martes. 23.07.2024

El merecidamente prestigioso historiador español José Álvarez Junco publicó en 2022 un ensayo doblemente memorable: Qué hacer con un pasado sucio. Un libro excelente que yo acabo de terminar de disfrutar enormemente. Explicaré, tal vez, aquí eso de doblemente memorable. Aunque si me lees no creo que vaya a ser necesario, y probablemente no lo haga.

Justicia, paz, verdad. De eso trata Qué hacer con un pasado sucio. Justicia, paz, verdad, y España. Comienzo…

Aquella guerra civil

Álvarez Junco comienza esta obra suya escribiendo, por primera vez en su dilatada carrera como historiador, sobre la Guerra Civil española. Y lo hace, desde el equilibrio, a partir de una triple vertiente: la narración histórica, desde luego, pero también “la construcción de la imagen colectiva y el rastreo de lo que queda de aquel trauma”. 

Equilibrio. Que no equidistancia. La guerra fue responsabilidad de los conspiradores y golpistas que la forzaron, actuando contra una legalidad constituida, la de la República, “problemática, pero no ilegítima”. 

Álvarez Junco comienza esta obra suya escribiendo, por primera vez en su dilatada carrera como historiador, sobre la Guerra Civil española

El autor pretende “influir sobre el presente”, porque lo que busca es responder a la pregunta ¿qué hacer tras aquella herida? Y para ello comienza por reivindicar el papel de los historiadores, esos científicos sociales como él, en tanto que “intelectuales públicos y pedagogos, como voces reflexivas que exponen y aclaran hechos o periodos problemáticos”, de tal manera que es probable que puedan allanar “algo el camino para resolverlos”. Ojo, exponen y aclaran, en modo alguno sermoneen u orienten. Los historiadores explican (explicamos) lo ocurrido sin crear problemas nuevos, incluyendo a todos, sin disfrazarse (disfrazarnos) de abogado, sin defender causas.

En el libro hay tres niveles de discurso:

“El del historiador, que cuenta, lo mejor que puede, lo ocurrido; el de los partidarios de la «memoria», que reivindican los derechos de las víctimas; y el de los gobernantes, que deciden sobre las medidas de justicia o de política conmemorativa que deben adoptarse”.

La Historia, eso que hacen los historiadores, es “un saber académico dirigido al conocimiento del pasado basándose en datos probados con la máxima certeza posible e interpretados a partir de un esquema explicativo que quiere ser convincente. Así descrito, es un saber que se proclama científico”. Científico, pero no tanto como la química y lo biología, dada “la arbitrariedad y la aleatoriedad que dominan su recogida de datos”, la subjetividad inevitable en la interpretación de los mismos, la imposibilidad de experimentar su objeto de estudio, el pasado, y el mero hecho de que, para escribir el relato, los historiadores necesitan “usar artificios literarios”. Artificios literarios que son, no obstante, totalmente ajenos a la pura invención y se apoyan “en un esquema explicativo racional”.

¿Para qué sirve la Historia? Sirve esencialmente para “el conocimiento y la explicación de los hechos pretéritos”. También, y en segundo lugar, dice Álvarez Junco, sirve para “proporcionar ejemplaridad moral”. Clásicamente, servía además para legitimar el poder establecido. No se olvide: “fue lo que se hizo durante milenios”. 

El autor de Qué hacer con un pasado sucio hace un magnífico recorrido por el pasado español

Y llega el protagonista esencial del libro, junto a la Historia, la memoria y la justicia: España. ¿Qué es España? 

“Lo que hoy llamamos España ha sido una construcción histórica, producto de una conjunción de circunstancias políticas y culturales, aunque habría discrepancias, eso sí, sobre la fecha hasta la que podemos remontar su surgimiento: entre finales de la Edad Media, para quienes se conformen con la aparición de expresiones identitarias cobijadas por el término «nación», y las Cortes de Cádiz, para quienes exijan afirmaciones explícitas de la soberanía popular”.

El autor de Qué hacer con un pasado sucio hace un magnífico recorrido por el pasado español, pero lo que a mí me interesa aquí es cuando llega a la década de 1930 y los problemas políticos de aquellos tiempos, con los “malos ejemplos políticos ofrecidos por la Europa del momento, que hacían soñar a la derecha con un régimen corporativista autoritario y seducían a la izquierda con un paraíso de igualdad y justicia social impuesto por una dictadura obrera”.

Es innegable que, “visto con la distancia”, casi todo cuando proponían los republicanos de abril de 1931 “era razonable y necesario”. Sí, “pero imposible, a todas luces, de llevar a cabo de la noche a la mañana”. Ahí estaban la Iglesia católica y muchísimos militares insumisos al poder civil ambos. Eso sin hablar de las medidas adoptados por la Segunda República, a las que Álvarez Junco tacha en algunos casos de “demasiado sectarias”, cuando no “demasiado lentas y legalistas”. Además…

“En ambos lados había fuerzas que no reconocían la legitimidad del adversario, aunque triunfara en las urnas, para formar gobierno”.

Como leo en este brillante libro: “hay que repetirlo, no se en el horizonte una matanza generalizada”. En la primavera de 1936, no había nada que condujera irremediablemente a la guerra. Hasta que…

La guerra comenzó el 18 de julio de 1936 y sus promotores fueron quienes ese día se levantaron contra la legalidad vigente”.

Nadie pudo predecir el pavoroso conflicto entre españoles que comenzó aquel verano de 1936. Aquella guerra no habría existido o no habría sido tan larga y devastadora de no haber habido intervención extranjera. Lo que no quiere decir que esa internacionalización fuera en modo alguno su causa directa.

Se trató de un “un explosivo cóctel” en el que se mezclaron “lucha de clases, guerra de religión, enfrentamiento entre democracia y fascismo, entre fascismo y comunismo”

¿Cuáles fueron las complicadas y múltiples causas de la Guerra Civil española? Habla el autor de Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX:

“Aunque se tradujo en dos bandos enfrentados por un mismo territorio, los proyectos políticos de ningún modo eran sólo dos. Como mínimo, hubo tres, según la autorizada opinión de Enrique Moradiellos: el nacionalista autoritario de los rebeldes; el liberal democrático, defendido por quienes de verdad creían en una república parlamentaria; y la revolución social que exigían los anarquistas, los trotskistas o el sector socialista que seguía a Francisco Largo Caballero. Aunque, desde luego, este esquema tripartito podría a su vez subdividirse de mil maneras, pues los rebeldes también agrupaban todo un abanico de propuestas y la revolución incluía diversos modelos, algunos incompatibles entre sí”.

Se trató de un “un explosivo cóctel” en el que se mezclaron “lucha de clases, guerra de religión, enfrentamiento entre democracia y fascismo, entre fascismo y comunismo, entre nacionales unitario y autonomismos disgregadores…”. Y nada de todo ello era específicamente español ni tampoco excepcional en aquel momento histórico. Pongamos orden en esas causas: 

Lucha de clases; religiosidad católica frente a anticlericalismo; españolismo unitario y castellanista frente a autonomismos o secesionismos periféricos; y abismo cultural entre el mundo rural y el urbano”.

Todo ello polarizado alrededor de fascistas y comunistas. 

Vayamos a las razones de los sublevados: su golpe de Estado era “una reacción de tipo conservador, cuyo objetivo último era la perpetuación de la cultura y las jerarquías sociales heredadas frente a un intento de reforma política radical que amenazaba con adquirir dimensiones revolucionarias”. Sabemos que aquel golpe desencadenó una guerra que acabó con la victoria rebelde y supuso la instauración de una dictadura a la que llamamos franquismo por haber sido ejercido por el general Francisco Franco. Una dictadura que, en su final, en sus últimas dos décadas “no vertía ya sangre en cantidades comparables a las de los años 40”.

La Transición a la democracia

Cuando murió el dictador Franco, “lo que deseaba la inmensa mayoría de la población era que no se repitiera la guerra civil. Querían alejamiento, olvido, tanto de la guerra como de la posguerra. Querían dejar atrás el trauma”. El debate sobre el futuro de España ahora era posible, “era ineludible planteárselo”. La mayoría quería un sistema político “no muy distinto a los de la Europa occidental a la que el país, geográfica y culturalmente, pertenecía”. Se trataba de evitar, no a toda costa, la continuación de la dictadura, “demasiado cercana a la tragedia y, según temían muchos, posible antesala hacia su repetición”. Ese sería el clima de la Transición. Un clima que incluía “una reconciliación simbólica con el pasado”: la obsesión de todo aquel proceso fue “no repetir la Guerra Civil”.

Aquello pudo tener lugar, el tránsito desde una dictadura a una democracia, porque la España de 1976 no era la de 1936. Tampoco fueron en la década de 1970 las mismas conductas, situaciones políticas coyunturales y decisiones de los líderes que condujeron el proceso que las de la década de 1930: “mejor en 1976 que en 1931”.

Yo también considero, como Álvarez Junco aquí, y tantos otros en sus escritos historiográficos, que la Transición no significó un pacto de silencio u olvido

La Transición fue el resultado de una ruptura pactada (como afirmaría el propio líder comunista Santiago Carrillo, presente en las vicisitudes de la Guerra Civil y del regreso de la democracia tras la dictadura). Conviene no olvidar que durante la Transición …

“La violencia no fue, en cualquier caso, el factor determinante del proceso, aunque sí un condicionante, presente siempre en el fondo de la escena”.

Yo también considero, como Álvarez Junco aquí, y tantos otros en sus escritos historiográficos, que la Transición no significó un pacto de silencio u olvido, ese reproche tópico que se le hace a aquel periodo, a aquel proceso. ¿No se habló en aquellos años de la Guerra Civil ni del franquismo? Sí, sí que se habló: “no hubo olvido, silencio, amnesia, sino al revés, decisión de tenerlo presente en todo momento, de enfrentarse a ello para evitar que volviera a ocurrir, que se interpusiera entre el presente y un futuro que se veía como posible y deseable”.

Otra cosa fue la justicia, entendida esta como la de los juicios penales, la de las purgas, la de las sanciones. Ahí sí “existió un pacto de omisión”:

“La Ley de Amnistía de octubre de 1977 descartó, explícitamente, toda exigencia de responsabilidades por las vulneraciones de derechos, tanto durante la guerra como bajo la dictadura. Lo cual beneficiaba a ambas partes cuando se proyectaba sobre el período anterior a abril de 1939, pero en relación con el posterior tenía unos beneficiarios casi únicos, que eran quienes habían detentado posiciones de poder, y aplastado a sus adversarios, en esos 36 años”.

Tal fue el acuerdo que hizo posible la Transición, el que benefició a los cargos franquistas y a quienes colaboraron con la dictadura para ejercer su carácter represivo. De tal manera que, con el paso del tiempo, “las nuevas voces que se alzaban eran ya las de los nietos de los protagonistas o testigos de la Guerra Civil, cada vez menos obsesionados con evitar su repetición y más distantes de una transición a la que veían como ajena e insatisfactoria, como un pacto entre élites que había traicionado a la verdadera democracia”. No obstante, hay que tener en cuenta que, ante esta imagen negativa de la Transición (y del llamado despectivamente régimen del 78), propia de determinados medios intelectuales, pero también políticos, la opinión que predomina entre la ciudadanía es la del orgullo ante aquella etapa.

Tal fue el acuerdo que hizo posible la Transición, el que benefició a los cargos franquistas y a quienes colaboraron con la dictadura para ejercer su carácter represivo

Memoria colectiva, memoria histórica, justicia transicional

Ese es el título del capítulo décimo de Qué hacer con un pasado sucio. Mientras la Historia, en tanto que disciplina racional y crítica, compara versione supuestas, la memoria es algo personal, espiritual, algo cargado de emociones. Como afirmara el historiador Santos Juliá, lo que busca la Historia es la verdad, él decía: ‘toda la verdad si fuera posible’. Sin embargo, lo que pretende la memoria es ‘encontrar o construir un sentido’ para un determinado pasado, un sentido con el que ‘se siente unida por un vínculo especial’. Álvarez Junco es rotundo: 

            “La memoria es una fuente de información digna de poca confianza”.

Pero, aclara, a continuación que, pese a ello, es “una fuente de información útil para el saber histórico”, de tal manera que la llamada Historia oral enriquece y complementa el conocimiento del pasado. Pero no lo explica, añado yo: no ayuda por sí sola a comprenderlo: “es una fuente más que debe ser contrastada con otras”. Complementa a las fuentes escritas, pero no las sustituye.

Para Santos Juliá, la memoria histórica sería ‘la memoria de relatos que han llegado al sujeto a través de generaciones de antepasados o de testigos de los acontecimientos’; de manera que, ‘lo que recuerda el sujeto no es el hecho, sino lo que le han contado los suyos acerca del hecho’. Con el tiempo, afirma Álvarez Junco, “se convertirá en mera tradición oral, que puede haber llegado a deformar el relato original hasta convertirlo en irreconocible”.

Recientemente, se usa el marbete memoria histórica “para referirse a las exigencias de esclarecimiento de hechos, justicia penal, reparación o compensación para víctimas de abusos o crímenes colectivos”. Eso no es memoria, son, si acaso, “políticas terapéuticas”, tampoco es histórica. La memoria es usada en este caso “como una guía de conducta a partir de un pasado injusto que exige un determinado comportamiento reivindicativo para no olvidar o no traicionar a los muertos”. No deberíamos hablar en estos casos de memoria histórica, sino de justicia. Más concretamente, de justicia transicional.

La memoria es usada en este caso “como una guía de conducta a partir de un pasado injusto que exige un determinado comportamiento reivindicativo para no olvidar o no traicionar a los muertos”

La justicia transicional excede del mundo del derecho porque “se refiere a todas las medidas necesarias para la reconciliación y pacificación en los procesos de transición desde un régimen o momento de violencia y opresión política hacia otro de convivencia democrática; lo cual incluye esclarecimiento de hechos, enjuiciamiento de culpables, reparación para las víctimas y reforma institucional”. 

Entiendo como unas interesantes conclusiones del libro estas palabras de su autor:

“La democracia española actual tiene su legitimidad propia, del mismo modo que los derechos de los ciudadanos españoles emanan de sí mismos, y no de la historia; no necesitan anclarse en la República de 1931 ni en los fusilados por el franquismo. Pero, a la vez, no deben dejar de honrar y reivindicar a quienes cayeron por defender las libertades de que hoy disfrutan”.

“Lo primero que deberíamos tener en cuenta ante un pasado conflictivo es que estamos hablando de una realidad que no es la nuestra; nosotros no vivimos aquello, no fuimos ni somos responsables de lo ocurrido. Los protagonistas, como víctimas o culpables, de aquellos hechos traumáticos no fuimos nosotros, sino unos antepasados a los que quizás sería discutible llamar «nuestros», en sentido estricto. Unos seres humanos que vivían, no lo olvidemos, en un mundo material y mental distinto –muy distinto, radicalmente distinto– al nuestro. El pasado no es el presente. El pasado es, en palabras de un literato de éxito, utilizadas luego en el título de un importante libro de historia, un país extranjero”.

Álvarez Junco y el pasado sucio de los españoles