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miércoles. 30.11.2022
Hachè Costa y Fernando Olmeda (Foto: Noira Olmeda)
Hachè Costa y Fernando Olmeda (Foto: Moira Olmeda)

La violencia del desamor es el hilo conductor del primer trabajo discográfico realizado de manera conjunta por el compositor Hachè Costa y el periodista y escritor Fernando OlmedaLa herida -publicado en edición limitada y numerada a mano- supone una nueva colaboración entre estos dos creadores, que ya ha dado atractivos frutos en los campos de los documentales biográficos para televisión y cine y las performances poético-musicales. 

La herida es un avance en su intención de observar la condición humana desde una perspectiva realista, descarnada pero nunca ausente de esperanza, apostando por una mayor dureza expresiva, tanto si lo comparamos con sus anteriores trabajos en colaboración como con la mayoría de las manifestaciones artísticas actuales. Se trata de una composición inusualmente violenta, abiertamente seductora, descarnada y desoladora. Una obra excepcional. 

Olmeda hilvana sus poemas -escritos en diferentes momentos vitales- con una lectura dolorosa que hace del silencio y de la espera su mayor aliado, arrastrando las palabras, rompiendo los versos y otorgándoles nuevo sentido y giros imprevisibles que, no obstante, garantizan en todo momento la continuidad sonora. Un recitado que, a través de una presencia vocal imponente, nos muestra a un Olmeda alejado del sentimentalismo, instalado en la sobriedad y en la expresividad parca. No necesita aquí más que la honestidad y la sinceridad, algo que sitúa a La herida en un campo narrativo más próximo al cine o a la radio, porque huye de los excesos líricos en los que suele caer el recitado poético con música.

Sentado al piano, Hachè Costa desgrana una partitura que aporta dimensiones múltiples que funcionan como reinterpretaciones del texto. Sea mediante la confrontación (la música calla cuando el verso grita), la imitación (el piano imita la rítmica, el tono, el contenido del poema) o dirigiéndose a un mundo aparte (numerosos pasajes en los que la voz habita un mundo de vacío y silencio, mientras que el piano resulta atronador), su música nos hace recordar que las pasiones humanas son, a un tiempo, luz y oscuridad. Y lo hace amando y maltratando de manera obsesiva cada nota que escribe. Mostrándonos que, como el amor, las cuerdas del piano son capaces de alcanzar los extremos con demasiada facilidad.

Una “herida” con un diseño de sonido rotundo, que otorga una claridad excepcional a la voz y a la poesía que lo fundamenta

Así, La herida es un aterrador paisaje de cadenas que golpean el piano, puños cerrados sobre sus cuerdas, uñas que se deslizan arañando el mecanismo del instrumento al tiempo que los versos nos hablan de imágenes evocadoras como los “aullidos de chacales”, el “silencio de camposanto gallego” o la oscuramente paradójica “ausencia que mutila”. Un universo que alcanza su cima en el tríptico de las secciones 4, 5 y 6. En él, la soledad de la voz de un Olmeda en estado de gracia y sin acompañamiento (en un instante de silencio eterno) da lugar a un breve momento compartido que desemboca en una pieza instrumental en la que Costa se abandona a la catarsis de una cicatriz que supura. Después, los comedidos golpes de la sección poética “Tambores de la soledad”, seguidos de un significativo minuto de silencio con un reloj que se mueve de manera arrítmica como un corazón enfermo. Y finalmente, una despedida abiertamente inconclusa en la que ni el texto ni la música finalizan de manera clara. 

Olmeda siempre trata de alcanzar la luz. Costa le recuerda que nunca es sencillo; ninguno consigue solucionar el conflicto del desamor y nos abandonan a solas con nuestros fantasmas. Es un disco sin final en el horizonte, al igual que la angustia de la pasión. Una “herida” con un diseño de sonido rotundo, que otorga una claridad excepcional a la voz y a la poesía que lo fundamenta, y en cuyos versos este trabajo discográfico insólito encuentra su verdadera razón de ser. 

La herida: luz y oscuridad del desamor