miércoles. 24.04.2024
Francisco Pradilla y Ortiz - (1 de mayo de 1873). "Cuatro de la tarde; La milicia sublevada en la plaza de toros". La Ilustración Española y Americana
Francisco Pradilla y Ortiz - (1 de mayo de 1873). "Cuatro de la tarde; La milicia sublevada en la plaza de toros". La Ilustración Española y Americana

@Montagut5 | Cuando hablamos de las ideas y reformas en relación con las fuerzas armadas desde el republicanismo nos viene rápidamente a la cabeza lo que defendió y realizó Azaña en el primer bienio de la Segunda República, fruto de un programa que había meditado sobre lo que debían ser y hacer los militares en una democracia, inspirándose, en cierta medida, en lo que conocía de Francia. Pero, y a pesar de que nada se terminó de hacer, en el primer republicanismo español, el que se desarrolló en la Primera República, hubo también ideas sobre lo que debía ser el ejército. En este sentido, es sumamente significativo el artículo que se publicó en uno de los primeros números (abril de 1873) de La República, el diario afín a la derecha o sector moderado del republicanismo que representaba Emilio Castelar.

Para el republicanismo moderado el poder ejecutivo, encargado de la conservación del orden y de los “grandes intereses sociales”, necesitaba organizar la fuerza pública bajo dos principios: la igualdad y la justicia, pilares de la República.

Transformada España en un Estado verdaderamente democrático había que organizar esa fuerza, pero conciliando los derechos y deberes de los ciudadanos. Para ello había que terminar con todo privilegio, y que se practicase el principio de igualdad, que derivaba del principio de justicia, como base sólida de la organización militar.

El ejército debía ser profesional, con el fin de no distraer a los “elementos productores de sus respectivas faenas”

Preceptos constitucionales eran el respeto a los derechos individuales y el deber de servir a la patria con las armas. Esos dos preceptos no eran incompatibles como podría suponerse. Sobre los mismos había que contar con dos instituciones: esto es, el ejército permanente y la milicia nacional, ese cuerpo que, como sabemos, diseñó y defendió el liberalismo más progresista en el pasado.

El ejército debía ser profesional, con el fin de no distraer a los “elementos productores de sus respectivas faenas”. Por eso había que convertir el servicio militar en una verdadera carrera para los que tuvieran vocación militar, y prefiriesen la profesión militar a otros oficios. 

El periódico republicano opinaba que, si este sistema se hubiera planteado en tiempos de paz, una parte importante de la juventud española hubiera preferido la educación militar que estaba recibiendo contra su voluntad y sus inclinaciones. Esos jóvenes hubieran encontrado un camino para lograr sus aspiraciones y un porvenir seguro, algo que solamente había conseguido los hijos de las clases privilegiadas, que sin pasar por las clases de tropa, habían ingresado voluntariamente en el ejército para entrar en la oficialidad, a costa de los hijos del pueblo, condenados a servir por la fuerza sin más recompensa que el uniforme y el rancho, con el “triste derecho” de regresar a sus hogares al concluir su servicio militar mutilados o inutilizados para reingresar a su vida profesional.

Todo el mundo debía ingresar en la carrera militar por la clase de soldados, obteniendo los empleos por oposición

Así pues, el ejército de la República debía ser homogéneo, basada esta homogeneidad en el hecho de que si los que mandaban eran voluntarios no podían ser forzosos los que eran mandados.

El republicanismo valoraba mucho a la juventud moderna, que en su opinión, estimaba mucho su dignidad, teniendo aspiraciones nobles, sentimientos de libertad, amor a la patria, deseo de servir, y que, por lo tanto, necesitaba que se ofrecieran oportunidades para progresar en ese servicio, atendiendo a principios de justicia y méritos legítimos, es decir, que entrando de soldados se pudiera llegar a las más altas jerarquías militares. Con estas condiciones no se podía dudar de que se encontrarían muchos voluntarios.

Todo el mundo debía ingresar en la carrera militar por la clase de soldados, obteniendo los empleos por oposición, premiando los hechos personales de armas con pensiones de entre 100 y 500 reales mensuales, y abonando el Estado a cada aspirante con 400 reales a su ingreso con el 6% anual de interés (suponemos que se trataba del aumento en los emolumentos).

Seguiremos con estas cuestiones, que permiten comprobar que el establecimiento de un ejército profesional, y que la creación de una carrera militar desde la clase de tropa hasta la oficialidad más encumbrada bajo el principio de la igualdad tiene en el republicanismo español su origen.

Hemos trabajado con el número del 18 de abril de 1873 de La República.

Republicanismo y fuerzas armadas en la Primera República