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martes 24/5/22
LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

Vicente Valero, un ejercicio contra el olvido

Por Emma Rodríguez | Vicente Valero, poeta, biógrafo de Walter Benjamin y cultivador de libros de reflexión y de crónica viajera, debuta en la narrativa con “Los extraños”.

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Fotografía por Karina Beltrán © 2014

lecturassumergidas.com | @lecturass | Emma Rodríguez | Vicente Valero, poeta, biógrafo de Walter Benjamin y cultivador de libros de reflexión y de crónica viajera, debuta en la narrativa con “Los extraños” (Periférica), una entrega en la que, en cierto modo, como él mismo reconoce, confluyen todas sus corrientes creativas: el flujo intimista de sus versos, la vertiente investigadora de quien persigue las huellas dejadas por otros sobre el mapa del ayer, la irresistible atracción por los tránsitos, por la imprevisibilidad de los destinos. En este libro el autor sigue el rastro de cuatro de sus antepasados, cuatro personajes enigmáticos de los que oía hablar en su niñez y de los que quiso saber más para entender sus raíces y para percibir cuánto de ellos había en él: en el color de los ojos, en la amplitud de la sonrisa; en el gusto por la lectura; en los múltiples matices que forjan un carácter.

Recogiendo, como si fueran flores del campo, los recuerdos desparramados tanto en los valles más cercanos como en las lejanías, Valero (Ibiza, 1963) forja un bellísimo ramo hecho de querencias y de pérdidas, un ramo impregnado de cierta nostalgia, la nostalgia de lo no vivido; pero también de la frescura de lo que emerge, de lo que brota renovado. “Los extraños” podría leerse como cuatro episodios independientes, pero todos forman parte de la misma gavilla y juntos le otorgan un peso, un equilibrio que quedaría roto si faltara uno solo de ellos. El militar trasladado a África, donde coincidiría con Antoine de Saint-Exupéry; el ajedrecista profesional, de quien siempre ha conservado un pequeño tablero plegable de madera; el artista homosexual, que hubo de abandonar la isla para ser quien realmente quería ser, y el comandante republicano, hacia el que tanta admiración le transmitió su padre, son los protagonistas de una entrega que mezcla espléndidamente biografía y fabulación y que se convierte en un saludable ejercicio contra la desmemoria, un mal que no sólo ha afectado a la interpretación de la historia reciente sino al propio devenir de muchas familias.

“Porque es para no olvidar para lo que he venido hasta aquí, hasta estos paisajes que podríamos llamar también de la memoria y en los que miles de exiliados españoles vivieron y murieron, siempre con la esperanza de poder volver un día a su país, a su ciudad, a su pueblo, volver a ser lo que fueron y tuvieron que dejar de ser para siempre…”, escribe Vicente Valero en la última de las narraciones, que resultaespecialmente esclarecedora y emotiva. Es imposible no conmoverse ante el viaje que emprende el autor tras los pasos, tras las cicatrices, de ese peculiar comandante de la II República – tío de su padre-, que antes de la guerra practicaba yoga, era vegetariano, amante de la teosofía y lector de Schopenhauer, y que, posteriormente, hubo de padecer “toda suerte de calamidades en los campos franceses de refugiados, después de haber sufrido la indiferencia, el desprecio por todo lo que para él había sido noble y sagrado, y finalmente el olvido”.

Esa narración evocadora, capaz de decirlo todo, de contar una vida y al mismo tiempo de abrir las heridas del pasado y de llevar al lector a reflexionar sobre el peligro de quienes en nombre del orden -ayer y hoy- pueden llegar a estrangular “las ideas y el pensamiento libre”, cierra el libro y le da su más alto sentido. Perotampoco se sale indemne de las anteriores historias; tal vez porque derrochan autenticidad; tal vez por la mirada cercana, cómplice, que planea sobre todas ellas; tal vez por el acierto de un estilo sencillo, contenido, diáfano, que logra encontrar las palabras, los matices de emoción justos, a la hora de profundizar en lo sabido y en lo intuido, en las contradicciones de los personajes, en sus logros y en sus derrotas.

- ¿Te planteaste desde un primer momento “Los extraños” como un ejercicio contra el olvido? ¿Sentiste la necesidad de ser el depositario de un legado?

- Si. Eso fue lo que me propuse desde un principio, escribir un libro donde depositar la memoria de mis antepasados, consciente de que nadie más podía atesorar ya los recuerdos sobre ellos, de que todos acabarían desapareciendo conmigo. Sucede así con todas las familias. Con cada generación las imágenes del pasado se van diluyendo. Yo tengo un hijo, pero él recordará lo que yo sea capaz de contarle, de transmitirle, como yo conservo las palabras de mi padre y él las del suyo. Los personajes de los que hablo son los desaparecidos de mis progenitores y yo soy el heredero de sus historias. Ese fue el planteamiento que me llevó a bucear en sus biografías, biografías que yo tenía idealizadas desde la infancia, porque me había llegado la admiración que cada uno de ellos había despertado en los miembros de la familia que permanecieron en la isla. Una admiración que estaba incluso por encima de sus posibles extravagancias o del desacuerdo en asuntos políticos, ideológicos. Cuando me puse a trabajar en esos perfiles fui consciente de que había más ausencias que presencias, de que tenía que llenar los silencios, dar sentido a los fragmentos sueltos.

- Aunque los relatos parten de lo personal e indagan en la memoria familiar, acaban teniendo un alcance colectivo. Por un lado, la complicidad es inevitable. ¿Quién no ha tenido extraños en su familia, seres que ha conocido de oídas, rodeados de un cierto halo de misterio? Y, por otra parte: A través de estos personajes se cuela la Historia de España. Es especialmente significativo el último, el del comandante republicano Ramón Chico, ese tío tan admirado por tu padre, que acabó exiliado en un pequeño pueblo del suroeste francés.

- No fue esa mi intención, pero era inevitable. No podía contar esa historia sin hablar de la Guerra Civil, de los vencidos de la contienda. El franquismo nos voló esa memoria, ejerció un poder contra ella. Y ahí está también la memoria personal de las familias que han aceptado el olvido, que han aceptado vivir de espaldas a ciertos acontecimientos, sepultándolos en el pasado, alejándolos de la realidad. ¿Cuántas familias no llegaron a abandonar, incluso a traicionar, a los de su propia sangre durante la guerra? Yo creo que todavía no nos hemos reconciliado con ese pasado y que esa reconciliación no debe producirse por decreto, sino que deben ser las propias familias las que busquen y recuperen su memoria. Tenemos que poder hablar de nuestros extraños, aceptarlos como eran en nuestra propia historia y en nuestro propio mundo...

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