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domingo. 26.06.2022

Setenta y cinco años sin Machado

Por Pedro Luis Angosto | Hace setenta y cinco años de la muerte de Machado en Collioure. Fue a las tres de la tarde de un 22 de febrero de 1939 cuando dejó de respirar el poeta, pero se había ido antes, mucho antes, el día en que la sinrazón regresó para destruir su Patria.

antonio

Un día de primavera de 1937, Valencia era la capital de la República, un hombre pequeño, vivaz, inquieto, delgado, con ojos de gato escaldado, solitario, paseaba tranquilo por las calles alborotadas de la ciudad. Se llamaba Santiago Pijasanta, vestía traje miliciano y estaba de permiso hasta la noche. Originario de las sierras del sur de Albacete, nunca había ido a la escuela y Valencia había sido, a la fuerza, su primera salida al exterior. Las calles ardían, gente de un lado para otro, camionetas, mozos, ruido de sirenas, posible bombardeo. Ante un edificio grande, muchedumbre, silenciosa, absorta intentado oír lo que sale por los altoparlantes. Santiago mira y observa, no oye nada pero quiere oír, curioso desde que vio la luz. Aprovecha una grieta y se cuela hasta adentro. Es un teatro y en el escenario, sentado tras una mesa con un flexo que alumbra viejos papeles, un hombre con lentes redondas habla enredado en las volutas de un cigarro: “Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y, naturalmente, contra vosotros. Sólo me atrevo a aconsejaros que la hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa; por ejemplo: de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos…”. Santiago escucha, ahora oye, y entiende, y siente como le tiembla el cuerpo y las entendederas, y los cojones del alma como nunca antes sucedió. El hombre de las gafas redondas, con muchos más años de los que tiene, continúa reposado pero sin vacilar: “Porque yo no puedo aceptar que el poeta sea un hombre estéril que huya de la vida para forjarse quiméricamente una vida mejor en que gozar de la contemplación de sí mismo. Y he añadido: ¿no seríamos capaces de soñar con los ojos abiertos en la vida activa, en la vida militante?...  El divino Platón filosofaba sobre los hombros de los esclavos. Para nosotros es esto éticamente imposible. Porque nada nos autoriza ya a arrojar sobre la espalda de nuestro prójimo las faenas de pan llevar, el trabajo marcado con el signo de la necesidad, mientras nosotros vacamos a las altas y libres actividades del espíritu, que son las específicamente humanas. No. El trabajo propiamente dicho, la actividad que se realiza por necesidad ineluctable de nuestro destino, en circunstancias obligadas de lugar y de tiempo, puede coincidir o no coincidir con nuestra vocación. Esta coincidencia se da unas veces, otras no; en algunos casos es imposible que se produzca. Pensad en las faenas de las minas, en la limpieza y dragado de las alcantarillas, en muchas labores de oficina, tan embrutecedoras... Lo necesario es trabajar, de ningún modo la coincidencia del trabajo con la vocación del que lo realiza. Y este trabajo necesario que, lejos de enaltecer al hombre, le humilla, y aun pudiera degradarle, el que debe repartirse por igual entre todos, para que todos puedan disponer del tiempo preciso y la energía necesaria que requieren las actividades libres, ni superfluas ni parasitarias, merced a las cuales el hombre se aventaja a los otros primates. Si queda esto bien asentado entre nosotros, podremos pasar a examinar cuánto hay de supersticioso en el culto apologético del trabajo…”. Aplaude la gente, aplaude Santiago, más no demasiado, no quieren interrumpir, desean seguir escuchando a aquel hombre que extrae la voz antigua de la tierra y la esparce, para dar vida, envuelta en sentido, razón y belleza: “Si preguntáis ahora ¿por qué esos militares rebeldes volvieron contra el pueblo las mismas armas que el pueblo había puesto en sus manos para la defensa de la nación? ¿Por qué, no contentos con esto, abrieron las fronteras y los puertos de España a los anhelos imperialistas de las potencias extranjeras? Yo os contestaría: en primer lugar, por los treinta dineros de Judas; quiero decir por las míseras ventajas que obtendrían ellos, los pobres traidores a España, en el caso de una plena victoria de las armas de Italia y Alemania en nuestro suelo. En segundo lugar, por la rencorosa frivolidad, no menos judaica, que no mide nunca las consecuencias de sus actos. Ellos se rebelaron contra un gobierno de hombres honrados, atentos a las aspiraciones más justas del pueblo, cuya voluntad legítimamente representaban. ¿Cuál era el gran delito de este Gobierno, lleno de respeto, de mesura y de tolerancia? Gobernar en un sentido de porvenir, que es el sentido esencial de la historia. Para derribar a este Gobierno, que ni había atropellado ningún derecho ni olvidado ninguno de sus deberes, decidieron vender España entera a la reacción europea. Por fortuna la venta se ha realizado en falso, como siempre que el vendedor no dispone de la mercancía que ofrece. Porque a España, hoy como ayer, la defiende el pueblo, es el pueblo mismo, algo muy difícil de enajenar. Porque por encima y por debajo y a través de la truhanería inagotable de la política internacional burguesa, vigila la conciencia universal de los trabajadores. ¡Viva España! ¡Viva el pueblo! ¡Viva el Socorro Rojo Internacional! ¡Viva la República española!”. Y Santiago Pijasanta se rompe las manos, y la boca y las entrañas mientras sus ojos encharcados no pueden desviarse de aquel hombre apacible, bondadoso, enfermo y fuerte. Era Antonio Machado quien hablaba.

Comenzó a acabar la guerra, Santiago acompañó al maestro a Barcelona, y de Barcelona por Le Perthus al Rosellón, perseguido como un delincuente feroz que hubiese llenado la vida de muerte por quienes si la habían llenado, atravesando la nieve, con su madre vieja, pero no más que él, con sus hermanos, temiendo por ellos, encogido el corazón ante la tragedia de España, la pasada y la que estaba por venir, la más terrible que jamás había sufrido su Patria, acostumbrada como estaba a través de los siglos al mal gobierno de déspotas bárbaros e ignorantes. Y en Colliure, Santiago Pijasanta vio agonizar a aquel hombre único del que nunca, hasta aquel día valenciano, había oído hablar, y después a su madre, y después a España, ardiendo sus entresijos, “vendida toda de río a río, de monte a monte, de mar a mar”.

Hoy hace setenta y cinco años de la muerte de Machado en Collioure. Sus restos descansan junto a los de García Lorca, Luis Cernuda, León Felipe, Max Aub, Manuel Azaña, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre, Jorge Guillen, Rafael Alberti, Juan Negrín, Roberto Castrovido, Pedro Salinas, Emilio Prados, Blas Cabrera y cientos de miles de “Pijasantas” que lucharon en solitario contra la España de las tinieblas y el dolor sempiterno, esa que hoy vuelve a asomar el hocico.... Fue a las tres de la tarde de un 22 de febrero de 1939, a las tres de la tarde dejó de respirar el poeta, pero se había ido antes, mucho antes, el día en que la sinrazón regresó para destruir su Patria. Su último poema:

Varón de nuestra raza,
Équite egregio de las altas tierras
Entre dos Sierras Madres,
Noble por español y por azteca
Tú has sentido solícito y piadoso
-sonrisa paternal, mano fraterna-
El rudo parto de la vieja España
Y a la que va a nacer España nueva
Acudes con amor, Méjico libre
Libertador que el estandarte llevas
De las Españas todas,
¡Te colme Dios de luz y de riquezas!

Setenta y cinco años sin Machado