miércoles. 22.05.2024
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Castillos de fuego es la decimosexta novela del escritor español Ignacio Martínez de Pisón y vuelve a ser una prodigiosa obra de arte literario. El autor de la también brillantísima Derecho natural (una de las mejores novelas españolas de lo que va de siglo, categoría a la que llega ahora también Castillos de fuego, siempre a mi entender) lo ha vuelto a conseguir: escribir un portentoso edificio novelesco, esta vez de unas 700 páginas, a partir de los retales que la verdad desprende de esos momentos de realidad en los que vivimos cuando no leemos.

Cristina le dice en la novela a su hermano Eloy, ambos personajes principalísimos del libro de Martínez de Pisón:

“A veces pienso que no estamos viviendo la vida que nos corresponde, que esa vida no está donde tiene que estar, sino en otro sitio. Quién sabe”.

Bastante y excelente realismo literario, del que se agradece, y mucho, pero también esto, la sabiduría narrativa de un cuentista de primera:

“Los niños aplaudían entusiasmados. Los de la reunión clandestina, que se habían mezclado con la fiesta, lo miraban sonrientes. Abel levantó en brazos a su hija vestida de novia diminuta para que no se perdiera el espectáculo. El globo flotaba majestuoso entre ese edificio y el de enfrente, y, a la luz del mediodía, su sombra se dibujaba con nitidez sobre el adoquinado. Cuando parecía que perdía altura y estaba a punto de caer sobre chimeneas o balcones, remontaba el vuelo con inesperada ligereza. Era de un color naranja muy vivo, casi amarillo, y recordaba las ilustraciones de medusas en los libros de ciencias naturales. Una ráfaga de viento lo impulsó de golpe hacia arriba y, tras un momento de inmovilidad, otra ráfaga hizo lo mismo con más fuerza. Ahora, más cerca del cielo que del suelo, lo que todos veían no eran ya casas sino nubes. El globo se alejaba definitivamente y para siempre. Aquello era sin duda la metáfora de algo, pero nadie sabía de qué”.

Estamos en el Madrid de la posguerra. La Guerra Civil ha terminado hace pocos meses. El libro irá avanzando —en su madeja de personajes y vivencias a menudo terribles, casi siempre sencillamente angustiosas, desgarradas— hasta mediados del mes de septiembre de 1945. Franco y la coalición (ya autodisuelta) que le ha llevado al poder dominan férreamente un país empobrecido, lúgubre, repleto de auténticos derrotados a los que los administradores de la Victoria empequeñecen o aniquilan una y otra vez.

“El Manzanares, que en pleno verano era cualquier cosa menos un río: una retorcida alfombra de humedad sobre un lecho de fango”.

¡Qué gusto da leer ficciones en las que viven seres humanos de los de verdad, más ciertos que los que creemos reconocer en la neblinosa realidad del acontecer diario, ajeno al arte casi hasta desdeñoso de él!

“Cristina estaba exhausta, pero de buen humor, como un atleta tras una carrera”.

La propia Cristina le dice a un camarada:

“Nuestro enemigo se llama Franco. Francisco Franco. Que te quede claro. Franco fusiló a mi hermano y fusilará a Quiñones. Franco nos fusilaría ahora mismo a ti y a mí solo por decir lo que estamos diciendo. ¿No ha fusilado a nadie de tu familia? ¿No ha mandado a ninguno a batallones de trabajo, a campos de concentración, a la cárcel? ¿No ha tenido que escapar ninguno de España? Cuando tengas dudas, cuando no sepas qué pensar, piensa en ellos y sabrás por qué estamos haciendo esto”.

Y también:

“Palabras como alegría, felicidad, esperanza, futuro. ¿Cuánto hace que no usamos palabras así?”

Alegría, felicidad, esperanza, futuro. Es esta una novela donde la alegría es una ingenua risa que es incapaz de vislumbrar la felicidad en un mundo sin esperanza en el que el futuro solo les pertenece a quienes se rinden o ya han ganado. Ya han ganado una guerra y tiemblan poderosos sobre las ruinas.

Cuando la propia Cristina le dice al policía que la acosa “no puedo enterrar a los míos”, para luego preguntarle “¿también está prohibido recordarlos?”, aquél le contesta:

“Yo sólo digo que las cosas son como son, no como a usted le gustaría”.

Personajes como Eloy, como Basilio, representan a la República derrotada, a la que luchó por la revolución, el uno, y a la que vio perpleja cómo sus ideales eran considerados peligrosos y punibles, siendo como eran humanistas y moderados, el otro.

Martínez de Pisón (uno de los reyes de lo que yo llamo Gran Escuela de la Literatura Amable) me ha trasladado magistralmente a un mundo desaparecido del cual cuanto sabemos o creemos saber es que aquellos humanos desdichados o embrutecidos por el odio habitaban una realidad comprensible, con la que, afortunadamente, poco tenemos que ver. Pero es ese poco el que el gran escritor nos acerca con una delicada sabiduría artística que nos hace creer por un momento que todo aquello no pudo ser de otra manera, que todo cuanto se nos cuenta es la breve iluminación que nuestros más recientes antepasados fueron incapaces de apagar tras su muerte.

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Un mundo desaparecido en el que, como en la novela, se escuchaban y se cantaban la copla Rocío; por supuesto, el Cara al Sol; otra copla: Ojos verdes; la jota Huertanica de mi vida, mira si yo te querré, de la zarzuela La alegría de la huerta; ¡Ay ba!, de otra zarzuela, La corte del faraón; la mundialmente famosa y cubana El manisero; el charlestón Al Uruguay; el tango Mi Buenos Aires querido; el cuplé Si vas a París, papá; A la lima y al limón, que interpretaba Concha Piquer (todavía Conchita, de aquélla); un clásico de la Guerra Civil: Si me quieres escribir, cantado en la novela por unos guerrilleros/maquis/emboscados/huidos, que también entonan ¡Ay Carmela! (tres veces la entonan); otro tango, el titulado Por una cabeza, que un pastorcillo toca con su armónica portuguesa; el himno de la Guardia Civil, cantado por unos guardias acampados; la versión antifranquista de otro himno, el de Riego, cantada por aquellos guerrilleros… Hasta que suena, majestuoso, en un hogar, el modernísimo In the mood, de Glenn Miller; y luego, ya acabando el libro, el borrachín que canta (mal) La parrala, el policía que hace lo propio con Baixant de la Font del Gat y su compañero que se defiende como puede con la Granada de Agustín Lara.

Un mundo desaparecido en el que realmente existieron algunos de los personajes de Castillo de fuego: por supuesto el propio Franco, que aparece en alguna ocasión, su cuñadísimo Serrano Suñer, pero de una manera más digamos protagónica, hasta los escuchamos, entre el elenco de la novela destacan hoy Guillermo Ascanio, Heriberto Quiñones, especialmente él, quien le cuenta a otro comunista clandestino que “este es un país ocupado por su propio ejército, no hay un palmo de terreno que no esté bajo control de los militares, no hay un instante del día en el que uno no se sienta vigilado, pero la ocupación va aún más allá, porque llega hasta lo más íntimo de tu ser, así, si quieres vivir, si quieres tener algún derecho, tienes que volverte como ellos, convertirte en un colaboracionista, en un carcelero, en un chivato, en un traidor”; el poeta y destacado falangista Dionisio Ridruejo, el ministros José Arrese, también dirigente de Falange, y Gabriel León Trilla, Jesús Monzón y Pilar Soler, comunistas venidos de Francia para intentar organizar la resistencia imposible contra la maquinaria fascistoide, autoritaria, con pretensiones totalitarias, de la dictadura franquista.

Si se quería tener algún derecho en aquella España recién salida de la guerra, había que pertenecer al entramado gobernado con mano de hierro por el general Francisco Franco. Castillos de fuego.

Me gustaría saber cómo consigue Ignacio Martínez de Pisón trasladarnos la sensación auténtica de estar escuchando a aquella gente de aquellos tiempos, de cuando mis abuelos en mi caso, de los tiempos de los padres de mis abuelos también, un poco el de mis padres de críos. Aquellas gentes con su peculiar humor ya periclitado, con su forma de tratarse, de reñirse, de insinuarse los unos a los otros, de entretenerse, de divertirse, de intentar postergar la incertidumbre. Aquellas gentes con su habla, con sus sensaciones, con sus maneras a menudo extinguidas, siempre tan parecidas a las nuestras. Y tan distintas. Quiero saber eso. Y se lo pregunto a él mientras conversamos brevemente sobre su literatura, y, sobre todo, sobre Castillos de fuego.

“Con el habla de los personajes estaba claro que había que evitar el riesgo de los anacronismos, pero tampoco he querido hacer arqueología lingüística, empleando un léxico de la época que ahora podría resultar incomprensible o ajeno. La solución la encontré en mi infancia, en el habla de mis tíos y tías de Logroño, un habla que recuerdo cargada de matices y sobreentendidos. Estoy hablando de los años sesenta, que al fin y al cabo no estaban tan lejos de los cuarenta”.

Para el autor de Fin de temporada, de Dientes de leche, lo mejor que se puede hacer con la literatura y la realidad es convertir a aquélla en “una herramienta tan válida como cualquier otra para explorar la realidad”, de manera que “entre ellas acabe estableciéndose una relación de intimidad extrema, como si fueran amantes”; porque para él la Historia, eso que escriben los historiadores, no es sino, “en primer lugar, una fuente de inspiración portentosa y, en segundo, la clave que explica por qué somos lo que somos como sociedad”.

Me quedo con las ganas de saber cuál es el personaje favorito, su posible protagonista, de Castillos de fuego para su autor, aunque él, tímidamente me dice al oído:

“Tú mismo has destacado una de las frases favoritas de uno de mis personajes favoritos, la frase que pronuncia Cristina acerca de la vida que le ha tocado vivir y que podría no ser la vida que le corresponde. Cristina, tan antidogmática, puede que sea el personaje con el que más fácilmente nos identificamos”.

La vida que nos corresponde no suele estar donde tiene que estar. La de los seres humanos que habitan Castillos de fuego sí. Esas vidas están en mi memoria gracias a la imaginación de Ignacio Martínez de Pisón.

La vida en otro sitio: Martínez de Pisón y sus castillos de fuego