jueves 6/8/20

El último héroe de la clase obrera

[Relatos] ¿Podríais estaros tres minutos sin decir una palabrota? Pudimos...

El último héroe de la clase obrera

Eran los años en que, con las huelgas de finales del franquismo y de comienzos de la Transición, las iglesias, como lugares en sagrado ajenas al orden civil y a la atención policial, sirvieron de refugio a los movilizados por los sindicalistas

De pequeño alguien me contó en el cole que el anterior párroco, ya muerto por aquel entonces, era visto a menudo vagando por la iglesia del barrio y por no sé qué más sitios como un alma brillante, pero a mí aquello me asustó una barbaridad. ¡Qué miedo! Pero del sustituto de Don Julio pronto supe cosas verdaderamente hermosas, de esas que hicieron de él elúltimohéroedelaclaseobrera. Estoy hablando de Don Eusebio, que es quien nos hizo aquella pregunta sugerida a modo de encarecida solicitud que él se merecía ver cumplida. Y vaya que se lo merecía.

Don Eusebio sustituyó al frente de la iglesia parroquial Beata María Ana de Jesús a Julio Morate Gutiérrez. Hoy los dos tienen una calle en el barrio, uno muy cerca del templo donde fue primer párroco y el otro junto a las vías de la antigua estación de Delicias donde hoy está el Museo del Ferrocarril. Párroco Julio Morate, Párroco Eusebio Cuenca.

Don Eusebio era un tipo extraordinario. Cercano, amable pero con ese poso de las personas que saben obtener más que respeto desde su autoridad moral del que se da como si tal cosa. Le recuerdo en su vespa de aquí para allá. Y le puedo imaginar descargando de madrugada, de noche, camiones en el Mercado de Frutas y Hortalizas de Legazpi… para donar todo su salario a los pobres. Sí. Eso se contaba. Y yo me lo creí. Y yo me lo sigo creyendo.

Me está dando ahora mi primera comunión el día de mi primera comunión, la hostia, y yo cierro los ojos y procuro que no se me quede pegada en el paladar, la hostia, pero se queda pegada en el paladar y yo que sólo tengo siete años cumplidos estoy al borde de estar preocupado con esa preocupación mía de niño de siete años al borde de preocuparse. Y voy tan guapo con mi pelo rubio dorado y mi traje de almirante inofensivo de una Armada de niños invencibles. Para Don Eusebio debe de ser la primera vez que oficia este acto tan entrañablemente multitudinario, tan de barrio y tan familiar y tan, tan poco religioso, en definitiva, tan laico con apariencias de sensatez cristiana, tan sensatamente civil y festivo. La catequesis de Don Eusebio ha sido algo hasta divertido y yo estoy muy contento, como mi amigo Luis disfrazado de fraile gigante, que reza como un descosido yo que sé qué, ahí a mi lado. Podemos ir en paz. Podemos ocho años más tarde estar tres minutos sin decir una palabrota. Podemos crecer al lado de la religión católica sin contaminarnos, podemos recibir de la Iglesia en la iglesia de Don Eusebio la impronta de la bonhomía de un tipo que es mucho más que un cura, que es un trabajador incansable que da lecciones sólo con vivir.

Claro que podéis entrar a la sacristía cuando queráis, ahí tenéis un cuarto sólo para vosotros… Tenedlo limpio y no hagáis trastadas. Palabra de Don Eusebio. Y unos meses más tarde, Don Eusebio nos cedió uno mejor, un lugar maravilloso al que llamamos La Cuadra. ¿Porque parecía una cuadra? No, porque nos dio la gana. Esa clase de ganas que nos salen cuando somos jóvenes y la vida está ahí sin mostrarse del todo, sin lucirse ni emborronarse, sólo ahí, a tu alcance.

Eran los años en los que mis amigos, casi todos menos yo, iban a la misa de una a cantar canciones con sus guitarras y su talento y su vitalidad de chavales comprometidos honestamente con la música y un poco también con Dios y quizás hasta con los cristianos de barrio, los años que son recuerdo del pelo largo, de cuando me pasaba el día pendiente del planchado correcto de mis pantalones caquis y de que mis playeras estuvieran relucientes y como recién salidas de la zapatería. Los años de tener quince años. Los años de ver correr al Pelos con su collarín saliendo de la sacristía después de haber gastado una broma a Don Eusebio. Los años de las primeras borracheras y de Peter Frampton y los Bee Gees y empezar a leer a Cortázar y soportar a Borges para llegar a amar su literatura de siglos y arrabal y escritorio. Los años del bar Goype, los años de los billares Goype, los años de ser capaces de estar tres minutos sin decir una palabrota. Por Don Eusebio.

Cuando las huelgas de finales del franquismo y de comienzos de la Transición, las iglesias, como lugares en sagrado ajenas al orden civil y a la atención policial, sirvieron de refugio a los movilizados por los sindicalistas. Don Eusebio favoreció que los huelguistas entraran en la iglesia del barrio para poder encerrarse y hacer así de su protesta algo consentido y menos peligroso. Mi padre estuvo un día en la iglesia de la Beata cuando hizo huelga con sus compañeros del banco. Y nosotros creíamos ver en todo aquello una especie de heroicidad puntual pero hermosamente cercana.

Sí, Don Eusebio bien podría ser uno de los famosos curas rojos que le aguaron la fiesta a la vejez hacia la muerte del invicto caudillo por la gracia de Dios que no había tenido ni puta gracia. Un hurra por Don Eusebio, y perdón por la palabrota, que al final he tenido que soltarla.

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