lunes. 04.03.2024
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Rafael Cadenas | Premio Cervantes 2022

Este lunes, 24 de abril se entrega el premio Cervantes al venezolano R. Cadenas, a quien en el mes de noviembre del año pasado se le otorgó dicho galardón.

Fue, entonces, cuando releí algunos de sus poemas contenidos en su Obra entera, publicado por la Editorial Pretextos y Fondo de Cultura Económica. Y ya hace años que unos amigos mexicanos me lo recomendaron. “Un buen poeta”, me dijeron. Entonces, nada me advirtieron de Chaves ni de Maduro, ni me recordaron la militancia comunista del poeta en tiempos pasados.

Y, de hecho, cuando he retomado su obra, en ningún momento he asociado sus versos con la política actual de Venezuela. Sin embargo, no puedo evitar la sensación agridulce de sospechar que, quizás, se le haya premiado por esa razón, es decir, porque alguien del Cervantes considerase que su nombre y su obra son un útil valioso como revulsivo para denunciar la situación política de Venezuela gobernada por un “comunista”.

No sería la primera vez que los motivos políticos se primaran por encima de los literarios para conceder este tipo de premios

Lo que resultaría cómico. Porque entiendo que, en la actualidad, poca gente habrá que crea que la poesía sea motor de cambio. Menos aún un arma cargada de futuro, a pesar de las bondades que se le atribuyen, incluso políticas y sociales. Y no, quizás, porque no lo sea, sino por algo más prosaico: ¿quién lee, hoy a Dante? ¿Y a Gil de Biedma? ¿Y a Hierro? Dejémoslo estar.

El jurado dijo que había premiado a Cadenas porque “su obra demuestra el poder transformador de la palabra cuando se lleva la lengua al límite de sus posibilidades creadoras”.

Maravilloso. He aquí, por ejemplo, un jurado que sí cree en el poder transformador de la literatura y ya no digamos si se trata de unos versos de Kavafis. Lo que me gustaría es saber en qué consiste llevar la lengua al límite de sus posibilidades creadoras. Uno pensaba que los movimientos creativos literarios del siglo XX ya habían agotado esa veta generativa de la escritura, que diría Chomsky.

Las apuestas lingüísticas de Dada, Roussell, Jarry y el Oulipo, por poner tres ejemplos bien elocuentes de estrujar el lenguaje creativo hasta sus pretendidos límites, ¿han sido superados? Ni idea. Para saberlo, sería necesario fijar cuál es ese límite y cuándo realmente se ha rebasado. Se precisaría disponer de un metro específico literario y leerse toda la obra publicada desde esa perspectiva transgresora. Tarea tan complicada como imposible, dado que nadie conoce esos límites y, caso de que así fuera, ignora en qué aspectos habría que superarlos.

Como decía un amigo, “en algunos casos, con que ciertos escritores respetaran los límites que establece la gramática sería suficiente”. Porque, ¿transgredir la gramática en qué consiste? ¿En llenar de anacolutos las páginas de una novela como hacía Marías o de párrafos sin fin, sus famosos pecios, como los de Sánchez Ferlosio?

Mi sospecha de la connivencia entre política y literatura, y sobre todo entre premiar a los nuestros y ningunear a los otros en el contubernio de los premios,empezó cuando el crítico dice que el poeta en su obra “critíca la autoritaria falta de separación de poderes en su país”. Entiéndase, los poderes de Montesquieu. Y aquí estaría lo bueno. Saber cómo hace Cadenas para criticar tal carencia política mediante el verso.

Lamentablemente, el crítico hace el mutis por el foro y, en lugar de darnos una descripción de esta metodología crítica poética, suelta la siguiente parrafada “Las palabras pierden su alcance y su poder de nombrar libremente cuando el totalitarismo lo impide”. Algo que ya sabemos muy bien y, más especialmente, tras la lectura del libro de Klemperer, La lengua del tercer Reich. Pero no cómo lo hace Cadenas.

Porque, en efecto eso sucede cuando hay censura y falta de libertad de expresión. En esta situación, dice el crítico que Cadenas se convierte en “un explorador del sentido profundo de las palabras, del adelgazamiento del yo como fórmula hacia el sosiego, del trabajo de la poesía como proximidad humana”.

No niego que Cadenas haga todo eso y más, pero, sinceramente, no entiendo el alcance pragmático de lo que dice el crítico.

Para empezar, las palabras no tienen un significado profundo, ni superficial. Su significado es el que viene en el diccionario que es siempre denotativo. El poeta dice albérchigo y por muy profundo que sea su significado en el verso o en su contexto, será el lector quien le otorgue su particular connotación, en función de su experiencia vital, mental y emocional, sea con la palabra albaricoque, borraja, hernia o libertad. Pocas palabras habrá, escritas o no escritas en un poema, que al pronunciarlas no desencadenen en el lector dispares connotaciones. ¿Mérito del poeta? Para nada. Es el lector quien lo hace. Al leer cada poema es quien decide ese mapa semántico y emocional, en función de su termostato interior, donde su memoria palabrática juega un papel fundamental. Y en esto cada sujeto es único y diferente.

Añade el crítico que Cadenas “entiende que el esplendor de la vida reposa en la vida misma”. Claro. ¡Qué descubrimiento! Ni las tautologías de Rayoy, el Parménides de nuestra política. Por supuesto. La vida sin vida no es vida. Y una habitación sin luz está a oscuras. Aunque hay haikus que lo niegan. Cuanta más oscuridad, más luz. Nada más oportuno, por tanto, que decir que “la intención de la escritura de Cadenas ha sido siempre entender lo poético como una parte inmediata de la existencia y como una necesidad de habitar el fulgor presente”.Está en su derecho.

Y, no hay duda, que acomodarse al fulgor del presente debe de ser cosa muy seria. Otra cuestión es qué entiende cada cual ese fulgor y qué medios tiene para habitar en él, lleno de luz y de calor.

Con estos antecedentes por delante el crítico no vacilará en decir que “Cadenas es una totalidad”. Solo le ha faltado decir que es un portal cuántico. Y no extrañará la expresión si, tras recuperar el aliento, leemos que “la escritura de Cadenas no permanece en los libros, sino que salta de inmediato hacia los ritmos de la respiración íntima”.

Y en esa situación puede ocurrir cualquier cosa. Incluso que el lector quede abducido porque “para ningún lector es posible ser el mismo una vez que se desliza por frases como esta: “solemos hablar del misterio del universo sin incluirnos como cosa ajena, como si no le perteneciéramos. El espacio más familiar, el espacio donde nos movemos, el espacio cotidiano, es el mismo de las estrellas”.Y sin enterarnos.

A decir verdad, no es la primera vez, ni la última, supongo, que un reclamo parecido se utilice para valorar la poética de un escritor. Pero, en este caso, hay algo que no cuadra. Primero,o en Venezuela nadie lee o ha leído la poesía de Cadenas, pues, dadas sus cualidades transformadoras de la existencia, su país, no solo hubiera acabado con el “totalitarismo chavista”, sino que los malos no se habrían hecho con el poder. Eso, caso de que esas cualidades poéticas transformadoras de la existencia sean para hacer el bien. Pues habrá que pensar si no existe, también, alguna poesía que nos pueda hacer más malos de lo que podamos llegar a ser leyendo, no sé, cualquier proclama de Vox.

O, segundo, aceptar que leer poesía, sea la de Cadenas o de otro poeta, es una actividad intransitiva que rara vez transforma la realidad, ni siquiera la inmediata, es decir, la de uno mismo. Claro que, tratándose de algo tan íntimo, lo más probable es que solo uno pueda hablar de ello sin engaño sin cobijarse en los tópicos con los que se habla de los “efectos transformadores de la poesía”, no solo a título individual, sino de forma colectiva.

La verdad. Pienso que la poesía de Cadenas merece otro tipo de interpretación crítica. Por muy metafísico que sea su verso y se cobije en una sencillez retórica casi telegráfica, lo que dice y cómo lo dice, lo que sugiere y lo que oculta, en definitiva, su poder cognitivo, metafórico, existencial y lingüístico requieren un comentario menos tortuoso e incomprensible que la de sus reseñistas oficiales, a los que he hecho referencia.

En cuanto a reivindicar su poesía como poder transformador de la existencia suena a chiste. Ninguna de las obras poéticas más grandes escritas en Europa durante estos últimos veinte años nos ha librado de caer en las más terribles tragedias de la humanidad.

¿Será porque los líderes no leen poesía? A propósito, ¿alguien ha escuchado a algún político de esta época decir que su última lectura ha sido un libro de poesía? ¿Poesía, dices? ¡Estás loco!.

Rafael Cadenas premio Miguel de Cervantes de literatura