miércoles 20/1/21

Serrat, el compromiso ético con la vida y la belleza

Foto: Flickr
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En una lejana entrevista, decía Iñaki Gabilondo que hoy resultaba extremadamente complejo profundizar en las noticias. En su opinión, la gente desea estar informada pero superficialmente, con noticias relámpago, de ahí el éxito que tienen las redes sociales y que los informativos televisivos se hayan convertido en apéndices de las secciones de deportes y cotilleo mientras tratan al oyente, televidente o lector como analfabeto funcional. Tal vez sea ese su verdadero y único propósito.

Por otra parte, cada día resulta más evidente que independientemente de que la clase política lo esté haciendo mejor o peor, la sociedad también tiene su responsabilidad en la cosa pública y que está renunciando de modo inconsciente a ella, dejándose llevar por los cantos catastrofistas y embusteros de otros políticos demagogos y reaccionarios que hablan pestes de la política y se dedican a llenarlo todo de mierda a la espera de un estallido militar, popular o financiero que regrese las cosas al lugar del que nunca debieron salir, haciendo real aquellas palabras de Don Manuel Azaña que hablaban de la pasividad del pueblo y la intransigencia de la derecha como principales dificultades para establecer en nuestro país reformas que llevan décadas en Europa. 

Creo que ambas apreciaciones son palpables en la mayor parte de España, no se trata ya de que una institución fundamental para la democracia como son los partidos políticos no tengan una militancia abundante que condicione su devenir, que apenas un veinte por ciento de los trabajadores paguen cuota a algún sindicato, es que ni las asociaciones de vecinos, ni las ampas, ni las comunidades de propietarios, ni tan siquiera las organizaciones de consumidores nos atraen: El español ha optado por el “laissez faire, laissez passer”, es decir por el pasotismo más inquietante que deriva en reacciones irracionales y bruscas, por la indolencia, la abulia y la resignación de que hablaban Costa, Ganivet o Picavea. Sólo aquellas asociaciones relacionadas con fiestas patronales católicas, festejos, deportes, localismos o nacionalismos -normalmente controladas por gentes en extremo conservadoras- tienen entre nosotros aceptación al haber sido vendidas y socializadas como el alma verdadera de cada pueblo o aldea. Es el egoísmo socializado, una nueva forma de vivir que indudablemente nos lleva a la desestructuración social. Sálvese quien pueda parece ser el lema de esta nueva sociedad que, por supuesto, no tiene nada de nueva, lo nuevo fue la solidaridad, la preocupación individual y colectiva por los más desfavorecidos, la lucha por el progreso, hoy en franca decadencia en toda Europa pese a su juventud. Parece que las aguas tornan a su cauce y los viejos modos, las viejas y caducas costumbres de antaño, en todos los órdenes de la vida, político, económico, laboral, cultural y social, vuelven a ser predominantes, incluso el patriotismo de baratillo, el clasismo, el racismo y la demanda autoritaria encuentran buen acomodo en estos tiempos extraños. Esperemos que sea algo pasajero porque hace tiempo que sabemos como acaban esos procesos de autodestrucción.

Su vida y sus canciones han sido una misma cosa, un ejemplo maravilloso de ética ciudadana y de sensibilidad

Es muy posible que en este pequeño rincón privilegiado del mundo que es España, que es Europa, andemos tan agobiados con nuestras carencias, trabajos, compras y el cuidado de nuestro estatus que sólo el escapismo, el meter la cabeza debajo del ala, el estoicismo de tres al cuarto, el nihilismo nos ayuden a subsistir. Sin embargo, debiera ocurrir lo contrario. Cubiertas las necesidades materiales de muchos, tendríamos que ser felices, dedicarnos a cultivar nuestro espíritu y a ayudar al prójimo, a quienes menos suerte han tenido en esta vida corta y efímera. No es así. Huimos. Luego con echarle la culpa de todo a los políticos –todavía no sé como puede haber gente con vocación política sincera, que la hay- nos quedamos tan panchos y dormimos a pierna suelta. Torturas, excluidos, hambrientos, emigrantes ahogados, África que se desangra...: bastante tengo yo con pagar el colegio de mis niños, la hipoteca y el coche nuevo, que, sepan ustedes, tiene unas prestaciones inmejorables. Esas otras cosas, que las resuelvan los inútiles de los políticos, para eso les pagamos.

Empero, no todo el mundo es así y años tras año, día tras día, pase el tiempo que pase, haga frío o calor, malamar o mar serena, “sacándose un conejo de la vieja chistera”, entre tanta calamidad y tanto desprecio por el dolor ajeno, aparece un monumento humano que nos hace a muchos conservar la esperanza en el ser humano: Juan Manuel Serrat, “el noi del Poble Sec”, el hombre que nos enseñó a Machado, a Hernández, a León Felipe, a Alberti, a Papasseit, a Benedetti, el juglar que, en catalán y en castellano, ha escrito cien de las mejores canciones de la historia, el poeta que nos hace llorar en silencio, que nos emociona y nos llena de auténtica dicha, el ciudadano que siempre estuvo al lado de las causas perdidas. Su vida y sus canciones han sido una misma cosa, un ejemplo maravilloso de ética ciudadana y de sensibilidad. Pese al éxito y las desgracias, el sexador de pollos que fue Joan Manuel, ayudado “por las musas que nunca pasaron de él”, “subido a un taburete”, bailando con “Curro el Palmo” en una playa del “Mediterráneo”, siempre ha tenido la misma sencillez, la misma placentera sonrisa, la misma modesta grandeza que lo ha convertido en un referente humano excepcional, en una vacuna para escépticos, en una criatura inimitable que nos ha llenado la vida de emociones, de alegrías, de tristezas, de ternura, sin renunciar nunca a su compromiso con el hombre. Nada de lo humano le ha sido, le es, ajeno. Todo un ejemplo, a seguir.

Serrat, el compromiso ético con la vida y la belleza