lunes 26.08.2019
NUEVA EDICIÓN 20 AÑOS DESPUÉS DEL PREMIO JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Sobre “La densidad de los espejos”, de Manuel Rico

Conciencia crítica y palabra reveladora. El texto que sigue fue leído en el Salón Rojo del Instituto “Antonio Machado” de Soria el pasado día 20 de marzo de 2019.  Un recorrido por un libro del poeta madrileño en su nueva edición, revisada y ampliada.
Fotografías de Daniel Mordzinski
Fotografías de Daniel Mordzinski

La poesía de Manuel Rico es, en sus propias palabras, “un intento de amalgamar palabra reveladora y conciencia crítica, insumisión frente al mundo e investigación sobre el lenguaje, emoción sentimental y emoción estética, memoria y deseo”.

Ha construido su obra “al margen de tendencias, familias, grupos o colectivos”, nos dice en el prólogo de su antología Monólogo del entreacto. Sus deudas más remotas “están en Juan Ramón Jiménez y en Antonio Machado". Y las más próximas en buena parte de las poéticas de los años cincuenta, en ciertas zonas de la obra de Diego Jesús Jiménez y en el Blas de Otero más conversacional”, escribe en el prólogo de La densidad de los espejos.

cubierta_la_densidad_de_los_espejosEs significativo que su primer libro de poemas El vuelo liberado (1982-83) comience así: “Al fondo del espejo asoma el rostro”. La densidad de los espejos es un libro escrito a finales de los ochenta y principios de los noventa aunque no se publicó hasta 1997, cuando el poeta tenía 45 años, y es en este libro donde  Manuel Rico encuentra su voz definitiva, “una voz poéticamente madura y, a la vez, distinta, hecha de búsqueda en el lenguaje y conciencia crítica, de memoria y cotidianidad, de vida y de Historia”, según sus propias palabras. Se definió en aquella época como un francotirador y confiesa que dos décadas después no ha dejado de serlo.

En esta nueva edición, veinte años después, rescata  “Poemas paralelos” y los incluye en el apartado final, poemas que estaban inacabados en la primera edición y por lo tanto no llegaron a publicarse. En 1997 recibe el premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez con este poemario y en otoño de 2017, veinte años después, sale a la luz de nuevo en la editorial “El sastre de Apollinaire”.

Leí por primera vez La densidad de los espejos en el verano de 2018 en el jardín de mi casa de Ocenilla. Para mí la primera lectura de un libro de poesía es más auténtica siempre al ser virgen el sentimiento que te enfrenta al poema. Cuando relees puedes encontrar, descubrir cosas nuevas, pero ya no es pura la emoción.

La segunda lectura la hice la mañana del día de Reyes de 2019, acompañada de los “Conciertos de Brandenburgo” de Bach. Las palabras que siguen vienen de la fusión de estas dos lecturas más otra lectura final.

El libro comienza con tres poemas a modo de introducción y justificación del título del libro en los que el espejo es el protagonista y el “enemigo” del poeta, el que le miente, el que le deforma, el que “vive de la traición”, el que nos habla “del que fuimos ayer”, “del que tuvo el precario poder de lo imposible entre los dedos”, según palabras del poeta. “Era entonces/ el tiempo de la niebla y tú eras otro,/ y tal vez los espejos no existían”, escribe.

Pero quizá haya otro espejo más bondadoso donde el miedo no existe. El poeta se pregunta “Desterrar el espejo, ¿es acaso posible?” Por algo el libro va introducido por una cita, entre otras, de Diego Jesús Jiménez: “Has ido recogiendo/ como si se tratara de un espejo roto,/ cuantos fragmentos de la tarde, y de tu corazón,/ componen tu presente.”

Tal vez la luna que se nos aparece en sus diferentes formas sea también un espejo, y la pantalla de la televisión en blanco y negro otro espejo donde se refleja el futuro.

FRAGMENTOS DE UNA HISTORIA

La segunda parte, “Fragmentos de una historia”, introducida por unos versos de José Hierro, comienza con un poema fundamental del libro, “Recuerdo con luna”, que nos sitúa en el verano del 69,  en la madrugada del 20 de julio, cuando el hombre pisó por primera vez la luna y el poeta era un adolescente de 16 años. Aquella noche se convierte en “una puerta extraña”, por la que se fue a buscar otra luz en la huida, aunque él no sabía todavía de la dureza de la vida. Es un poema personal pero situado en la historia, hecho habitual en la poesía de Manuel Rico; el poeta nunca olvida el momento histórico en el que suceden las cosas. “Recuerdo con luna” es un poema escrito al padre  veinte años después de aquella madrugada, en la noche de otro 20 de julio y que “abriría la puerta a otros poemas con el mismo mundo como telón de fondo”.

El hombre llega a la lunz. Motivo de un poema de RicoLa densidad de los espejos creció alrededor de aquel poema, construyendo así “un escenario de la memoria. Personal y, en buena medida, colectiva”, nos dice el poeta.

En el segundo poema retrocede en el tiempo, a 1963. Era entonces un niño de once años, quizá la primera vez que fue consciente de la muerte. Vuelve a situarnos en la historia con el asesinato de Kennedy: “A esa edad inestable/yo vi la muerte en blanco y negro en la pantalla”. Hay un contraste entre el primer poema, más personal y el segundo, más histórico. Nos habla de la Historia con mayúscula y cómo influye en la suya propia.  Más tarde, en otro poema, se pregunta “¿Merecimos/ convivir en la infancia con el miedo/y habitar en la casa de los sueños rotos?”. No olvidemos que estábamos entonces en plena dictadura franquista. Su padre había sido militante de izquierdas con la República, “intentando colaborar en la organización de la resistencia clandestina y ayudar a abrir un horizonte de esperanza, de libertad para sus hijos. Pero lo había vencido el miedo”, nos cuenta Manuel Rico en el prólogo de introducción al libro.

En “La mudanza”—seguimos en 1963—, el poeta recuerda el traslado (aunque la palabra mudanza refleja mucho mejor el tiempo en el que nos encontramos) en un camión, entre los muebles, a “una ciudad creada por un gobierno gris/ en ese varadero sin barcos ni gaviotas/ que fuera el descampado: un urbanismo alzado/ para el sueño sin luz de los vencidos”. En el prólogo Rico nos cuenta: “Nuestro barrio se extendía en la periferia norte de Madrid. Lo llamaban UVA de Hortaleza y había sido construido por el Ministerio de la Vivienda de entonces para acoger a los habitantes de las chabolas del extrarradio, entre los que se encontraba mi familia”. Así se crearon en aquel tiempo muchos pueblos y ciudades sin alma.

En “Primer esquivo amor” nos habla de la juventud en los primeros setenta, de los libros (Gerardo Diego, Pedro Salinas, Vallejo), del amor a ciegas, de las mujeres, (“ellas eran/ la realidad confusa que entonces no entendimos/ torres inexpugnables/ habitando una tierra sin nosotros/ un lugar de distancias y de fríos.”) El poeta contempla aquellos días y escribe: “Dicen que el pájaro de sombra/ que con la madurez convive asalta de improviso./ Que un buen día, de pronto, los relojes existen/ y la lengua nos sabe a una pócima amarga:/ es el fruto podrido de nuestra juventud.”

“Aquel junio maldito” es para mí otro poema fundamental del libro. Era el año 1979 y un  mes de junio donde el recuerdo del padre se hace dolor y herida: “El aire, en un instante, mudó en nieve. Y el abismo/ se apropió de tu voz y la hizo suya./ La primera conciencia de la muerte/ vino, padre, a traición, a visitarme,/ y volvieron el frío y la ceniza,/ y viajaste a esa patria/ donde las flores muertas nos hablan del vacío. Cuando somos verdad, cuando nos desgarramos, entonces llegamos al misterio del poema y llegamos a los otros. Y este poema es verdad.

Otros temas que el poeta aborda son la desigualdad social y por lo tanto cultural, el ámbito familiar en el que nacemos y que nos marca el resto de nuestras vidas, el descubrimiento del lenguaje, “candil con que alumbrar”, o el amor.

El amor joven era la salvación contra el miedo y el desamparo, el refugio, el descubrimiento del sexo, de la carne en “falsos domicilios”, en “lechos desabridos que olían a tabaco”, en tardes de domingo.

Esta segunda parte acaba con el poema “Dialéctica, Historia, Tú”. Manuel Rico nunca olvida la historia de la que forma parte, la estudia, la analiza para poder comprenderse mejor a sí mismo y comprender el mundo: “Buscamos en la Historia, esa región terrible que extendieron/ los siglos,/el fuego del origen, la huella o el estigma en que reconocernos”.

INSTANTÁNEAS, ESCENAS

En la tercera parte del libro “Instantáneas” Rico nos ofrece fotogramas, escenas de cine paradas en el tiempo, pequeñas fotografías. En “Ciudad y noche”, protagonistas siempre en su poesía, dice “No razona la noche” y  “Más que la lucidez del día, busco/ la lucidez nocturna que nos brinda/ escondrijos de alcohol, inciertas máscaras/ para nuestra impostura./ Amo la oscura espalda/ que asume la ciudad cuando atardece.”

En “Antigua tierra” vuelve a recordar la infancia como “una región perdida”, pero no mitificándola, como en la Oda a la Inmortalidad de Wordsworth, sino intentando comprenderla en su realidad.  Allí “nos aguarda, con ropa de domingo,/ una diosa cruel a quien llamamos/ dicha o felicidad, qué importa el nombre”, escribe.

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En “Farmacia”, a través de “un cartel/ que, gastado por vientos e intemperies/  anuncia un fármaco dudoso”  regresa al niño que intuye un universo misterioso en los frascos de la farmacia ya desaparecida. Y de la mano del padre de nuevo el miedo. Y el poeta se pregunta “¿Por qué en ese cartel descolorido y viejo/ que te conduce a la memoria/ de la memoria destruida/ adviertes la humillada/ e inútil flor de tus antecesores?”. Ese niño se prolonga en “Carpintería”, texto en el que el cristal del escaparate se convierte en un espejo donde se reflejan  las  siluetas de dos hombres, padre e hijo. Hay un algo sin resolver, quizá un amor no expresado y que ya nunca más podrá expresarse. Por ello el poeta vuelve una y otra vez a buscar ese vacío irremediable que quedó entre los dos, ese mundo no resuelto que le atormenta a veces y llega de improviso a través de un viejo cartel o de un escaparate. “Vendrás conmigo a la carpintería,/ manejarás las herramientas. Así se aprende/ la densidad del hombre./ Fue en el hombro del joven/ donde buscó la mano de aquel viejo/ la caricia negada tantas veces.” También en el poema “Mañanas de ceniza” vuelve la memoria del padre en mañanas frías a su casa de campo, casa que ahora el poeta frecuenta, y en otra instantánea el niño de ocho años observa a los pescadores desde un balcón e imagina otra vida distinta de la suya, con ríos, montañas y bosques y que le aleja de aquella “ciudad cruel y en desarrollo”, llena de fábricas. “Me decían secretos”. Estas instantáneas sugieren a veces más que fotogramas, cuadros.

Otro poema esencial, a mi juicio,  es “Imagen de Sarajevo”, un alegato contra la guerra de los Balcanes. En el poema “La advertencia” de nuevo el padre y esa caricia que intuíamos  pendiente en otros poemas: “no vuelvas a las calles/ que fueron tuyas/ alguna vez. Te morderá una sombra”. Y más adelante escribe “acaso la caricia que quedara pendiente/ cuando el padre se hundió/ en el ciego sendero del vacío”. En “Extraño río”, un río turbio y sin brillo, en el que “se bañaban, bajo la luna, los desterrados” y que “cruza la ciudad como un viejo vencido”, en ese río oscuro y con cieno tiembla la voz del poeta. No es precisamente un río bello, en el sentido convencional de la palabra, el que canta Rico, y sin embargo, consigue una imagen muy poética.

LA CONCIENCIA Y LA MEMORIA

En la cuarta parte del libro “Estados de conciencia” el poeta reflexiona desde la altura de la ciudad y recuerda de nuevo a aquel muchacho que intuía en los rostros “la sombra del dolor, el tedio de las horas/ la angustia de los días…” Y también al muchacho que “tenía en la ciudad su escondrijo y su senda, su refugio y / su lámpara”. El poeta contempla la ciudad desde el presente sin la lluvia de antes (la lluvia, otra protagonista en la poesía de Rico como la ciudad y la noche) y se plantea “Pero, ¿existe el futuro? ¿No es acaso el presente/ el dios más venerado entre los dioses/ a costa del futuro y la memoria?”.

           El poeta ha vivido ya lo esencial: “He tocado la carne y he habitado la noche” y se pregunta: “¿Dónde, dime, respira/ la palabra que tanto amamos, la palabra/ que edificaba el lugar del deseo, que tenía/ el poder de crear mundos posibles que saldaran/ la deuda que la Historia nos dejó?” Y concluye: “Y acaso sólo quede el refugio apacible/de la ciudad que abandonaste, la tregua del domingo/ o la mano del padre y la lluvia de antaño./ Ya no llueve como antes.” En la lluvia se resume la existencia, nada ya es como antes. Y sigue “la tierra prometida se ha llenado de frío y la casa/ que heredaste es un lugar extraño.”

Y después de buscarse tanto a sí mismo, de haber vivido, acaba diciendo: “Quizá solo te salve ese refugio,/ esa casa de campo que fue un sueño del padre/ y que hoy te espera, huérfana, detrás de las montañas”. El libro empieza en la casa del padre y acaba en la casa del padre. La conciencia de que la vida es sólo un paréntesis es muy dolorosa. Al menos nos queda un pequeño refugio, el de la infancia, el de la memoria. ¿Ha encontrado al fin el poeta el fondo del espejo en este viaje interior? ¿Ha encontrado respuestas? Para eso nos sirve la palabra, el poema, para hacernos preguntas que muchas veces no tienen respuesta. O quizá sí.

POEMAS RESCATADOS

Esta nueva edición de La densidad de los espejos se cierra con un añadido titulado “Poemas paralelos”. Esa parte no fue incluida en la primera edición, como señalé al principio, puesto que los poemas estaban sin terminar. Son poemas que participan del mismo mundo que los anteriores, según el propio poeta nos dice en el prólogo.

Destaca, según mi opinión en este apartado “Otro febrero (Recuerdo de la madre)” donde vuelve a aparecer la imagen del espejo: “Ella/ me regaló un espejo” y más adelante escribe: “En su mirada había una extraña advertencia:/ guárdalo sin mirarte, sólo/ cuando la flor apunte en el albaricoque/ sácalo de la cómoda/ y contempla tu rostro”.

En “Aromas”, los olores, las fragancias hacen que el pasado se apropie del presente, el olor acre de la madera de la cómoda, el olor a trigo y a granero en el descubrimiento del sexo adolescente, el humo, el olor a leña o a tabaco de pipa, a los cines de invierno y de sesión continua, a hierba segada o a lana humedecida por la lluvia. Donde se aloja “lo que no prescribe por ser parte,/ andamio o esqueleto de tu vida.” Donde el poeta existe “acaso no completo pero sí perfilado/ para  el ojo interior que no claudica:/ esa lente deforme/ que llamamos memoria.”

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(*) Pilar Herranz Adeva es poeta. Nacida en Soria, es autora del libro El llanto del mundo, con el que fue finalista del Premio Gerardo Diego.  

La densidad de los espejos. Manuel Rico. Con epílogo de Manuel Vázquez Montalbán.  El Sastre de Apollinaire. Madrid, 2017.

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