viernes. 24.05.2024

A las cuatro y media de la madrugada, Javier apaga el despertador, se levanta, se ducha, desayuna, se prepara el bocadillo y sale a la calle. Una bocanada de aire frío le entra directamente a los pulmones mientras se dirige a la parada del autobús que le llevará al trabajo. Minutos más tarde éste aparece, primero como una luz lejana y luego como una realidad contundente, el autobús que le llevará hasta las cocheras.

Saluda al compañero que conduce, y se compadece porque seguramente se ha levantado antes que él. Al entrar saluda también a un puñado de compañeros que casi dormitan en silencio, en la penumbra del vehículo, que se desplaza con cierta velocidad, arañando unos minutillos al comienzo de una dura jornada de trabajo.

Javier es conductor de autobuses urbanos en Pamplona y su comarca. Las cariñosamente denominadas “villavesas”. Hace una década que comenzó, y sin cambiar de trabajo cambió cuatro veces de jefes. Es que el servicio que prestaban entre una cooperativa y una S.A.L. pasó a unificarse bajo la propiedad de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona, quien a su vez llama a concurso para su explotación.

A partir de entonces, entre “ofertas temerarias” y venta de las compañías concesionarias, los distintos encargados de pagarle su nómina a regañadientes, decían que la concesión era inviable económicamente.

La MCP; órgano político en lugar de atajar el problema, en ocasiones miraba para otro lado y en otras se miraba el ombligo. El discurso del plan de movilidad sostenible era políticamente correcto. Y de una cosa tan sencilla que es llevar a la gente de Pamplona y su comarca a sus trabajos, sus centros de estudios, sus centros médicos, sus sitios de ocio y esparcimiento, lo complicaron a través de una telaraña burocrática, donde muchos “iluminatis” sin bajar desde su Olimpo, rigen el destino de una inmensa mayoría, que los sufre en silencio, como si se tratara de hemorroides.

El autobús llegó a cocheras. La algarabía del centro de trabajo contrastaba con el silencio que minutos antes se respiraba en el autobús. Todos tenían cosas que contar. En un trabajo que se realiza de forma individual, se echa en falta el diálogo entre compañeros, por eso los escasos momentos entre que confirma su llegada ante el inspector de turno, y hasta que se sube al autobús asignado, echa el dinero de la recaudación anterior en la máquina, y se toma un café compartiendo el único escaso tiempo con los otros conductores, que explican sus experiencias. Como hoy le tocó una de las líneas “malas” aprovecha para ir al servicio, ya que el día anterior casi le revienta la vejiga. Han ajustado el tiempo de expedición al máximo; por lo que cuando llega a las cabeceras, tiene que salir sin un respiro a realizar la expedición en sentido contrario. 

Por fin sube al autobús que le han asignado. ”Espero que le hayan arreglado la calefacción” piensa, ya que el día anterior casi se le congelan los pies. Cuando lo enciende, el panel de control parece un árbol de navidad. Testigos encendidos de falta de anticongelante, desgaste de pastillas de freno, ABS, EBS, etc. La pantalla de SAE está apagada, por lo que decide llamar por la emisora. Como a esa hora los casi cien conductores que comienzan el servicio tienen problemas similares, la emisora se encuentra colapsada, por lo que decide emprender viaje, y comunicar más adelante esos fallos, que son habituales.

Llega a la cabecera con el tiempo justo, ya que si llega antes se vería obligado a apagar el autobús, y eso conllevaría correr el riesgo de que después no arranque.

-Buenos días-le dice al primer pasajero, que se encontraba en la marquesina esperando.
-Tu compañero me vio que venía corriendo y no me esperó-contesta el viajero enfadado.
-Es que hay unos horarios- responde Javier tratando de justificar a su compañero.
-¡Serán cuando os conviene!-replicó el individuo gritando-El otro día estuve casi media hora esperando el autobús y no pasaba. Llegué tarde al trabajo.

Javier recordó que hace un par de días se averió un autobús y el tiempo de espera se duplicó. Cada vez se averiaban los autobuses con más frecuencia, y las quejas de los usuarios iban directamente dirigidas a ellos, los conductores que poco podían hacer para evitar tales averías.

Cuando comprobó que, a pesar de que la temperatura del motor estaba a 80º, la calefacción no funcionaba, decidió llamar por la emisora. -Adelante- escucha, y le cuenta todo lo que debió de haberle dicho antes de salir al servicio.

-¿Y ahora te has dado cuenta?-contesta el inspector desde la base.
-Me di cuenta desde hace días, pero a pesar de las notas de taller, este autobús continúa igual.
-Deja otra nota-le contesta un agobiado inspector, al que se le multiplican los problemas similares al de Javier.

En una parada se encuentra un cliente en silla de ruedas. Javier arrima el autobús a la acera, lo mejor posible, debido a que se encuentra un vehículo mal aparcado, haciendo imposible entrar a la parada. Se dispone a sacar la rampa, pero cuando comienza a salir, se vuelve a meter. Prueba dos veces más, se baja del autobús y “ayuda” con la mano, pero la rampa vuelve a meterse. Le explica al usuario que no funciona y avisa por la emisora. Le contestan que le diga al usuario que están tratando de solucionar el problema, y que en breve llegará un vehículo para llevarle. El minusválido se resigna y dice que ya esperará el siguiente como suele ocurrir siempre. “¡Pobre!” piensa Javier, otro cliente que tuvo un problema similar montó un escándalo que le dejó mal temple durante toda la jornada.

Helado de frío, con retraso debido al incidente con la silla de ruedas y un público cabreado por las consecuencias de dicho retraso, Javier recordó que el domingo pasado habían publicado en el Diario de Navarra, una nota de la gerencia de la empresa concesionaria, diciendo que ganaba seis mil euros más que los que se regían por el convenio del transporte. Justificando que le quisieran bajar el sueldo, quitar la paga extra y aumentarle la jornada de trabajo.

Además en el mismo ejemplar hacía alusión al déficit que soportaba la MCP con respecto a las “villavesas”, dando lugar a interpretar que el déficit sería porque tanto él como sus compañeros ganaban “demasiado”.

Una cosa era que MCP hubiese derrochado en gastos a la hora de comprar equipos sofisticados como el SAE, que no terminaban de funcionar bien, y en pagar el doble o el triple de su salario a “técnicos” que estudiaban eternamente el cambio de itinerarios, tiempos de expedición, frecuencias, recorridos, etc… Y que, al hacerlo, sin tener en cuenta la opinión de la gente de la calle, lo hacían mal. Como consecuencia, el servicio cada vez perdía más clientes, con lo que el déficit aumentaba.

Pero eso no tenía nada que ver con su nómina. A él le pagaba la empresa concesionaria, no la MCP. Y la empresa concesionaria, cuando se presentó a concurso, se comprometió a subrogar la plantilla de trabajadores, con las condiciones de ese entonces. Esta empresa, que es un grupo catalán presentó una oferta “temeraria” con el fin de obtener la concesión, frente a sus competidores que habían conseguido mejores condiciones por parte de MCP, al ponerse de acuerdo y no presentarse la primera convocatoria. Al quedar desierta MCP mejoró las condiciones, pero TCC (que así se llama la actual concesionaria) ofreció una oferta más baja que la de la primer convocatoria. Cualquier persona con el mínimo sentido común podría haber supuesto que no tardarían mucho en tener problemas económicos.

Fue solo cuestión de tiempo que TCC solicitara a MCP el equilibrio económico que todo el mundo esperaba. MCP le “perdonó” parte de la sanción correspondiente al compromiso de viajeros. Se habían perdido casi cuatro millones de viajeros y eso suponía muchísimo dinero. Pero TCC no consideró esta medida suficiente, ya que como cualquier empresa privada que gestiona un servicio público, su objetivo es ganar dinero. Así que aprovechando la reforma laboral, intentó aplicar la misma y sacar de los trabajadores la diferencia económica que le permitió ganar la concesión con una oferta inexplicable.

Javier recordó que cuando él entró a trabajar un billete costaba 0,78€. Para 2014 habían anunciado que costaría 1,35€, casi el doble, mientras que su sueldo escasamente había subido al ritmo del IPC, lo que significaba una evidente pérdida de poder adquisitivo. Sin tener en cuenta, que la mujer de Javier hace dos años quedó sin empleo y no ha podido conseguir otro. Que la prestación por desempleo se le acabó y no le corresponde prórroga debido a que el servicio nacional de empleo, considera que Javier gana suficiente para mantener su hogar. Que sus hijos han crecido y ya tienen que pagar transporte para ir a sus centros de enseñanza. Que el mayor va a empezar la universidad y las tasas se dispararon. Que el IVA de todo, ha subido, repercutiendo en su economía.

Que aún así sigue pagando su hipoteca, aunque ya hace años que no sale de vacaciones. Que a diferencia de los trabajadores “normales” incluidos los del sector del transporte, de los que dicen ganan seis mil euros (brutos, o sea antes de que le descuenten todo lo que les descuentan) menos él, que tiene que trabajar dos fines de semana por mes. Dos fines de semana que los directivos de su empresa, los de MCP y todos los que consideran que gana demasiado, los aprovechan para compartir con su familia, amigos o lo que se les da la gana. Javier sabe que la vida tiene sentido de ida nada más. Que esos fines de semana que su familia no podía disfrutar con él del tiempo libre son irrecuperables. Por eso le molesta que le comparen con otros trabajadores que, además de poder compartir su tiempo libre con los que quieran, no sufren las consecuencias del deterioro de un servicio público, por el que tiene que dar la cara, porque los verdaderos responsables se esconden bajo sus acomodados puestos.

Es hora valle. Como ha podido, fue ganándole tiempo al tiempo y ya no va con retraso; es más, ahora le sobran un par de minutos en una cabecera que se dedica a zamparse el bocadillo. Antes iba a un bar y se comía un pincho, pero ahora aunque le toque una línea “menos mala” su economía no le permite comer ese pincho. Escasamente pide un café cuando tiene que ir al servicio de un bar, ya que MCP todavía está considerando la posibilidad de poner urinarios en las cabeceras. Una cosa tan simple, que se usa en fiestas de pueblos, en San Fermín y que no tardarían más que horas en colocarlos se lo siguen pensando.

Mientras, haber estado tres años saliendo y llegando el servicio a unas segundas cocheras en Orikain, con el gasto inútil que supusieron. Añadiendo las dificultades técnicas y la molestia originada al descentralizar un centro de trabajo, les pareció de lo más normal.

Mientras se le pasan estas cosas por la cabeza recibe un whats up con el calendario de movilizaciones. Cuando lo lee no puede evitar pensar en los tiempos que se avecinan. Cada día que trabaja la empresa le paga menos de lo que le descuentan por cada día de paro. La presión económica es fuerte. Pero sabe que el deterioro constante de sus derechos, de su poder adquisitivo, de lo que hace que cada vez que suena el despertador saque fuerzas para enfrentarse al día a día… depende en definitiva, de plantarles cara y que sepan que esta empresa, este servicio, se hace gracias a que gente como él está ahí.   

Un día cualquiera