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domingo 22/5/22
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No recuerdo que hiciera frío cuando subimos al remate de El Rastro que es la plaza dedicada al héroe de Cuba, allá por el barrio de Lavapiés...

La Flecha de Oro ya no existe, ya no está en la plaza de Cascorro, donde durante muchas décadas del siglo XX vendió ropa deportiva desde ese lugar emblemático de Madrid. En La Flecha de Oro compramos mis amigos y yo nuestra primera equipación deportiva, y ya no sé si nos llamamos El Rayo Negro (sí, El) porque las camisetas tenían una franja transversal de color negro de hombro izquierdo a cadera derecha o si las compramos así porque nos queríamos llamar El Rayo Negro. Tampoco estoy seguro de que el día que fuimos a comprar aquella ropa fuera un día del mes de enero de 1976, recién muerto o casi Franco.

¿Y por qué digo lo de enero del 76? Muy sencillo. En enero de 1976 soldados del Ejército sustituyeron a los huelguistas del metro que se negaron a conducir los trenes del subterráneo de Madrid en aquellos meses convulsos y decisivos. Y, en mi memoria, el día que fuimos a comprar nuestras primeras camisetas de equipo de fútbol como Dios manda quienes conducían y se ocupaban de los vagones del metro eran militares, soldados vestidos de soldados y con aspecto de soldados.

Claro, que hay un par de cosas que no me cuadran. Una, que aquel enero de 1976 yo tendría 12 años, a punto de cumplir los 13, eso sí, pero pocos años para poder ser la primera vez que efectivamente salía a otros barrios solo, sin mis padres, y montaba en el metro solo, sin ellos, en compañía de Santi, de Toni, de Bayo, de Alberto, de Pepe… En una algarabía en mi caso al menos de disfrute y de recién ganada libertad de hombre en ciernes. Y dos, que no recuerdo que hiciera frío cuando subimos al remate de El Rastro que es la plaza dedicada al héroe de Cuba, allá por el barrio de Lavapiés; más bien creo que era una tarde de primavera, no sé a ciencia cierta si una tarde de sábado o de viernes, con las clases semanales ya acabadas en cualquier caso.

Pero si yo recuerdo soldados en los vagones del metro que abrían y cerraban sus puertas, es que los había y, si no, me da igual, porque esto es un cuento y en los cuentos uno sólo se preocupa de que quien los lea sepa que lee un cuento y se deje embaucar por la apariencia de realidad indestructible que sólo los cuentos o las novelas atesoran.

Aquella tarde habíamos quedado en la boca del metro de Legazpi, en la que está cerca de mi casa, todos los que jugábamos en el equipo de fútbol que íbamos a apuntar a la liga del barrio organizada por aquel señor a quien decíamos seglar porque tenía no sé qué que ver con la parroquia de la Beata. Y que no me acuerde del nombre de aquel auténtico santo que a tantos tanto bien nos hizo… Bueno, sigo. O, mejor, acabo. Subimos a aquellos vagones que nos parecían un cohete espacial, por lo menos a mí que, ya digo, por vez primera entraba en ellos sin ninguno de mis padres, y nos detuvimos en la estación de Embajadores desde donde nos encaminamos a Cascorro, resueltos, felices como los niños que no queríamos ser pero sí éramos, riendo, gritando y creyéndonos invencibles. Y en aquella tienda una mujer muy amable y paciente nos mostró las camisetas y la vimos, vimos aquella maravilla amarilla y negra, indudablemente única y perfecta. Y le pedimos quince. Y nos bajamos andando al barrio resueltos a ser ya un equipo de fútbol pletórico. El equipo pletórico que muchas veces fuimos y muchas no.

Un rayo negro atraviesa una flecha de oro
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