viernes 06.12.2019
RELATOS

La (re)caída del Imperio romano

La (re)caída del Imperio romano

Se nos ha caído el servidor. No vais a poder hacer nada en red mientras no podamos levantarlo.

Caído. Levantarlo.

Eso fue lo que dijo. Quien lo dijo se ocupaba de las cuestiones tecnológicas. Yo sólo era un editor de contenidos que apenas había usado un ordenador en su vida. Yo no llevaba ni cuatro años en contacto con la cibernética, a la que ya nadie llamaba así. Él tampoco llevaría mucho tiempo profesionalizado en ese ámbito, pero sí era especialista en su mantenimiento y programación. En eso consistía su trabajo. El mío era no confundir a Napoleón con un coñac. El suyo que yo pudiera explicar quién era Napoleón. En un cedé. Sí, de aquella época.

Estamos en 1995. Año arriba, año abajo.

Yo soy editor de la enciclopedia multimedia Encarta. ¡Qué tiempos aquéllos!

Se nos ha caído el servidor. No vais a poder hacer nada en red mientras no podamos levantarlo.

Las palabra que me llamó la atención y que el técnico informático dijo con toda seguridad fue caído. Lo de levantarlo cada vez estoy más convencido de que es una de esas invenciones que achacamos a la memoria pero que no son sino la incursión pirática que hacemos en ella para filmar el pasado como nos da la gana o como creemos que nos da la gana.

Se nos ha caído.

Ahora que escribo todo esto me viene al recuerdo, y trato de encontrarlo bien en mi memoria, la primera vez real que escuché que algo relacionado con la informática, con la cibernética, se había caído. Torrelavega, finales de los 80. En el despacho de Renfe mi padre trata de comprar los billetes de vuelta de tren para la familia. Y la encargada del establecimiento le dice: Es que se ha caído todo. Recuerdo que salimos y nos fuimos a dar una vuelta, que es lo que ella nos recomendó. Hasta que dejara de estar caído.

Lo que se cae. Newton. Esas cosas. La gravedad. Y su fuerza.

Volvamos a Encarta. Al edificio Eurobuilding, al 2, que había otro, el 1, relativamente cerca de éste, del 2, pero regresemos al mío, al 2, al que estaba en el encuentro de la calle de Orense con la calle de Sor Ángela de la Cruz. 1995, ya digo. Madrid. España.

Orense. ¡Qué poco he estado yo en Galicia! Bueno, vamos al lío.

El que dijo se nos ha caído el servidor… se llamaba Félix. Me acabo de acordar. Es como si le estuviera viendo ahora mismo. Pero estamos en 1995, puede que en 1996, pongamos que es noviembre de 1995. Febrero de 1996. Nipatinipamí.

Yo empecé a trabajar en la versión española de la enciclopedia Encarta desde casi sus comienzos. Fui su primer editor del área de Historia. En julio de 1995 me encontraba veraneando en Suances cuando tras llegar del cine, al que había ido a Santander, mi madre me esperaba algo desconcertada para decirme que no me moviera de casa, que mi hermano me iba a llamar para algo muy urgente. Un trabajo. EL TRABAJO.

Ser editor de la enciclopedia multimedia Encarta es una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida. Profesionalmente la más importante, y eso que se puede decir que prácticamente fue mi debut profesional. Luego todo no fue a peor, ni mucho menos. Pero fue empezar desde un trampolín olímpico. Mi trampolín olímpico.

ENCARTA. Mi hermano me echó una bronca considerable. Mi hermano pequeño. Yo no estaba veraneando, ahora que encajo las piezas de esa memoria siempre desvencijada de la que hacemos mal en fiarnos. Había ido a la boda de uno de mis primos. Y sí, mi hermano me regañaba porque había estado toda la tarde llamando a la casa de mi madre en Suances y no pudo dar conmigo en ese (larguísimo) tiempo. ¿Ya existían los móviles? Yo, desde luego, no tenía uno. Un móvil. Jolines, esto parece un crimen.

encarta 2

Sigo, pero no perdamos de vista, sobre todo tú, el se nos ha caído el servidor de Félix. Suances, julio de 1995. Mi hermano. Llama ahora mismo a Míguel. Sí, es Miguel, pero le decíamos Míguel. Ya no. Miguel estaba a punto de dormirse, creo, cuando le llamé a instancias de mi acalorado hermano, que me acababa de decir llamacuantoantestevanaofreceralgomuyimportante.

Miguel García del Río. Era amigo de mi hermano desde hacía años. Y luego lo fue mío. A partir de esa llamada. Aunque yo ya tenía trato con él. Un tío cojonudo. Así. Como suena. Aquella noche me explicó lo que buscaban quienes iban a editar la versión en español de la enciclopedia multimedia Encarta, de Microsoft, y acabamos la conversación con su mañanallamaaRamiro a primera hora.

Ramiro Sánchez. Había sido director editorial de Anaya en una de las épocas de mayor esplendor de la compañía, antes de ser destronada por la editorial en la que trabajo yo ahora. Un buen hombre. Un buen profesional. Me atendió por teléfono a la mañana siguiente y me citó en Madrid para entrevistarme. Salí pitando de Suances.

En el despacho donde Miguel y yo editábamos el material de las áreas de Geografía, él, e Historia, yo, entró Félix aquella mañana de… febrero de 1996. Ya se lo había comunicado a los demás editores, creo que sólo faltábamos nosotros dos. El servidor. Que se había caído. No podíamos trabajar en red. Lo de trabajar en red lo comprendíamos sin imaginarnos a Pinito de Oro. Pero yo, lo vuelvo a confesar, me quedé pillado con lo de la caída del servidor.

Era como la del Imperio romano. No sé.

El Imperio romano salía en Encarta, claro. y Napoleón. Y Felipe González. Y Suances. Y Julio Anguita. Y Franco. Una anécdota. Yo apuntaba maneras. Lo digo por lo de Franco. Apuntaba maneras. Aunque la biografía heredada de la versión internacional que nosotros teníamos que adaptar para el mercado de habla española, es decir, no sólo España, también Hispanoamérica, había sido redactada por Paul Preston (sic, el mismo que viste y calza), yo tuve el atrevimiento, coronado por el éxito, de proponer a Ramiro y a María de Calonje, la subdirectora de Encarta, que sustituyéramos la voz Francisco Franco porque, por mucho que la hubiera escrito tal eminencia (ya por entonces lo era), para mí era floja, quizás apropiada para un público no especializado, no español, pero en modo alguno digna de ser la entrada que merecía un (controvertido, una auténtica pieza de choque moral de un valor historiográfico capital) protagonista de nuestro tiempo. Y sí, en 2015 yo publiqué mi libro El franquismo, para el que la lectura de la colosal biografía de Franco escrita por el inglés que ahora yo penalizaba había sido fundamental. ¡Qué cosas!

Y el servidor caído.

Y ya va siendo hora de que me centre en todo esto del servidor que nos impedía a los editores de Encarta trabajar en red aquella mañana de 1996, o puede que de 1995, aunque he acordado ya antes conmigo mismo que debía de ser 1996, febrero, creo que he escrito, cuando Félix nos dijo a Miguel y a mí aquello del servidor caído. A Miguel y a mí, y puede que a Pilar también. Pilar Careaga, la experta editora del área de Literatura de la que tanto aprendimos. Aunque es más que probable, o eso quiero creer, que Pilar aún no hubiera llegado a la editorial y por tanto no estuviera con nosotros cuando Félix…

La editorial, he hablado de una editorial. Pues sí, porque para editar la versión hispana, en español, de la enciclopedia Encarta de Microsoft se creó una editorial que tenía el más hermoso nombre de editorial de cuantas haya trabajado yo. Se llamaba Mapora.

Mapora es el nombre de una planta, pero también eran las iniciales de los fundadores de Mapora. Copio de Wikipedia: ‘El pusuy, ciamba o cinamillo (Oenocarpus mapora) es una palmera…’

Wikipedia, qué gracia, porque Wikipedia es el vídeo que mató a la estrella de la radio. La enciclopedia on-line que se cargó a la enciclopedia multimedia.

El caso es que aquella mañana que hemos querido, que he querido yo, que sea de febrero del año 1996, miré a Miguel, en cuyo rostro no acerté a ver perplejidad alguna, miré a Félix, me levanté de mi silla y me dispuse a hablar. Y hablé.

Yo te ayudo a levantarlo, ¿dónde está el servidor ese?

Y que conste, lo dije completamente en serio, sin una brizna de cachondeo. Porque yo estaba convencido de que el servidor era un trasto… que se había caído. Y el tal Félix necesitaba ayuda. Y había venido a pedirla. Subrepticiamente, eso sí.

Madrid, mediados de la década de 1990. España iba a ir bien.

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