martes. 23.04.2024
Billy Wilder

En la infancia se despierta nuestra imaginación con los cuentos que nos cuentan. Luego la vida transcurre como si nos contáramos nuestro propio cuento a nosotros mismos. Lo que sintamos o pensemos dependerá en buena medida de los relatos propios y ajenos. Sin ese sustento simbólico moriríamos de inanición imaginativa. Nuestras neuronas colapsarían al no tener nada que comunicarse unas a otras. Es uno de nuestros mayores rasgos distintivos. Los animales regulan su comportamiento gracias a su programación instintiva. Nada más nacer ya saben moverse y muy pronto incluso alimentarse. Luego aprenden por mimesis haciendo lo que ven hacer a sus mayores.


El ser humano sin embargo puede transcender su equipamiento instintivo y remodelarlo con el tiempo merced a su inventiva. Sabe combinar sus experiencias con lo que se narra sobre las mismas. Puede viajar a través del tiempo y el espacio escuchando cuentos en la infancia, leyendo libros o viendo películas después. Construye una segunda naturaleza mediante la cultura.

El entorno cultural configura su talante y le hace desplegar sus talentos. Las manifestaciones artísticas de todo tipo le hacen ser cuanto es. Los relatos míticos, religiosos y filosóficos le permiten ir modificando su cosmovisión. Las artes y las ciencias constituyen el entorno que le modela.

Nuestros deseos y nuestras opciones vitales van cambiando según los relatos que nos construyamos, al igual que nuestra ideología o nuestras preferencias políticas, nuestra dieta o nuestro erotismo. Nuestro modo de interactuar y el aprecio que nos profesemos también dependerá de nuestros relatos, nutridos por los que hayamos vivido empírica y culturalmente.

Nuestras vivencias y nuestros recuerdos podrán ser más o menos gratos en función de cómo nos los relatemos. No se trata de falsearlos con hechos alternativos por decirlo así, pero sí podemos escoger uno u otro tono. La clave del humor no arroja el mismo resultado que los tintes trágicos.


Nuestro carácter y nuestra forma de ser tienen sus determinaciones, unos condicionamientos anclados en el código genético y modulados por las circunstancias. Pero hay otro factor al que no siempre le concedemos una relevancia sustancial. El modo en cómo nos contemos las cosas y se las relatemos a los demás.

Esto puede cambiarnos por dentro y contribuir a cambiar el mundo que nos rodea. Los relatos constituyen un alimento crucial para nuestra mente. Sin cultivar la imaginación a golpe de consumir y construir historias e historietas no merecería la pena sobrevivir. Gracias al relato somos polvo enamorado.


A pequeña escala somos trovadores, dramaturgos y cineastas. Cuando soñamos disponemos de recursos infinitos. Nos convertimos en Shakespeare y Billy Wilder al mismo tiempo. Pero no necesitamos buscar productores ni hacer ningún casting. Nuestra fantasía vuela sin trabas y su poderío no conoce límites. Lo recordemos o no el sueño es un relato inconsciente que impregna nuestros relatos de la vigilia. Pero desde que nos despertamos no dejamos de contarnos relatos. Deberíamos reparar en la importancia que tiene acertar con su tono. Escoger un estilo jovial o cargar las tintas en la tristeza nos harán comenzar el día y vivirlo de muy otro modo. Nada se pierde por probar a poner el acento en lo alegre.

El tono alegre o sombrío de las historias que nos contamos a cada momento