NLRB dejará de ser la tutela del derecho del sindicato y de la representación como premisa indispensable de la negociación.

Cuarto
El nuevo cuadro institucional y político está reforzado por el cambio de la política económica. El objetivo de luchar contra la inflación se confía a Paul Volver, a quien Reagan confirma en la presidencia de la Reserva Federal. En dos años, Volver consigue el objetivo, reduciendo la inflación del 10 a 4 por ciento con el coste de una brutal recesión que lleva el paro a más del 10 por ciento, el nivel más alto desde los tiempos de la Gran Depresión.

Reagan que, en su juventud fue el jefe del sindicato de actores de Hollywood, y actor él mismo, dio como presidente una impronta indeleble al cambio de las relaciones industriales en los Estados Unidos. Del «Pacto de Detroit» --el modelo de relaciones entre la United Auto Workers (UAW), el sindicato del auto dirigido por Walter Reuther, y las grandes empresas automovilísticas  basado en una justa distribución de los aumentos de la productividad  entre salarios y beneficios, que fue el emblema del sindicalismo americano durante las primeras décadas de la posguerra— se pasa  gradualmente  a lo que podría definirse como «walmartismo», esto es, la exclusión del sindicato o, cuando no es posible, la derrota de su poder de negociación.

Walmart era la cadena de supermercados donde Sam Walton, a principios de los sesenta, empezó en Bentoville (un pueblecillo en la encrucijada de tres estados del Medio Oeste, Arkansas, Missouri y Kansas).  En aquellas tierras empobrecidas, donde todavía estaba presente la memoria viva de la Gran depresión y de las grandes migraciones hacia el lejano Oeste –narradas por John Steibeck en la novela Las uvas de la ira, posteriormente llevado al cine por John Ford— no había huella alguna de sindicalismo.

La idea de que el trabajo y los salarios pudieran ser objeto de negociación con la “intrusión” de un sindicato, originario de lejanos estados de la costa oriental u occidental, era una herejía. Cuando veinte años después, a principios de los ochenta, la cadena creció hasta tener centenares de supermercados, la expansión hacia las grandes áreas metropolitanas con una fuerte presencia sindical, la exclusión del sindicato se convirtió en un artículo de fe de la estrategia de Walmart, que llegó a convertirse en la empresa norteamericana y mundial más grande con más de dos millones de empleados, 1.400.000 en los Estados Unidos.

La estrategia antisindical de Waltmart se convierte en el nuevo paradigma  de las relaciones industriales norteamericanas. Cuando el sindicato presenta la renovación del convenio, es la empresa la que impone sus condiciones para la renovación.Entre ellas, un salario siempre más bajo para las nuevas contrataciones y la exclusión de los beneficios, el seguro sanitario y el fondo de pensiones de la empresa. Por lo demás, la acción sindical está siempre en peligro porque las empresas descubrieron que se podía sustituir  a los trabajadores en huelga, teniendo como referencia lo que hizo la administración con los controladores aéreos.

Si donde el sindicato existe encuentra crecientes dificultades, donde no está presente no consigue instalarse.Las empresas tienen, de hecho, la cosa fácilpara frustrar los esfuerzos de los sindicatos para tener al alcance de su mano, mediante el referéndum prescrito por la ley, la representación en la empresa. Durante los trámites para organizar el referéndum para verificar la existencia de una mayoría de trabajadores favorables a la creación del sindicato, las empresas tienen todo el tiempo para intimidar y chantajear a los trabajadores, despidiendo a los activistas sindicales, dado que la NLRB está cada vez más orientada a favor de las empresas.

Resumiendo la experiencia de los años ochenta, el economista Robert Kuttner, editor del American Prospect  escribe: «los sindicatos, durante los periodos de elevado desempleo están a la defensiva; era el manager quien ponía  las reivindicaciones, reclamando concesiones en la mesa de negociaciones. La ComisiónNacional  para las relaciones sindicales permitía a la patronal la adopción de tácticas que, en las épocas anteriores, hubieran sido juzgadas como ilegales. Muchas fábricas cerraron y los trabajadores fueron puestos en competición entre las diversas instalaciones de la misma empresa con una ruptura de la solidaridad sindical. Para conservar los puestos de trabajo de los más antiguos fue necesario reducir el salario de las nuevas contrataciones.  Lo que destruía la red de solidaridad que los convenios-piloto habían realizado en el pasado a nivel industrial sobre la base del principio a igual trabajo, igual salario» (The end of laissez faire”, 1991 pág. 85)

Continuará …


Antonio Lettieri. Editor of Insight and President of CISS - Center for International Social Studies (Roma). He was National Secretary of CGIL; Member of ILO Governing Body, Member of the OECD's Trade Union Advisory Council and Advisor of Labor Minister for European Affairs.(a.lettieri@insightweb.it)-http://antoniolettieriinsight.blogspot.it/

Artículo tomado de INSIGTH
Traducción de José Luis López Bulla (Parapanda, 20.1.2014)

Política e instituciones en la crisis del sindicato