viernes. 12.04.2024
Carlos Saura

No creo descubrir nada al recordar aquellos años en que muchos esperábamos el estreno de una película de Saura como un acontecimiento. Había algo distinto en su cine, algo que tenía poco que ver con lo que se rodaba en España en los últimos años del franquismo y mucho con lo que por entonces se hacía en Europa. Carlos Saura era un viento fresco y vivo que rompía con los esquemas caducos del cine del régimen para traernos a Bergman, a Rosselini y a Buñuel, que aunque español había hecho la mayor parte de su gran cine fuera de nuestras fronteras.

Estábamos inmersos en el landismo, en aquel cine cutre que trataba a los españoles como personas sumisas, lerdas y bonachonas, dispuestas a perder la cabeza por servir al señorito o mirar de reojo a una sueca recién llegada a Benidorm. Habiamos salido del cine lacrimógeno de los años cuarenta y cincuenta, del folclorismo mal entendido, todavía dominados por el miedo a ser libres. Las heridas de la guerra civil y la posguerra seguían abiertas, profundas, silenciadas, como un secreto inconfesable del que no se podía hablar ni siquiera susurrar. Escondidas en la memoria del alma, seguían carcomiendo las entrañas de millones de españoles que habían decidido sobrevivir al dolor inmenso de una tragedia tan innecesaria como premeditada y salvaje.

Espero y deseo que los dos, Paco y Carlos, estén brindando en la eternidad ante la risa socarrona de Buñuel con un buen dry martini bien seco. Gracias, gracias, gracias Maestro

Sin miedo, sorteando la vigilancia permanente de los censores, Carlos Saura decidió que el tiempo de silencio se había acabado, que pasase lo que pasase él iba a entrar con el bisturí y el escalpelo para ver que había detrás de tanta oscuridad, de tanto miedo y tanto dolor asfixiado. Llanto por un bandido, Los Golfos, pero sobre todo esa obra maestra titulada La Caza abrieron desde un neorrealismo tardío, las puertas a la verdad callada de España, a ese país en el que tanta gente vivía sin saber siquiera en qué consistía la vida, un país envuelto en la rutina de la supervivencia, de la aceptación del orden establecido y del olvido más radical. 

El Jardín de las Delicias, Ana y los Lobos, La Prima Angélica, Cría Cuervos y Elisa Vida Mía, conforman un fascinante mural de la España previa a la Transición, una aristocracia entumecida y hastiada, incapaz siquiera de imitar en gustos y querencias a sus colegas europeos; una burguesía vieja pese a su juventud, anquilosada, deseando emparentar, una sociedad anquilosada, estrecha, acomodaticia en la que cualquier ruido, cualquier movimiento, cualquier gesto fuera de lo acostumbrado, suena como un cañonazo o un terremoto que sacude los cimientos de la inercia mortificante. 

Confieso que siento una especial debilidad por Ana y los Lobos, por esos personajes absolutamente enfermos genialmente intepretados por Fernando Fernán Gómez, José María Prada, José Vivó y Rafaela Aparicio, la señora que ve como la casa de hunde mientras sueña con grandezas pasadas que nunca existieron, esa casa en la que irrumpe la institutriz inglesa Geraldine Chaplin como un torbellino que  saca a la palestra todas las taras, complejos y perversiones de una familia incapaz de crear, de tolerar, de ver más allá de donde alcanza su vista, como una metáfora de la España ciega que se resistía a morir, a dejar vivir. Muy pocas veces, en aquellos años buceó alguien con tanta habilidad e inteligencia sobre nuestro pasado y nuestro futuro. Lamento que hoy, esta magnífica película, como tantas otras de su filmografía, estén relegadas al desván y no se conozcan por las nuevas generaciones como la obra maestra de un clásico del cine universal.

Pero si hay algo en Carlos Saura que siempre me llamó la atención aparte de su obra, es la humildad, la sencillez con la que hacía su trabajo y trataba a todo el mundo. Ganó muchos premios, más fuera de España que dentro, conoció a los grandes directores de su tiempo, gozó de la admiración de la crítica internacional, mas nunca se dejó seducir por el halago, como tampoco sucumbió a las críticas adversas que muchas veces acompañaron a algunas de sus obras. Todo lo contrario, Saura era insobornable, tanto que no se conformó con ser el cirujano de nuestro pasado, de las almas muertas o anestesiadas. Sin dejar nunca su gran afición por la fotografía, a finales de los setenta dio un giro a su carrera, buscando nuevos caminos, nuevas formas de expresar su arte y construyó la fantástica trilogía sobre la danza española, Bodas de Sangre, Carmen y el Amor Brujo, donde un genial Antonio Gades eleva hasta lo más alto un género que había declinado.

Indagó en el cautiverio de la mística, buscó a Goya en Burdeos, habló con Buñuel en la mesa de Salomón, se adentró en el fado, el tango, las sevillanas, la jota, la ópera y captó como nadie la verdad del flamenco en dos espléndidas cintas que han hecho más por esa impresionante creación andaluza que cualquier ministerio de Cultura.

Saura, hombre del renacimiento, creador ilimitado, buscador infatigable de la belleza, psicoanalista de nuestro interior cerrado, recordó en una de sus películas últimas las estancias en Murcia, la tierra de su familia paterna. En una escena memorable de Pajarico, Paco Rabal se está muriendo junto al mar. Mientras llega el último suspiro, contemplado a su nieta recién salida de un lienzo de Sorolla, se despide del mundo mientras la brisa le arrebata el sombrero: “Que bien se está cuando se está bien”.

Espero y deseo que los dos, Paco y Carlos, estén brindando en la eternidad ante la risa socarrona de Buñuel con un buen dry martini bien seco. Gracias, gracias, gracias Maestro.
      

Qué bien se está cuando se está bien