martes 30/11/21
battiatio

Supongo que por homenaje y justicia tendrán que rotularla a partir de ahora así, tal cual, en luminosos indicadores de estrellas para que cuando los ricachones viajen por ella en sus naves espaciales con su misticismo materialista -valga la paradoja- buscando de todo menos a ellos mismos los vean y sepan que en la Tierra hubo hombres que tenían cartografiado el universo entero en la música del corazón, en la poesía de la piel y lo cantaban y lo pregonaban como juglares cósmicos. No eran apátridas resentidos ni negacionistas misántropos ni dogmáticos furibundos. Eran buscadores sincréticos, sencillos por hondura, ermitaños populares que requerían una presencia para entender mejor su esencia, y de Sicilia, por ejemplo. Ya son leyenda. Hubo hombres que esbozaban una sonrisa tierna y tolerante pero amarga frente a las fiebres identitarias y los nacionalismos fatuos y egoístas, histéricos más que históricos, porque pensaban que éramos provincianos de la Osa Menor, catetos de Orión, paletos de Plutón. Y lo cantaban y lo pregonaban porque en esa insignificancia intrínseca estribaba nuestra grandeza universal. Somos seres a un paso de la muerte y a dos del amor. Hubo hombres que se explicaban a sí mismos en una canción. La dimensión del espacio era insuficiente porque nunca nos conformamos con el que ocupamos. Había que colonizarse, por tanto, por dentro. La dimensión del tiempo era una alucinación engañosa con apariencia de artilugio, ora corre a tu favor, ora en tu contra. De ahí que el tiempo haya que volver a inventarlo de continuo dentro de su propio invento. Y la dimensión de la memoria era una presunción traidora porque la puedes perder antes de morir y no saber ya cuál es tu espacio y tu tiempo, el olvido es la galaxia más inhóspita. Por eso hubo hombres que se movían por el espacio sideral y por el tiempo sideral y la memoria interestelar que nunca desaparece, y lo hicieron con el prodigio terreno y cotidiano de no salir de una habitación, tan sólo creando, y dejaron el cohete aparcado en Cabo Cañaveral junto a un junco frágil pero flexible que moverá siempre el viento.

Hubo hombres… Ya son leyenda. Y los viejos caminos llevan ya sus nombres: Vía Láctea o de Franco Battiato.

Vía Láctea o de Franco Battiato