martes 07.04.2020

Viajando a las fronteras insólitas de España con Del Molino

Viajando a las fronteras insólitas de España con Del Molino

Escrito por Sergio del Molino, el libro Lugares fuera de sitio (viaje a las fronteras insólitas de España) fue galardonado en 2018 con el XXXV Premio Espasa. El jurado, que actuó por unanimidad, evidenció que se trata de una obra que cuestiona la "arbitrariedad de cualquier frontera".

Lugares fuera de sitio es un libro de viajes. Eso resulta obvio: aunque no pretenda serlo, lo es (“invito al lector a un viaje, aunque esto no sea, estrictamente, un libro de viajes”). Un excelente libro de viajes. Es también un libro de Historia (“lo importante no es el pasado, sino la forma en que las sociedades del presente manejan la herencia y la convierten en un instrumento de convivencia y progreso”). Pese a que se resiste a considerarse a sí mismo eso, acaba por dar en serlo: un libro escrito con el oficio de los historiadores que resulta ser bastante bueno (“la historia [el pasado] es un baúl que cada cual carga de razones al gusto de sus prejuicios” y “tiene un daltonismo peculiar que consiste en no percibir las gamas de gris”). Y es además y sobre todo una ejemplar lección de democracia, porque es un ensayo moral y político de primer orden disfrazado de muchas cosas de apariencia falsamente diletante (“concibo España como un instrumento de convivencia”).

lugares-fuera-de-sitio-sergio-del-molino-cubiertalibroUn ensayo español

Me resultó especialmente interesante una reflexión sobre el pasado que explica la Historia hecha por el filólogo melillense Jahfar Hassan Yahia, quien afirma que de la historia (del pasado) “nadie es culpable”.

Es Lugares fuera de sitio una obra que explica lo que España es (¿de qué me suena a mí esto?) tomando como motor narrativo los pliegues extraños (la expresión es mía, no es muy buena, pero no he encontrado otra mejor… que sea mía) del territorio español. Los “lugares fuera de sitio” que titulan la obra y la vertebran, por los que el autor siente fascinación y cree “que merecen ser preservados con el mismo cariño que una especie en peligro de extinción o que una cultura indígena”. O que la letra hache.

“Contra la visión de los nacionalismos de periferia —catalán, vasco, gallego, etcétera—, España no sería en esta historia una madrastrona empeñada en retener a sus hijos contra su voluntad, sin dejarles ser libres e independientes, sino una madre descuidada y desdeñosa que no presta atención a unos hijos que desean ser parte de la casa y encontrar un sitio en ella”.

Cuando quiere literaturizar su discurso historiográfico, Del Molino (que, según afirma, “como todo español de izquierdas despert(ó) a la conciencia política sintiendo(s)e derrotado”) elige, no obstante, el camino más sencillo, a mi modo de ver erróneo, salvo que, ya digo, se entienda la historia como algo inalcanzable para la disciplina con pretensiones de verdad que es la Historia de los historiadores:

“Pienso que la historia de España puede contarse tanto como un relato de terror y opresión, siguiendo la leyenda negra, como la lucha de muchas generaciones de españoles por combatir ese terror y esa opresión. Es un problema estrictamente narrativo, de elección de punto de vista”.

Un narrador elige el punto de vista de lo que va a narrar porque ha decidido que lo que quiere contar no puede ser abarcable desde el auténtico conocimiento del pasado, sino desde las explicaciones propias de la invención literaria, nunca a partir de la búsqueda de la certeza indagatoria de la literatura histórica. Buscarle un sentido a la historia, al pasado que ha llevado hasta este hoy en el que escribimos Del Molino y yo, no tiene sentido. Pero se agradece el talento y el esfuerzo del autor de este libro porque sus reflexiones, la recién citada, por ejemplo, son materia de primer orden para cualquier historiador de España que se precie.

De hecho, él mismo, más adelante, admite que todos los países son “fruto de una historia atrabiliaria, absurda, irracional y ridícula”. Porque, efectivamente, en esto de la Historia, en esto del conocimiento histórico, pero también en esto de comprender la realidad, “lo importante no es el pasado, sino la forma en que las sociedades del presente manejan la herencia y la convierten en un instrumento de convivencia y progreso”:

“Sólo un idiota o un fanático patriotero puede ver una conexión entre el aquí y el ahora y el dormitorio de Felipe II o el trono de Luis XIV”.

Lugares fuera de sitio es un ensayo, por supuesto, un ensayo donde Del Molino exhibe con una excelente calidad literaria sus pareceres y sus gustos y sus deseos:

“Es inevitable que la voz del cronista muchas veces se imponga sobre la reflexión histórica o social. No me he esforzado por disimularlo y creo que la subjetividad del narrador no sólo es deseable, sino imprescindible en un libro de estas características, donde la mirada es el texto, y viceversa”.

Mantiene Del Molino, respecto de las fronteras, que cada una de ellas es “un lugar que es y no es, donde termina y empieza todo, y donde las naciones se definen con una violencia y una grosería impropias de la civilización. […] Más que un producto, es un desecho de la historia: al fabricarse las naciones, excretaron una serie de detritus que no son biodegradables y permanecen sobre el mapa muchos siglos, como una molestia para todos y como una seña de identidad (también molesta) para unos pocos”.

Las fronteras en la historia de Europa: “en Europa persisten trozos de historia sin digerir, cicatrices mal curadas, emplastes de albañil chapucero”.

Y en la de España, toma uno:

“España, como antiguo imperio devenido nación sin terminar de definir del todo, y percibida como problema todavía en el siglo XXI, cuando hace tiempo que los ideólogos de la globalización celebraron el mundo posnacional, tiene unos cuantos ejemplos de estos territorios-frontera. No se distingue por ello del resto de Europa, [pero] la Península Ibérica puede presumir de tener más rarezas anacrónicas que toda Europa occidental”.

Las fronteras y España, toma dos:

“Todas tienen en común su disonancia histórica, su anacronismo, su vocación de lugar molesto que estropea la armonía de los mapas. Son rescoldos fríos de un país hecho de guerras civiles desde las primeras imaginaciones romanas y que siempre se quiso frontera.”

Ese ser un ensayo moral y político queda explícito en el libro pronto, cuando Sergio del Molino dice esto:

“Yo no creo que los mapas deban ser armónicos ni que las naciones deban ajustarse a una geografía natural, pues eso obligaría a pensarlas desde un esencialismo que me gustaría creer que la humanidad ha superado. Prefiero el concepto de patriotismo constitucional de Jürgen Habermas, que utiliza la nación como una herramienta ciudadana elástica y porosa donde lo étnico no tiene cabida, y la pertenencia, el dentro y el afuera, se definen por la aceptación de los valores democráticos e ilustrados”.

Del maestro de historiadores que es Miguel Artola aprendí en mis años universitarios que la Historia (y el pasado) es aburrida si explica los tiempos felices y que sólo destella cada vez que vibra conociendo las turbulencias, los pliegues geosinclinales de los que surgirán los tiempos en los que parece que no ocurriese nada. Por eso simpaticé de inmediato también con esta afirmación del autor de Lugares fuera de sitio:

“Se juzga el aburrimiento como algo negativo e indeseable, cuando constituye uno de los grandes logros democráticos […]. Los demócratas nos vemos obligados demasiado a menudo a subrayar que el aburrimiento es una virtud cívica. «Ojalá vivas en tiempos interesantes» es una famosa maldición china. Luchar por la democracia puede ser excitante, pero la democracia misma, cuando es buena, es un muermo”.

No puedo estar más de acuerdo. Aunque disiento cuando Del Molino afirma más adelante que “toda interpretación del mundo es una ficción”. Demasiado posmodernismo para mi gusto. Como tampoco puedo sostener como sostiene él que los mitos digan “más que las verdades”, ni que, pese a que efectivamente “las leyendas influyan más que los hechos históricos”, éstos, los hechos históricos, sólo nos importen a los historiadores, a algunos historiadores. Sí que es cierto que la historia es caprichosa y que el discurrir humano carece de lógica. Podemos comprender y explicarlo y así entenderlo, pero somos incapaces de darle un sentido. Del Molino así acaba por reconocerlo en este libro.

Otra lección moral a la que uno asiste en Lugares fuera de sitio, en lo referente a la calidad democrática española:

“Digan lo que digan quienes no saben ver, la España democrática ha sido sensible con las víctimas de su pasado, y ha tratado de restañar los males que los generales y las bestias exaltadas infligieron a todas las culturas que no se ajustaban al ideal étnico de la hispanidad. Con deudas, con fallas, con incomprensiones, con injusticias y hasta con vergüenzas insoportables e injustificables (como la situación de los ejecutados en las cunetas durante la guerra y la posguerra), pero la sociedad y las instituciones han sido receptivas a todos estos debates”.

Progresismo y tradicionalismo son vistos por Sergio del Molino, a la luz del ecosistema de la convivencia que disfrutamos, así:

“Por norma general, los progresistas han preferido llegar a compromisos y acuerdos con los tradicionalistas antes que enfrentarse a ellos con intransigencia. La España constitucional de 1978 es el resultado de un refinamiento sublime en este arte de la negociación y la concesión. El progresismo prefiere no discutir cuestiones simbólicas si eso le permite avanzar en los que considera sus objetivos principales (y, en ese sentido, a veces trata con demasiada condescendencia a sus adversarios, a los que arroja huesos como si fueran perros rabiosos a los que hay que entretener y aplacar; en honor a la verdad, los tradicionalistas se han comportado demasiadas veces como esos perros rabiosos)”.

Sobre el abandono y la política local española, el autor de Lugares fuera de sitio sentencia a base de bien lo que para él tiene:

“Tengo los oídos inflamados de quejas sobre el abandono. No hay rincón de España que se sienta bien tratado por el Gobierno (y de esos sentimientos se ha nutrido el nacionalismo en Cataluña o Euskadi), y como todos los agravios se suelen formular de la misma manera y con el mismo tono, han acabado por sonarme retóricos y exagerados. La política local española vive de ese discurso”.

“En las fronteras vivas: las columnas de Hércules”

Gibraltar es “lo que queda del Imperio Británico, esa gota que la descolonización se olvidó de limpiar”, su existencia (esa de “ser el parque temático del Imperio Británico”) es vivida por la mayoría de los españoles no como drama “sino como sainete”,

La teoría de la Guerra Civil española que mantiene en el libro Del Molino es insostenible, pues pretende explicar un cambio esencial en un territorio por medio de una sola causa que lo explica todo: “Melilla es una teoría de la Guerra Civil”, Y no. No lo es, salvo en un ensayo de estas características en el que a veces lo literario le puede a lo historiográfico, a lo geográfico, a lo científico. Tampoco de “melilla nacen las dos Españas”.

“Tal vez Ceuta no sea más que una molestia para España, una humillación para Marruecos, la avanzadilla de la represión migratoria europea o un despojo imperialista insignificante. Pero en ella crece una vida original capaz de desarrollar su propio pensamiento mágico. Un lugar indefinible que no se puede alterar sin causar un daño gravísimo a un montón de personas”.

“En las fronteras vivas: La Raya”

¿Qué es la frontera portuguesa para los españoles? “Para la identidad española, la frontera portuguesa no significa nada. Las obsesiones nacionales miran hacia otro sitio y apenas reparan, no ya en la Raya, sino en el mismo Portugal. Sin embargo, para la identidad portuguesa, los límites con España tienen significado”;

“He escogido dos esquinas dobladas donde las identidades de dos de las culturas más importantes del mundo, la lusa y la hispana, se mezclan y se diluyen. Un rincón perdido y un territorio disputado, un pequeño Gibraltar extremeño. Rihonor, el pueblo dividido al que la frontera parte en dos (hay otros ejemplos en Extremadura, pero son más pequeños y la separación es mucho más clara: en realidad, son aldeas separadas por campo), y Olivenza, «el brazo que Portugal se amputó para seguir viviendo», en expresión de un escritor oliventino.”

De Olivenza escribe Del Molino:

“No paseo por un pueblo portugués, sino por la recreación de un pueblo portugués. La luz del sol es tan portuguesa porque la ha iluminado un director de fotografía. Estoy en un plató de cine, en un montaje dispuesto para engañar al ojo y a los sentidos, pero inevitablemente impostado”.

Y de Rihonor (de los dos rihonores, cuya patria común había sido hasta hace bien poco la pobreza, a decir del autor):

“Si antes ambos pueblos se confundían, hoy, Rio de Onor es una preciosa aldea portuguesa de postal, y Rihonor de Castilla es una de esas villas de la España vacía a punto de extinguirse, perdida toda su gracia y coquetería. Si fueran personas y hermanas, diríamos que a Rio de Onor la vida le ha tratado bien. Tiene un buen trabajo y unos hijos listos y sanos. Mientras, Rihonor de Castilla ha pasado épocas oscuras de alcoholismo y desempleo, y no le quedan muchos amigos a los que contar sus penas. Hasta la demografía está en su contra: en el pueblo español viven treinta vecinos; en el portugués, casi ochenta”.

“En las fronteras vivas: el Pirineo”

Algo de literatura de altos vuelos: “los romanos inventaron los Pirineos, tal y como dice el [historiador francés] Christian Rico, como el poeta inventa el paisaje”. Trágicas fronteras:

Portbou y Canfranc recuerdan el fracaso de Europa, su último apocalipsis. Portbou presenció el exilio de los republicanos en 1939. Un año después, fue el escenario del de los que huían de la Gestapo y cruzaban la península hacia Lisboa […]. La frontera se lee aquí como tragedia”.

Hablando de tragedia y pasado:

Andorra, el microestado que nadie entiende del todo, y Llívia, el pueblo del que los franceses se olvidaron y se quedó en España cuando el Rosellón y la mitad de la Cerdaña pasaron a Francia tras la Paz de los Pirineos de 1659. Son las dos esquinas dobladas más septentrionales, y las dos más ricas. Ambas olvidaron hace mucho que la frontera fue una vez una tragedia.

Andorra (lejos de la idea de montaña y paz, “ese Wall Street pirenaico” al que le falta un conflicto para ser una más de las esquinas del mapa) también existe fuera del humor involuntario:

“Me costaba mucho tomarme Andorra en serio. Nunca lo he hecho hasta ahora. Me di cuenta de que el país era para mí un chiste que sólo se podía relatar desde la misantropía y el sarcasmo. Incluso me costaba escribir la palabra país en el sentido de estado y nación. Tal vez, pensé, Andorra sólo pueda existir como metáfora. O me he acostumbrado a que sólo exista como metáfora”.

Sergio del Molino ha visitado todas estas “esquinas dobladas del mapa”, las ha “pisado y paseado”, las ha hecho suyas también leyendo a quienes más saben de ellas, y ya no puede por tanto “reducirlas a un absoluto”

“En las fronteras fósiles”

El Condado de Treviño “es un enclave de poco más de doscientos kilómetros cuadrados que ocupa el centro de la provincia de Álava pero pertenece a la de Burgos. Ubicado entre la llanura de la Rioja Alavesa y la capital, en realidad forma parte del hinterland de Vitoria, ciudad de la que le separan unos veinte kilómetros”. Si pertenece a Burgos “por una mala lectura de los documentos jurídicos”, la verdad es que sigue perteneciend a esa provincia castellanoleonesa “por empecinamiento nacionalista”:

“Como otros territorios vascos, los señores de Treviño eran vasallos de los reyes de Castilla, que les concedieron un fuero, y fue ese documento legal el que utilizó Javier de Burgos para justificar su incorporación a Burgos y al partido de Miranda de Ebro”.

Pese a los pocos habitantes del enclave de Valle de Villaverde “y a vivir tan perdidos en una de las zonas más montañosas y boscosas de Vizcaya, forman el enclave más peleón de todos, siempre a la gresca con los dos gobiernos autonómicos, el de Cantabria y el de Euskadi, y el de España. En tiempos democráticos han llevado sus problemas tanto al Consejo de Ministros como al Tribunal Supremo, siguiendo una tradición que empezó en 1832, cuando tuvieron conocimiento del destino que les esperaba con la nueva división provincial. Protestaron con tanta vehemencia que llegaron hasta el rey Fernando VII, que, incluso moribundo, ordenó que se estudiase qué diablos querían esos montañeses vascos o cántabros o lo que fuesen. Se murió sin saberlo, y en 1833 pasaron, con el nombre de Villaverde de Trucíos (oficial hasta 2005) a la provincia de Santander”.

Por su parte, Rincón de Ademuz “es el territorio-frontera perfecto, que combina la superposición de culturas peninsulares (en sus hoces chocan Aragón, Valencia y Castilla, sobre una alfombra árabe muy densa y muy bien tejida) con el olvido y el desprecio más típicos, el que las sociedades racistas reservan para los salvajes y primitivos”.

El gran narrador Del Molino compara a Ademuz con los ex guerrilleros:

“Ademuz es como esos maquis jubilados que se tocan la cara con asombro sin entender qué diablos han hecho para merecer la atención de nadie.”

Los deseos del autor de formar parte de un país (de países, esto añado yo) en el que la convivencia racional abunde y sea la razón de ser de sus sociedades se hacen explícitos cuando finaliza su paseo por el enclave del Rincón de Ademuz:

“El valencianismo más catalanista sigue sin entender qué pinta esa comarca aragonesa en su corpus político, pero ya no sueña con segregarla o endosársela a los castellanos. Diría que todo se acepta como es y como viene, y pienso que eso está bien, que ojalá España entera se aceptase como es y como viene”.

Ojalá, Sergio, pero me temo que lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible.

Para finalizar sus andanzas geográficas, historicistas, morales, literarias, el autor se siente atraído por otro de los muchos enclaves anómalos del territorio español, Petilla de Aragón, “una aldea de unos treinta habitantes (concentrados en un caserío que domina un término municipal dos veces y media más grande que Melilla) perteneciente a Navarra pero situada en la provincia de Zaragoza, en la comarca de las Cinco Villas. Su adscripción navarra se debe, como tantas otras anomalías geográficas, a una trifulca entre reyes” medievales, de Aragón y Navarra. Hay algo caprichoso en esa elección para cerrar el libro y dejar a dos decenas de enclaves fuera de su acertado ya acerado foco, algo que se puede permitir uno cuando escribe con fines morales y no de mero diletantismo: en Petilla, “una aldea en extinción”, nació Santiago Ramón y Cajal, “uno de los españoles más importantes de toda la historia”, lo que le lleva a Del Molino a una nueva reflexión brillante:

“Tal vez, las esquinas dobladas de los mapas sean importantes para quebrar inercias nacionales. La infancia ambulante, pueblerina y ultraperiférica de Ramón y Cajal le hizo alguien atento a los márgenes y los huecos, detallista, curioso, muy alejado del burgués acomodaticio y fanfarrón. Tal vez aún necesitemos estos respiraderos geográficos para ventilar el moho de la corte”.

Conclusión

El capítulo de conclusiones de Lugares fuera de sitio se titula ‘España contra España”. No sé si estar muy de acuerdo, no podría estarlo, con la aseveración que preside el final del libro, aunque entiendo perfectamente lo que quiere hacernos ver su autor, algo tan necesitado de matices para los no versados en la Historia y sus entresijos de oficio especializado y científico a su manera. Una disquisición que ahorraré al lector, a quien dejo con la certeza de Del Molino:

“Como sabe cualquier aficionado a los libros especializados, la mayor parte de la historia que se aprende en el colegio es una ficción. La verdad rara vez se divulga y siempre queda para los debates historiográficos. Los ciudadanos tienen que manejarse con un repertorio más o menos atractivo de mitos y leyendas”.

En cualquier caso, estoy con el escritor español cuando concluye:

“No importa mucho que la investigación historiográfica demuestre que la historia de España confluye con la europea y no se distingue mucho de la de sus países vecinos. Lo relevante es cómo se perciben los mitos de los hechos diferenciales y cómo predomina una idea nacional que tradicionalmente ha excluido todas las formas heterodoxas de españolidad y se ha expresado con una etnicidad incompatible con la noción posmoderna de patriotismo constitucional. Hay mil formas de ser español, pero sólo nos han contado una. Dos, según el guerracivilismo. Tres, según Andrés Trapiello”.

Somos, en cualquier caso, sí, “un país inacabado” que necesita definitivamente que ser español sea, en lo esencial, “una mera cuestión administrativa”. Porque cuantos pensamos (Sergio y yo, sin ir más lejos) que se le puede enfrentar a los “nacionalismos disgregadores” la gran idea de una “nación abierta y fuerte fundada en el principio liberal de igualdad, debemos esforzarnos por eliminar cualquier forma de marginalidad y cualquier sentimiento de exclusión. Sólo así lograremos convencer de que una España dentro de Europa es la mejor forma de reconciliarnos con una historia ingrata y cruel —como la de todas las naciones— y de enfrentar un futuro libre y democrático”.

[Para futuras reimpresiones (o reediciones, mejor): Rafael de(l) Riego (le falta la ele) no murió con ningún sable en ninguna mano defendiendo ninguna constitución.]

Viajando a las fronteras insólitas de España con Del Molino