sábado 19/9/20

Rock´n´roll y drogas: creación y destrucción

La historia del rock´n´roll está ligada desde sus inicios al exceso, al uso y abuso de las drogas hasta llegar al punto de la autodestrucción. En este reportaje echamos un rápido vistazo a la vida de algunos mitos del rock, cuya existencia (y muerte) estuvo marcada por la droga.
NUEVATRIBUNA.ES / ANTONIO SANTO 08.10.10

Este reportaje fue publicado anteriormente por la revista Yerba.

Rock´n´roll attitude en la historia

El rock se ha visto relacionado, desde sus inicios, con el exceso. Aquella música estridente, con bailes provocadores y lascivos, escandalizó a la gente de bien. Sus creadores (decían) eran jóvenes pervertidos, entregados por completo al desenfreno y las drogas; jamás se había visto inmoralidad semejante. Esta forma de pensar (que ha resistido hasta hoy con muy buena salud) demuestra la escasa memoria del ser humano: pocas cosas hay más antiguas que la rock´n´roll attitude. Fijémonos, por ejemplo, en la mitología griega, que cuenta el primer caso que se conoce de groupies frenéticas. Penteo, rey de Tebas, prohibió las bacanales para evitar la decadencia de su pueblo. Como venganza el dios del vino, Baco, enloqueció a la madre y las tías del rey, que escaparon al monte a adorar a su dios. El pobre Penteo, que intentó espiarlas para averiguar en qué consistían esos extraños ritos de sexo y alcohol, acabó descuartizado por las groupies báquicas.

Así, ya en la Antigüedad, el vino se convirtió en un modo de romper las barreras morales y sociales; una vía para trascender la propia identidad y conectar con el lado más instintivo y salvaje del ser humano. Esta búsqueda casi mística es el significado profundo de las orgías y bacanales celebradas por griegos y romanos. Al liberar la mente de toda atadura, los problemas y preocupaciones propios se diluyen; y a la vuelta de esa experiencia, tras enfrentarse a los demonios internos, quedaban purificados y tranquilos. No podemos olvidar otro tipo de celebraciones, menos controvertidas para la sociedad de la época: los simposios, que eran tertulias filosóficas, literarias o políticas de hombres de estado, bañadas en abundante alcohol. En El banquete, una de las obras más famosas de Platón, su maestro Sócrates y otros filósofos discuten sobre la naturaleza del amor mientras se emborrachan.

No son los únicos casos de usos místicos de alguna droga: los sufíes, secta mística del Islam, han utilizado tradicionalmente el hachís para concentrarse y meditar antes de sus rituales. Otras sectas lo empleaban también con peores intenciones: los hassassins (“fumadores de hachís” en árabe; de ellos procede la palabra “asesino”), cuyos miembros vivían en una fortaleza, rodeados de drogas y placeres. Cuando su señor quería que realizaran alguna misión, sencillamente los echaba del castillo; si no la cumplían, no se les permitiría volver a entrar en aquel Paraíso privado.

En general, en todo el mundo las drogas siempre han tenido un carácter mágico y religioso. En muchas leyendas aparecen pociones que hacen más fuerte al protagonista, o sirven para dormir o engañar a algún enemigo. La hechicera Circe o el mago Merlín eran auténticos maestros en el uso de drogas desconocidas. En las culturas tribales de América y África, los chamanes aún utilizan alucinógenos, como el peyote, para abrir la mente y comunicarse con dioses y espíritus.

En Occidente, por influencia del cristianismo, las drogas van perdiendo este factor religioso con el paso del tiempo. Sin embargo, al llegar el siglo XIX, la bohemia las redescubrió como herramienta de inspiración y autoexploración. Estos “poetas malditos” se veían inmersos en un mundo que no les gustaba y que no les aceptaba: la decadente Europa de la época empezaba a cambiar cada vez más deprisa; las ciudades se volvían para ellos monstruos alienantes a los que amaban tanto como temían. Estaban enfermos de hastío, un aburrimiento vital y espiritual al que llamaban “el peor de los pecados”. Para ellos, drogas como el opio, el hachís o el láudano no eran sólo una vía de escape. También les aportaban una forma distinta de ver el mundo, y un camino para autoconocerse. Sólo alterando su percepción podían observar su mente desde fuera y entenderse a sí mismos. Eran, como Baudelaire los llamó, “paraísos artificiales” que podían invocar cuando quisieran, y que les permitían crear un arte tan apasionado como alucinado y oscuro. Además de Baudelaire, otros artistas utilizaron las drogas y hablaron de ellas en sus obras; en algunos casos, como el de Arthur Rimbaud, parece evidente que esa experiencia sirvió de inspiración para algunos de sus poemas. Valle-Inclán escribió un poema titulado La pipa de kif, y en sus esperpentos jugaba con la percepción del lector, mostrándole una realidad deformada, como en una alucinación cruel. Del mismo Shakespeare se dice que se relajaba e inspiraba para sus obras fumando hachís.

Y entonces, nació el rock´n´roll

Pero todo esto no son más que antecedentes para nuestra verdadera historia, que empieza en EEUU. Durante el siglo XIX, los esclavos negros no habían abandonado sus cánticos y ritmos traídos de África. A principios del XX, estos estilos van evolucionando hasta lo que serían más adelante el blues y el jazz. Mientras, la música country y western de los blancos también continuaba viva. Con la invención de la guitarra eléctrica, todos los ingredientes para el cóctel estaban ya a mano.

Es casi imposible señalar con seguridad a un solo músico como padre del rock. En la lista de pretendientes al puesto aparecen nombres muy importantes, como Little Richard, Chuck Berry, Buddy Holly... Sin embargo, sí podemos señalar un responsable de convertir el rock en un auténtico fenómeno de masas: un muchacho blanco que cantaba como los negros, y que bailaba como si tuviera las caderas ardiendo. Se llamaba Elvis Aaron Presley: Elvis Presley, el Rey del Rock.

Elvis empezó a publicar su música en Memphis teniendo sólo 19 años. Tras triunfar en su ciudad, se trasladó (a cambio de 35.000 dólares y un Cadillac) de la pequeña compañía discográfica para la que trabajaba a la gran RCA. En los cuatro años que siguieron hasta su marcha al servicio militar, el Rey rompió todos los récords de venta: situó once singles y cuatro discos en el número uno de las listas, y hasta protagonizó cuatro películas. Tras dos años en Alemania, sirviendo en el ejército estadounidense, regresó por todo lo alto con una actuación de 10 minutos en el programa de Frank Sinatra, que reunió a 40 millones de espectadores delante del televisor. El rock era ya una religión, y Elvis el sumo sacerdote.

Durante los años 60 se dedicó a hacer películas más bien infames; en aquellos años se fue apagando poco a poco su estrella, eclipsada por las nuevas generaciones de músicos que iban llegando, como los Beatles, a los que admiraba pero llegó a acusar (curiosamente) de inducir a la juventud al consumo de drogas. Pero aún le quedaban récords que romper: en 1973 realiza el primer concierto televisado vía satélite de la historia, con una audiencia estimada de 1500 millones de personas.

La estrella del Rey del Rock se apagó definitivamente en 1977. Estaba inmerso en una gran depresión por causa de su reciente divorcio; había engordado hasta alejarse por completo de su imagen de chico guapo. Agobiado por su decadencia física y por el estrés de unas giras extenuantes, en los últimos años había encontrado una huida en el alcohol y los barbitúricos. Una noche de agosto lo encontraron inconsciente en el baño de su habitación, y ya no despertó. Tras una vida intensa y rápida de lujo, diversión y grandeza, con la muerte de Elvis acababa de consagrarse el mayor de los mitos del rock´n´roll.
“Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. James Dean resumió así el que habría de ser el destino de las verdaderas leyendas del rock: y Elvis Presley fue el primero en cumplirlo. Una vida intensa y desenfrenada, una imagen agresiva y provocadora y una muerte espectacular: tópicos asociados al rock desde sus inicios. Por eso tanto detractores como aficionados identificaron pronto el consumo de drogas con la música rock: los primeros lo consideraban la música de la juventud decadente; los segundos apreciaban la imagen valiente y divertida de los rockeros, y las drogas formaban parte de su corte de mangas a la sociedad (o eran una vía de escape para la presión que recibían).

El verano del amor, el otoño psicodélico

Pero antes de que muriera el Rey, ya habían aparecido sus sucesores. En los 60 nació una contracultura en EEUU que indignó más aún a los sectores más conservadores de la sociedad: el movimiento hippie. Una vez más, hizo falta que se juntaran muchos factores: el activismo pacifista (principalmente estudiantil) contra la guerra de Vietnam, y la reivindicación del “amor libre” que siguió; el abandono progresivo del pop de los Beatles, ya muy influyentes, además de la aparición de otras bandas como The Mamas & The Papas... Además de otro factor muy importante: la del uso de las drogas para ampliar la percepción. En los años 40, un científico llamado Albert Hofmann descubrió por error el LSD y su efecto alucinógeno. En 1954 y tras experimentar con mezcalina, el escritor Aldous Huxley afirmó, en su libro Las puertas de la percepción, que la mente creaba barreras y filtros entre ella y la realidad. Según él, sólo las drogas podían abrir esas puertas, derribar los límites de los sentidos y permitir así acceder a experiencias nunca antes vividas. El movimiento hippie recogió estas ideas y utilizó ampliamente la marihuana, el LSD, el alcohol y otras drogas como herramientas para la meditación y la introspección; pero también, abiertamente y sin complejos, con usos recreativos.

Esta contracultura no sólo reunió a músicos: en la época hubo toda una cultura underground en los EEUU, principalmente escritores y dibujantes. El cómic (con autores como Robert Crumb) ganó un papel que no había tenido hasta ese momento: el de la reivindicación y la rebeldía. Sin embargo, ningún otro arte tuvo tanta influencia y repercusión social como la música. El acto fundacional del movimiento hippie ocurrió en 1967 en San Francisco: el llamado Verano del Amor; pero no tocarían techo hasta el que sería, además, su canto del cisne: el festival de Woodstock de 1969. En Woodstock se juntaron las mejores bandas y solistas de la época. Todo el que era alguien estaba allí: Joan Baez, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, Carlos Santana, Joe Cocker, The Band, Jefferson Airplane... Fueron tres días de música de las mejores bandas del siglo XX, aderezada con abundante marihuana, ácido y sexo (por cortesía del amor libre).

¿Y quiénes eran aquellos peludos que aporreaban guitarras desde el escenario? En su mayoría, los nuevos hijos de la aún joven música rock, dedicados a vivir intensamente y explorar, mediante la meditación, el arte y las drogas, todos los rincones del alma humana. Los 60 dejaron tres grandes iconos, muy distintos en sus estilos musicales pero ciertamente parecidos en su historia personal: Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison. Los tres revolucionaron la música; los tres fueron los mejores de su tiempo; los tres murieron con menos de un año de diferencia (entre 1970 y 1971), cuando ninguno de ellos llegaba a los 30 años.

Jimi Hendrix soñaba desde pequeño con ser guitarrista; tocar era lo único que se le daba bien, hasta el punto de que llegó a ser el mejor. Su estilo a la guitarra tiene una potencia inusual, una fuerza delirante que sale de lo más profundo;: pero a la vez mantiene la fuerza expresiva y sentimental del blues. Nunca el himno de EEUU ha sonado mejor que en la versión que Hendrix hizo de él para cerrar el festival de Woodstock, para demostrar que se podía estar en contra de la política oficial sin dejar de ser un verdadero ciudadano. Jimi era, además, un auténtico vendaval en el escenario: son míticas sus imágenes destrozando y quemando guitarras, pateando los amplificadores... Era consumidor de LSD y marihuana, tanto para evadirse de un agobiante ritmo de vida como para crear y sacar el lado salvaje que mostraba en escena. Murió sin llegar a grabar su cuarto álbum, en lo más alto de su carrera, por sobredosis de una mezcla de somníferos y alcohol.

Janis Joplin es un caso parecido. La primera mujer blanca a la que se consideró estrella del rock se pasó toda su vida enfrentándose a los prejuicios establecidos, como el racismo y el machismo. Se convirtió en todo un icono, no sólo musical, sino también para las mujeres de su época. Era muy revolucionario que una mujer se sumara al desenfreno y el exceso asociados con la música rock. Sin embargo, tenía graves problemas de autoestima, que le habían conducido a rachas autodestructivas muy peligrosas. Aunque el éxito reforzó su amor propio, la fama la atemorizaba y agobiaba. Además de alcohol, empezó a consumir heroína, la droga que terminaría matándola. “Sólo quiero algo de paz; nada que siente tan bien puede ser malo”, afirmaba.

El caso de Jim Morrison es diferente. Morrison era un artista polifacético, un intelectual con una capacidad de pensamiento muy importante. Había estudiado cine en la universidad; era un experto en poesía, y sólo por difundir sus textos poéticos (llegó a publicar tres libros de versos) aceptó formar una banda de rock. Decidió llamarla The Doors por una cita del poeta inglés William Blake: “si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”. Se volvió un verdadero estudioso de las drogas (especialmente del peyote), hasta el punto de escribir tratados teóricos sobre el tema. Defendía su uso como psicoactivo, como sustancia que ayudaba en muchos aspectos al trabajo del creador. En 1971 abandonó la música por miedo a acabar preso por escándalo público (ya que lo habían acusado, no se sabe del todo si falsamente o no, de masturbarse en un concierto); se trasladó a París para dedicarse a tiempo completo a la poesía. Al más puro estilo bohemio, murió en París, por causas desconocidas, unos pocos meses más tarde.

En los años 70, tras el fracaso de mayo del 68 y de los ideales hippies, se establece un movimiento que se había iniciado en los 60: la psicodelia. Jim Morrison ya había teorizado unos años antes sobre el uso de la droga para ampliar la percepción, lo que lo conectaba con los poetas malditos franceses. Si a esto le sumamos una influencia surrealista, tenemos la definición de lo psicodélico: un intento por manifestar la realidad interior del espíritu y la mente humanas. Sin embargo, esa manifestación acaba siendo alucinada y deforme, enloquecedora. Este sueño musical de ácido lo inició la banda inglesa Pink Floyd, liderada en sus primeros años por el visionario Syd Barrett (al que tuvieron que echar en el 68 por su excesivo consumo de LSD; al parecer, ya resultaba casi imposible sintonizarlo con el resto del mundo) y después por Roger Waters.

No fueron la única banda de este tipo: los míticos Led Zeppelin también tuvieron su etapa psicodélica. Una de las bandas que mejor ejemplifican el lema de “sexo, drogas y rock´n´roll”; además de ser de los grupos más importantes de la historia, son conocidas sus historias de excesos y sus legiones de fans deseando meterse en la cama de cualquiera de los miembros del grupo. El espíritu frívolo y festivo del glam, que triunfó en los primeros años 70, también utilizó las drogas ampliamente. Y por esta época, un todavía joven Iggy Pop sembraba, junto a su banda The Stooges, la semilla de lo que sería el punk (y empezaba a consumir heroína, droga de la que se ha desintoxicado ya varias veces hasta la fecha).

No es posible trazar una breve historia como ésta sin mencionar las dos bandas más famosas del siglo XX: The Beatles y The Rolling Stones. Si los primeros se fueron moderando con los años y tampoco fueron nunca excesivamente autodestructivos, no podemos decir lo mismo de los segundos. Sus Satánicas Majestades han tenido una vida igual de intensa hasta hace muy poco; no hay más que recordar el episodio de la caída de Keith Richards desde un cocotero (según él, desde entonces no ha vuelto a consumir cocaína). Lo que no entiende nadie es cómo se las han apañado para sobrevivir.

No future: del punk a la generación X

A finales de los 70 y durante los 80 triunfaría otro estilo musical muy asociado con las drogas, pero esta vez por un claro afán de autodestrucción: el punk. Esta especie de dadaísmo musical tiene su símbolo en Sid Vicious, bajista del grupo Sex Pistols; aunque él mismo reconocía que no tenía ni idea de tocar el bajo. No había cumplido aún los 22 años cuando murió por una sobredosis, provocada (tras un tratamiento de desintoxicación) por una heroína que le había proporcionado su propia madre. Por lo menos, Sid cumplió su última voluntad: ser enterrado junto a su novia, asesinada (en circunstancias bastante extrañas) poco tiempo antes, con la chupa de cuero y las botas puestas.

En los 80 y 90 serán muchos los grupos que se hagan famosos por sus escarceos con las drogas, y que las utilicen como herramientas de creación... O de caos: Shaun Ryder, cantante de los Happy Mondays, llegó a consumir hasta 20 dosis de crack diarias, lo que posiblemente causó que se le ocurriera “secuestrar” los originales del disco que estaba grabando, y exigir 40.000 libras como rescate al director de su discográfica. En España, los conocidos Héroes del Silencio incluyen la psicodelia y la alucinación en su música (con canciones con referencia directa, como “Opio”).

Hoy en día también tenemos ejemplos de músicos jóvenes con una vida de drogas y excesos: sirven de ejemplo Pete Doherty (ex cantante de The Libertines) o la diva del soul Amy Winehouse. A esta última se la ha visto en innumerables imágenes televisivas haciendo gala de sus adicciones, hasta el punto de decir en la ceremonia de entrega de los Premios Grammy que prefería que le dieran, más que un Grammy, un gramito. Sin embargo, no todo el mundo termina tan mal como algunos de los ejemplos anteriores. Además de los incombustibles Stones o el resistente Iggy Pop, hay músicos legendarios que moderan su consumo de drogas cuando van cumpliendo una edad: por ejemplo, Nick Cave, que superó la crisis creativa posterior a su desintoxicación y se encuentra ahora en una segunda juventud musical. En España, Joaquín Sabina dejó la cocaína después de un infarto cerebral (al que siempre llama “marichalazo”); Andrés Calamaro o Fito Cabrales son otros autores que afirman haber moderado su modo de vida. Está claro que hasta en el exceso hay grados.

En definitiva, el uso de las drogas para evadirse de la realidad o como instrumento para ampliar la percepción es tan viejo como el mundo; pero el gran circo del rock´n´roll lo magnifica todo, y nunca ha habido un arte que les haya sacado tanto partido ni que haya sufrido tanto por su causa como la música rock.

Rock´n´roll y drogas: creación y destrucción
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