martes. 23.07.2024

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Carlos Valadés | @carlosvalades

En “La gaviota” de Chejov, Nina, una joven aspirante a actriz le dice al aclamado escritor Boris Trigorin: “Por la felicidad de ser escritora o actriz, soportaría el desamor de la familia, la pobreza y las desilusiones, viviría en una buhardilla, comería sólo pan de centeno, aceptaría el sufrimiento de estar descontenta de mí misma y tener conciencia de mis imperfecciones; pero, a cambio, exigiría la fama... la fama auténtica, clamorosa...”

Ese hambre de fama, de éxito y reconocimiento es el motor que hace que la actriz Angela Boix combustione, arda y deje a la platea patidifusa con su excelente interpretación de Nina. Una combinación austeriana, una actriz interpretando a una actriz que busca, investiga, se interroga sobre en qué sitio es mejor llorar, se examina hasta el más mínimo detalle en la búsqueda del personaje que la haga triunfar. Y es consciente de sus inseguridades, que van implícitas en el trabajo de la interpretación que como orfebres las actrices y los actores tienen que ir dotando de vida, sin caer en la sobreactuación, ni estar planos, apresando al personaje, indagando hasta de dónde sale el dinero que les mantiene. Y así a Nina le duele no saber qué hacer con las manos en el escenario, no dominar la voz, no saber cómo permanecer en escena. 

Una combinación austeriana, una actriz interpretando a una actriz que busca, investiga, se interroga sobre en qué sitio es mejor llorar

Fernanda Orazi pone en pie un texto en el que llevaba pensando años hasta que tuvo una epifanía en uno de sus talleres de interpretación y vio a Ángela Boix. Pensó que sería la actriz que daría vida a ese proyecto y acertó de pleno. Orazi se ha rodeado de personas de Pílades Teatro con las que ya montó “Elektra” una de las revelaciones la temporada pasada. Tanto Leticia Etala, en labores de ayudante de producción, como Juan Paños en la elaboración del cartel, han contribuido a poner en pie este artefacto teatral.

Mención especial merece la iluminación de Iván López-Ortega dotando a cada espacio de la personalidad requerida.

Entonces Nina, o Ángela, vuelve a ese pequeño teatro en el que una vez soñó ser actriz, para buscar un sitio donde llorar, o un sitio donde actuar que llora, y lamentarse de tener que viajar en tercera clase, todo ello mientras se cambia de vestuario, se maquilla o se desplaza por el escenario como una bestia. Como el animal escénico que es. Ya sea una actriz, una actriz que interpreta a una actriz o una gaviota que chilla. Y rompe la cuarta pared en un par de ocasiones interpelando al espectador, compadeciéndonos porque sabe que vamos a morir, y ella, Nina, a pesar de que busque intensamente un final, de que todos borremos de nuestra cabeza cada una de sus palabras, sabe que siempre habrá otra Nina, y que, como una ola, llegará hasta el público que seremos su orilla y la recibiremos con una inmensa ovación. 

‘La persistencia’: Ángela Boix desencadenada