lunes. 15.04.2024
La mirada de Ana Pérez Cañamares

Seguir más allá de la herida | "18 ciervas", de Rosana Acquaroni

La poeta Ana Pérez Cañamares realiza, en las líneas que siguen, un acercamiento al último libro de Rosana Acquaroni a partir de su propia experiencia personal. Un texto que va más allá (y más hondamente) de una reseña para adentrarse en los vínculos entre la poesía y la vida y entre la literatura y el contexto social, histórico, político
Acquaroni © Pepo Paz Saz (8)
Rosana Acquaroni © Pepo Paz Saz

Poesía | ANA PÉREZ CAÑAMARES

Hace unos años publiqué unos poemas bajo el título de Economía de guerra, escritos en la vorágine del 15M. Pero, ay, resulta que, al año siguiente, en 2012, bien avanzada la cuarentena, me enamoro y mi siguiente libro, De regreso a nosotros, es una oda al amor canoso. Y dentro de la felicidad que me producía a nivel biográfico, también había una especie de vergüenza. O sea, que a esta mujer, que se ha pasado un año entre asambleas y manifestaciones y escribiendo sobre ello, no se le ocurre otra cosa ahora que refugiarse en lo más íntimo, en lo más gozoso, y contar lo feliz que está y lo guapo que es su madurito novio, mientras afuera nos siguen jodiendo a base de bien y hay familias a las que desahucian y personas que se la juegan defendiéndolas.

Dos de mis maestros (aún no me había arreado fuerte el feminismo y tenía más maestros que maestras) me abrieron los ojos: el primero fue Antonio Orihuela, que me dijo que antes llevaría a una manifestación mi libro de amor que por ejemplo el Libro Rojo de Mao (palabras textuales). Y Enrique Falcón me dio la clave definitiva: los temas, de por sí, no son políticos; o lo que es lo mismo, cualquier tema puede ser político; lo que hay que tener en cuenta es la perspectiva y el contexto. 

Acquaroni © Pepo Paz Saz (8)
Rosana Acquaroni © Pepo Paz Saz

¿Por qué este empeño en que mi poesía – o la poesía que me gusta e interesa- pueda definirse como política, en un momento en que la palabra parece gastada e incluso despectiva? Precisamente para recuperarla y reivindicarla. Porque para mí, la política no es solo aquello a lo que se dedican un grupo de personas que acumulan gran parte del poder y que rige nuestras vidas sin dejarnos mucho margen de maniobra. En un sentido más amplio, política son las actividades que desarrollamos con otros, el arte que creamos para los demás y el diálogo que establecemos por cualquier vía para oponernos a lo injusto, a lo falso, a lo que nos constriñe, y también para promover y celebrar todo lo contrario, aquello que nos hace humanos, solidarios, conscientes y libres. 

La maravillosa Szymborska lo explica muy bien en uno de sus poemas, que comienza así: Somos hijos de la época, la época es política.

Todos tus, nuestros, vuestros asuntos diarios, asuntos nocturnos son asuntos políticos.

Toda esta introducción para decir que creo que estamos ante un poemario profundamente político en el mejor de los sentidos.  Porque a estas alturas sabemos que, tal y como nos ha dicho el feminismo por activa y por pasiva, lo personal es político. Y retomando aquello que me dijo Quique Falcón, que es la perspectiva y el contexto lo que hace que un poema sea político, por encima del tema, me gustaría daros mi lectura de 18 ciervas en esta clave.

La perspectiva es política porque su yo no solo se queda apegado a lo autobiográfico, sino que también se eleva por encima de sí para darnos una voz que pertenece a un nosotros y sobre todo a un nosotras. Es íntima pero no narcisista, porque también se desdobla, se complejiza, se multiplica en infinidad de capas. Nos presta generosamente un reflejo que no es complaciente ni cerrado, sino que incorpora en los poemas otras voces, propias y ajenas, y con ellas construye la inteligencia colectiva que se da en la buena poesía.

Cuando la poeta se nos hace más evidente, no teme mostrar el lugar desde el que habla. “Desde entonces me digo la verdad”, dice Rosana. La palabra de una mujer madura que proclama su amor, su gozo, su cuerpo, su sensualidad y su sexualidad, sus miedos y sus triunfos, con voluntad de visibilidad y afirmación por encima de estereotipos, del pudor sino impuesto siempre aconsejado, resulta necesariamente comprometida y revolucionaria. Como lo es defender un amor maduro, el que no es rentable porque no protagoniza anuncios de perfumes, ese amor que desafía al tiempo y al que cantaba Adrienne Rich con estos versos “Porque ya no somos jóvenes, las semanas han de bastar por los años sin conocernos”. O como dice Rosana: “un amor que pretende ser oído/aunque nace caduco/cubierto de ceniza/ y no quiere durar/sino acabándose”.

Pero ella no se queda ahí, en lo que podría ser casi fácil: también viaja hacia el pasado. “Hay que vivirlo todo”, dice un verso del primer poema. Lo que esa cierva que “el bosque eligió para mí como encendida quietud tras el ramaje”, parece pedirle es y cuéntalo todo: la rutina del dolor, del desprecio, de los insultos, de la tristeza, las rendiciones, “el precio que pagamos/con el solo propósito/de sentirnos amadas”; todo aquello que unas y otros sabemos pero solemos callar, por vergüenza, por culpa o por afán de tirar hacia adelante. Ya sabíamos, desde La casa grande, que Rosana es una poeta valiente, que es “la que quiere saber”, no por afán morboso, sino para “tocar el fondo de la herida” y encontrar su lucidez, su enseñanza, su advertencia. Pero aquí hay un salto cualitativo. En este sentido, el poema “Cuando se despliega la fiebre” me parece uno de los más dolorosos y arriesgados de los que he leído.

18 ciervas cubierta ALTA RESOLUCIÓN

Recupero el contexto del que hablaba Falcón. En unos tiempos en los que las palabras se estiran, trocean, vacían hasta hacerlas vanas e incluso contrarias a su significado original, el amor y el respeto hacia ellas que demuestra este libro me resulta también una afirmación política. He sido testigo privilegiado de cómo cada una ha sido pensada, calculada, apreciada. La magia de la poesía es que luego, todas juntas, se expanden y construyen un universo en el que la paradoja las dota de connotaciones que pueden sorprender incluso a sus autores. Porque es este un poemario tremendamente paradójico, como lo es toda buena literatura y como es la realidad que algunos pretenden que sea unívoca y monolítica: es luminoso y oscuro a la vez, claro y simbólico, delicado y firme, triste y esperanzador. Habla de una alegría ganada con voluntad y decisión a la desesperanza. 

No se sale indemne de este libro, orgánico como un bosque, suave como el musgo en los pies, pero a veces también acerado como las piedrecitas o las pinochas que se nos clavan. Contiene una historia, pero también la simbología y los sueños que la sustentan desde lo oscuro, desde la raíz, desde el otro lado. Nos conecta con algo que tiene y no tiene que ver con las palabras. Con cómo nos decimos las cosas, con cómo las sabemos y las intuimos. La poeta Cristina Morano me dijo una vez que un buen poema guarda preguntas que no es necesario responder. En este poemario, la belleza nos vale como certeza, como verdad resbaladiza, sutil, fugaz, resplandeciente, inquietante a veces. Sus imágenes nos llevan a nuestra vida, pero también a las vidas no vividas, intuidas entre el ramaje, o al otro lado de la cama. O incluso en nuestro propio cuerpo, en las voces que contestan desde dentro, que son y no son nosotras mismas. 

“Defiende tus alas”, tengo tatuado en la espalda. Ahora le añadiría este verso de Rosana: “Caer en lo que somos/abandonar las alas”. Creo que los dos son verdad, de esas verdades que susurran las ciervas. Las que dictan poemas que hablan de su vulnerabilidad, pero también de su instinto para la huida hacia la salvación. Poemas políticos, en la medida en que disparan hacia lo falso, lo represor y nos recuerdan la buena vida por la que peleamos; o en palabras de Rosana: poemas que nos impulsan a seguir más allá de la herida y desembarcar en la playa de las vivas.

18 ciervas. ROSANA ACQUARONI. 127 pgs. Bartleby Editores. Madrid, 2023. COMPRA ONLINE


copy Luis Orlando Martínez 2
ANA PÉREZ CAÑAMARES es poeta y ensayista
Foto de Luis Orlando Martínez2

Seguir más allá de la herida | "18 ciervas", de Rosana Acquaroni