CRÍTICA DE JESÚS CÁRDENAS

La vejez femenina, sin concesiones | Un libro de Ana Martín Puigpelat

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Poesía | JESÚS CÁRDENAS

En el umbral del tiempo, cuando el cuerpo deviene en memoria y esta, praxis de resistencia, la vejez se convierte en lugar de epifanías compartidas. La confluencia de senectud y amistad femenina podría devenir en complacencia; sin embargo, mediante un riguroso trabajo de decantación memorística, de dominio de la intensidad, la imagen y la elipsis, La hermana aprendida de Ana Martín Puigpelat se eleva hasta una poesía de insoslayable exigencia formal y ética, ajena a toda gratuidad sentimental.

Portada La hermana aprendida

Tras consolidar su trayectoria en Pan duro, antología (2019) y las publicaciones Anverso reverso y La inversión o el reflejo, Puigpelat nos ofrece ahora con La hermana aprendida (Bartleby Editores) una obra de lúcida madurez. Formado por algo más de sesenta breves composiciones que alternan la prosa poética con el verso libre –tan conciso como extensamente desplegado–, el poemario se abre con una cita de Anne Carson que sentencia la vida como un ineludible movimiento sin retorno, como el vuelo de una flecha lanzada en una única dirección. Esta premisa cardinal atraviesa el volumen: no hay vuelta atrás, aunque sí relectura y reaprendizaje; reescritura del trayecto. A cierta edad, vivir es volver a habitar lo vivido con otra perspectiva de la existencia.

Desde sus versos inaugurales, el libro establece el eje temático y su diapasón: «Una mujer ha visto tempestades […] / Ha crecido de más y nada corresponde a la premisa […] / Ha llegado hasta aquí volcada sobre sí misma. / Envejece. No está sola. // Otra mujer diferente a su postura transita por su voz en el trayecto ciego ante los años». Aquí, la vejez se despoja de todo sentimentalismo, revelándose como conciencia del exceso vital, de la desproporción íntima entre la expectativa y la vivencia. Y en lugar se seguir la iconografía habitual de la soledad, emerge la figura de la otredad, esa hermana” que no es de consanguinidad, sino de lazos forjados a partir de la experiencia y del lenguaje. Una presencia que acompaña y legitima el periplo existencial.

A lo largo del poemario, esta díada va construyéndose con gestos minimalistas y de una simbología natural depurada. «Llegar hasta aquí como un pétalo. / Solo ellas conocen el tránsito», leemos en un poema donde la fragilidad constituye es un modo específico de transitar el cronos. La corporalidad senescente se expresa en una imaginería austera y certera: «Hoy la lluvia y la calima acortan los huesos». El deterioro no se oculta, pero sin amaneramientos dramáticos. Frente al ardor de antaño –«Tuvieron ardor en las manos. // Ahora musgo»–, el poema asume la transformación como un proceso biológico, no exento de una áspera belleza. La analogía vegetal brota nuevamente en versos como «Igual que la rama desotoña […] verdea entre la artrosis», donde la esperanza se mantiene «vida tras año / como la cuerda de tender»; una imagen doméstica y humilde que condensa la profunda ética y la íntima modestia del relato. Más adelante, volvemos a verlo envuelto por la ternura: «Una anciana tiende a otra anciana un chusco de pan. / Comparten. / La leyenda les hace irreversibles».

Existe, además, una clara conciencia de haber alcanzado un topos inexplorado, especialmente para las mujeres. «Nadie le habló de ese lugar, / a ninguna», se afirma con rotundidad. Superar la edad de los progenitores se convierte en una experiencia sin relato previo, en una «fábula sin moraleja». No hay enseñanza transmitida ni arquetipo heredado; tan solo el haber pasado de la idea previsible a vivir la experiencia. Y esa carencia de referentes convierte la vejez en una experiencia radicalmente propia y, a la vez, profundamente expuesta. El soma y la percepción se agudizan, evidenciándose una hipersensibilidad existencial: «Le escuece todo lo que ve, también alguna palabra». Se refiere a una lucidez que quema, a una conciencia íntima de la fisura del mundo. Las palabras hieren la fibra más profunda del ser.

Ana Martín Puigpelat

En ocasiones, la poeta madrileña culmina con una sentencia lapidaria como en: «Duermen y se vuelven garabatos como si cayeran sin paracaídas. / Duermen y se escuchan. A la vuelta han perdido el alfabeto. // Articular es verbo caducado». Estos versos construyen una potente iconografía del lenguaje en estado de caída y desgaste existencial. El dormir equivale a suspensión: los sujetos –o las palabras mismas– se abandonan y, en esa abulia, se deforman hasta la criptografía de garabatos, trazos desprovistos de código y de promesa de un aterrizaje. La comparación con la caída sin paracaídas intensifica la sensación de pérdida de control y de sentido: no hay técnica ni salvaguarda que amortigüen el impacto de ese descenso semántico y existencial.

Introduce una paradoja inquietante: «duermen y se escuchan». Incluso en la inconsciencia persiste un eco, una mínima autopercepción íntima, pero al regresar, el alfabeto se ha desvanecido. Curiosamente lo que se pierde es el sistema que la ordenaba, la gramática que lo hacía legible. El alfabeto se revela, así, como una convención frágil, fácilmente erosionable por el silencio o el exceso, revelando la precariedad de la estructura lingüística en la vivencia profunda.

La afirmación final, «articular es verbo caducado», funciona como un diagnóstico crítico. No se trata solo de la imposibilidad de enunciar, sino de la obsolescencia misma del acto de articular, como si el lenguaje, en su acepción tradicional, hubiera agotado su vigencia histórica o ética ante la complejidad de la experiencia íntima y existencial. El verso clausura el fragmento con un gesto casi ensayístico: diagnostica una época en la que el habla ya no organiza el mundo; apenas lo garabatea. En ese umbral entre lírica y reflexión, el poema exhibe la pérdida del lenguaje como una condición ineludible de la contemporaneidad y de la confrontación con el propio ser. Los versos finales reafirman esa perspectiva que se torna singular: «Hermana aprendida mujer. // El tiempo lo cura nada».

La voz poética no idealiza el vínculo, sino que lo va construyendo a partir de una aceptación de lo diferente y de una intimidad en la que no hace falta reiterar el vínculo. La hermana aprendida” se revela como esa presencia que acompaña la intemperie existencial; juntas recorren un tiempo que no tiene cartografías, y entablan una conversación silenciosa en torno a la palabra exacta y en el respeto por lo no dicho. De ahí la predilección por la elipsis: el poema sugiere, cede espacio, confía en la inteligencia emocional del lector para completar el sentido profundo e íntimo.

Formalmente, el libro apuesta por una escritura contenida, de frases depuradas y ritmo preciso, donde cada imagen tiene una función estructural. La alternancia entre prosa poética y verso libre potencia la sensación de tránsito, de una respiración de acuerdo con los estados del cuerpo y de la memoria. Hay al cabo una búsqueda constante de la verdad expresiva, de pretender la transparencia sin obnubilar la complejidad existencial.

La hermana aprendida es, en definitiva, un libro profundamente humano y, por ello, necesario. Un poemario que aborda la vejez femenina sin simulacros ni concesiones. Ana Martín Puigpelat demuestra aquí que la madurez poética consiste, quizás, en aprender a decir menos para decir mejor, y en aceptar que algunas verdades solo se revelan cuando el tiempo ya ha cincelado su obra y aún queda alguien al lado para nombrarlas, para habitarlas en la intemperie de lo compartido, en la hondura del ser.

La hermana aprendida, de Ana Martín Puigpelat. Bartleby Editores. Madrid, 2025. COMPRA ONLINE


 

Jesús Cárdenas. Poeta y crítico literario