jueves 19.09.2019

Zweig, autor prolífico que sucumbió por temor al nazismo

Se cumplen setenta y cinco años del suicidio de uno de los grandes intelectuales y activistas del siglo XX.

La última declaración de Stefan Zweig
La última declaración de Stefan Zweig

Decir Stefan Zweig es citar la ética y el humanismo en una Europa atacada por régimenes dictatoriales y por la pérdida de la razón y la ilustración. La claridad de su escritura (gracias también a sus traductores puesto que no lo he leído en original) nos abre caminos para entender las complejidades de un mundo tormentoso.

Se cumplen setenta y cinco años del suicidio de uno de los grandes intelectuales y activistas del siglo XX. El autor austríaco se quitó la vida, junto a su esposa Lotte, el 22 de febrero de 1942 en la ciudad brasileña de Petrópolis, donde se habían refugiado, ingiriendo un veneno. Dicen que el temor a que los nazis le pudieran encontrar motivó su muerte, pero creo que fue un último acto de esa libertad que tanto amó y por la que luchó.

Poeta, autor teatral, novelista, historiador y ensayista, sus obras tienen mucho de investigación histórica y tanto o más de análisis de sus personajes. Para mí, es uno de los grandes narradores que junta en sus libros el contexto histórico con la intimidad de los protagonistas. De entre su vasta producción destacaría tres obras por encima del resto: Catorce miniaturas históricasCorrespondencia Erasmo.

En la primera de ellas describe, con sencillez y profundidad, un número de hechos mínimos que cambiaron el rumbo de la historia. Desde la muerte de Marco Tulio Cicerón, el principal humanista del Imperio romano, hasta el fracaso de Woodrow Wilson para alcanzar la paz mundial pasando por Napoleón, El Dorado, el Polo Sur o Lenin.

En Correspondencia, recopilación de treinta y cinco años de epístolas cruzadas por Zweig con Hermann Hesse, encontramos a dos grandes y serios autores que se abren el uno al otro para confesarse su respeto, sus deseos, sus virtudes y defectos. Zweig admite que “como poeta no me tengo en muy alta estima, y es ésa la razón por la que no dudo jamás en considerarme un ser totalmente superfluo para el mundo”; y Hesse reconoce que “Aunque no suelo escribir cartas, siempre contará con mi gratitud por cualquier saludo amistoso o cualquier forma de acercamiento personal, y en algunas ocasiones también compartiré con usted, con sumo gusto, alguna pena o alegría.” La editorial española Acantilado dice de este epistolario “A través de estas cartas, el lector asistirá a la construcción de un pensamiento común entre estos dos grandes autores, comprometidos con la inequívoca defensa de la razón, del bien y de la humanidad en una época turbulenta, confirmando que no hay estética que pueda existir sin el armazón de un pensamiento ético que la sustente”.

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Portada del libro de S. Zweig sobre Erasmo

Y pienso que eso era principalmente Stefan Zweig, un autor ético y comprometido. En la tercera de las obras que resalto, su relato sobre la vida de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), se juntan la ética del autor y el humanismo del holandés. El resultado, una brillante obra que compendia, como dice el subtítulo, el triunfo y la tragedia de un humanista. Ambos eran, con más de cuatro siglos de distancia, europeístas convencidos y sus reflexiones deberían acompañar las clases en los departamentos de humanidades de las universidades del mundo. De hecho, yo he hecho uso de sus páginas para poner a pensar a mis estudiantes en el seminario “Discusiones de frontera”. Porque Zweig rompe esas barreras, defiende la no violencia y promueve una mirada holística sobre el mundo, una apuesta por el respeto, la solidaridad y la comprensión del otro (a). Es decir, simple y llanamente, ÉTICA.

Pese a ser judío, no era un practicante confeso ni ritual. De hecho, escribió que “aquellos que anuncian que luchan a favor de dios son siempre los hombres menos pacíficos de la Tierra. Como creen percibir mensajes celestiales, tienen sordos los oídos para toda palabra de humanidad.”

En la nota que dejó, y que salió a la luz en 2012 publicada por la Biblioteca Nacional de Israel, con el título en portugués “Declaraçao” y escrita en alemán declara:

“Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma.

Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria. De esta manera considero lo mejor concluir a tiempo y con integridad una vida cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

Petrópolis, 22 de febrero de 1942.”

Erasmo, según Zweig, “amó el conjunto de la humanidad, para el logro de una más alta civilización. Y sólo una cosa odió de verdad sobre la tierra, como antagónica de la razón: el fanatismo.” Una frase para enmarcar y poner en práctica en este convulso mundo que remataba con una afirmación contundente “odiaba a todos los obstinados y monoideístas, ya aparecieran en hábitos sacerdotales o con togas académicas, a los que llevaban anteojeras en el pensamiento y a los fanáticos de toda clase y raza, que en todas partes exigen una obediencia de cadáver para sus propias opiniones, y a toda otra concepción la llaman despectivamente herejía o bribonería.”

Zweig, como Erasmo, era un cosmopolita y europeo consciente. Ambos eran humanistas convencidos y comprometidos, defensores de la tolerancia y enemigos de los fanatismos. Merece la pena recordar al primero leyendo sus obras, entre otras la dedicada al filósofo de Rotterdam

Zweig, autor prolífico que sucumbió por temor al nazismo
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