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miércoles. 28.09.2022
CUERPO DE GUARDIA

Efecto PISA

Capitán Lagarta | Podríamos llamar “efecto PISA” al conjunto de bobadas que toca oír tras cada informe...

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Podríamos llamar “efecto PISA” al conjunto de bobadas que toca oír tras cada informe: que miden mal, que nos tienen manía, que somos más felices, que no hay derecho porque examinan a los repes y a los inmigrantes, que si midiesen los valores seríamos los primeros... Pero en el número uno de las 40 principales está la mayor, por evidente, de las tonterías: “la responsabilidad de la educación es cosa de todos; de la familia, de la ley, de los profesores, de los alumnos, de la sociedad y del sursuncorda”. Cuesta creer que gente tan ilustrada siga dando vueltas eternamente al tornillo de la corresponsabilidad sin caer en la cuenta de que está pasado de rosca. Las verdades multicausales suelen pecar de contraproducencia: “unos por otros, la casa sin barrer”. El capitán sugiere que coja el toro por los cuernos quien por profesión tiene más responsabilidad, la docencia. Se revalidará a los alumnos, pero ¿quién se atrevería a revalidar a la docencia? ¿quis custodiet ipsos custodes?. Algunos profesores, sin apenas autocrítica, achacan el fracaso a la falta de atención del alumno; “encuentre la hipotenusa”, dice el enunciado de un problema, y el alumno la señala en el examen con una flecha escribiendo “aquí está” , y el profesor se descojona, y le casca un cero. Otro cero para la niña que, a la pregunta típica de completar los puntos: “Napoleón murió en....”, responde “en-FERMO”. Otros echan balones fuera con aquello de “es que ves a los padres y te explicas lo del hijo” o “no hay quien los aguante”, sin preguntarse por qué los mismos críos montan las de San Quintín a las 9.00 con un profe y a las 11.00 están tranquilos como malvas con otro. ¿Habrá que tomar como modelo la metodología del profesor de las 11.00? o ¿habrá que difundir el libelo de droga a los alumnos?. Lo bueno del asunto es que absolutamente todos lo hacen lo mejor que pueden, incluso a veces mejor de lo que pueden. Por tanto, tres recomendaciones: a) con la LOGSE, la LOE o la LOMCE, libertad de cátedra, ¡viva la Institución Libre de Enseñanza!, b) depositar en el contenedor azul los apuntes del año pasado y los libros de texto, condenándose así a generar materiales didácticos en el aula, c) doctorarse en metodología aprendiendo de los profesores excepcionales. Dos grupos de alumnos en un mismo instituto; el profe del grupo B aborda el tema del mercado de valores conectando a wikipedia la pizarra digital que costó un huevo de la cara; parece que ya le oímos: “bla, bla...las actividades de mercado primario y secundario y la transacción y colocación emisiones de valores de renta fija y variable...bla, bla...”. En solo media hora asesina al mismísimo Pigmalión cargándose, con premeditación, alevosía y nocturnidad, la motivación de la clase. Puerta con puerta, la profe del grupo A acaba de entregar dinero de mentirijillas a sus alumnos, animándoles a invertirlo en dos empresas escogidas al azar de las páginas salmón de la prensa. A los pocos días veremos cómo Jaimito, el de los chistes, consuela en el recreo a Carmela diciéndole: “ya te avisé que Bankia no era un valor seguro”. Al final del curso, en el grupo A aprobarán veintiún alumnos y en el grupo B, tan solo tres, la economía no se les da bien. O atribuimos la responsabilidad de estos resultados a la docencia, o nos sacamos de la manga la “teoría de la inteligencia generada fenotípicamente por la primera letra del primer apellido del alumno”: si se llama Ramírez -el grupo B va de la M a la Z-  es un borrico,  y si su apellido es Álvarez   -el grupo A va de la A a la L- es un posible sucesor de Keynes. Si un alumno ve un pagaré pintado en el libro, pero no lo cubre y lo emite, el próximo informe PISA dirá que no sabe nada de nada, nadita.

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