Nuevatribuna

RELATOS | CULTURA

Puente Rialto

El juez Suárez apareció estrangulado en su dormitorio; desnudo, con restos de semen en el recto y con las manos atadas a los barrotes de la cama. El cuerpo fue descubierto por la hija, dos días después, cuando regresó a su domicilio después de pasar unas breves vacaciones en París. Y la casa de la víctima se convirtió en un hormiguero; levantamiento del cadáver, policía, forense, familia… ésta última no podía dar crédito a lo sucedido. Matías, amigo y confidente del juez Suárez torció la boca y frunció el ceño mientras recordaba la conversación que mantuvo con él esa misma semana. Y mira fijamente a la comisaria Romero.

La casa fue minuciosamente examinada y, a primera vista, todo apuntaba a un amante circunstancial, un gigoló que esperase algo más que el pago de sus servicios, o una fuerte discusión con un amante habitual… Pero había algo que no encajaba. No existía ninguna huella dactilar ajena al juez, ningún cabello, y eso hizo sospechar que el crimen no fue circunstancial, sino premeditado. “¿Y el semen?”, preguntó la hija del juez. “Puede ser de cualquiera, no del asesino”, respondió la comisaria Romero. Al día siguiente la noticia salió en todos los medios de información; destacaban la desnudez del juez y los restos de semen en su cuerpo. La prensa llevaba días resaltando la cara más morbosa de la noticia; todo indicaba que el asesinato se convertía en un juego de confusión.

“Qué callado se lo tenía. Así que Suárez, el juez que pensaba darnos lecciones de honradez era maricón”, exclamó un juez de La Audiencia Nacional cuando supo la noticia. Y corrieron ríos de tinta y de palabras sobre el asesinato del Juez y sobre su condición sexual, pero nadie habló de la trama de corrupción que estaba investigando.

Cuando la comisaria envió a dos agentes a casa del juez, a su hija le causó gran satisfacción que la comisaria no diera por buenas las primeras conclusiones y las apariencias. Facilitó la nueva inspección, incluso dio algunas pistas para dirigir la investigación del crimen:

– Yo le notaba preocupado y, aunque él era muy discreto, algunas conclusiones saqué de sus medias palabras cuando le pregunté por el motivo de su desasosiego. Mantenía largas conversaciones con su amigo Matías en el despacho y alguna vez les vi salir cabizbajos, como si estuvieran tratando algún caso complicado… Cuando la comisaria Romero supo las declaraciones de Roberta, comprendió que debía hablar personalmente con ella. –Usted dejo entrever a los agentes que su padre llevaba algún asunto entre manos, que se le notaba preocupado.

– Sí, pero no logré saber de qué se trataba, aunque conociéndole como le conozco, yo intuía que estaba metido de lleno en algo delicado. Le dije que tuviera cuidado, que andaban tras él después de sacar a la luz aquella trama de corrupción generalizada.

– ¿Se refiere a la trama Mare Nostrum?–pregunto la comisaria.

– Sí. En este país son muchos los que disfrutan de la corrupción y no van a permitir que un juez atrevido les siga poniendo bajo sospecha, pero él no podía aceptar la impunidad que reina en nuestro país.

– ¿Piensa usted que alguien ordenó matarle, que el asesinato tal como lo han presentado es un simulacro para desviar la atención y a la vez desprestigiarle?

– Estoy segura de que el crimen lo ha cometido un sicario. Y me alegra que usted quiera seguir investigando. Todos hablan de la falsa inclinación sexual de mi padre; y han logrado desviar la atención.

La comisaria paseó la mirada por el salón y, mientras se levantaba del sofá, Beatriz Romero recuerda aquel asunto del alijo de drogas que desapareció de un cuartel de la guardia civil. El juez se jugó el tipo y ¿para qué? Algo más tarde, el coronel que dirigía el cuartel fue condecorado por el gobierno de turno. Las mujeres recorrieron el resto de  habitaciones y cuando llegaron al despacho, la comisaria hizo una pregunta a Roberta:

– ¿Echó en falta algún documento o algún archivo completo?

– No. Mi padre no guardaba aquí ningún documento comprometedor.

Pasaron al dormitorio: muy amplio y con un gran ventanal que daba al jardín interior del inmueble. A la comisaria le llamó la atención el cuadro renacentista que coronaba la cabecera de la cama. El lienzo mostraba un paisaje veneciano con dos hombres sobre el puente Rialto, uno de ellos entregaba al otro un pergamino enrollado; dos góndolas navegaban por las aguas del canal. “Bonito cuadro”, murmuró, mientras fijaba su atención en el pergamino que uno de los hombres entregaba al otro.

– ¿Está segura que aquí no guardaba nada su padre? Algo que no quisiera dejar en su despacho, o en de la Audiencia Nacional.

– Que yo sepa, no.

Caía la noche cuando la comisaria Romero pidió el teléfono del amigo y confidente de la víctima y salía del que había sido domicilio del juez.

*****

Matías aceptó gustoso la entrevista con la comisaria; deseaba quitarse la espina que llevaba dentro:

 – Ni lo intentes, le dije cuando me anunció que pensaba desvelar ciertas pruebas que tenía en su poder. Yo sabía que no iban a permitir que la información saliera a la luz, que harían cualquier cosa, pero no esperaba que llegasen a tanto...

– ¿No sabe dónde guardaba el juez esos documentos?

– Sé donde los guardaba, si no los han encontrado allí estarán, pero no se lo diré. No quiero verme involucrado en este asunto; no tengo madera de héroe.

– Yo tampoco, pero me gusta hacer bien mi trabajo. Créame, sentía gran estima y admiración por el juez; trabajamos en un caso hace años. Le aseguro que su crimen no quedará impune.

– Y… ¿cree usted que podrá hacerlo? ¿No teme acabar igual que el juez Suarez?

– Existen métodos para que eso no ocurra y yo pienso usarlos. A veces, los insomnios son muy creativos.

Beatriz Romero dudó antes de preguntarle sobre la posible homosexualidad del juez y cuando al fin lo hizo, la respuesta del hombre no aclaró nada.

– No creo que la vida personal del juez Suarez tenga nada qué ver con su profesionalidad–respondió secamente.

– Efectivamente, pero entienda que debo descartar supuestos motivos del crimen para dirigir mi investigación…

Matías no respondió. Visiblemente contrariado, se levantó del sofá y dio por terminada la conversación.

Esa noche, la comisaria Romero durmió a ráfagas. Matías se ha comportado de una forma extraña…, un tanto nervioso cuando le pregunté sobre la posible homosexualidad del juez. Si tan  seguro está del motivo del crimen, ¿por qué no me ha facilitado la información que le pedí? Tendré que hacer una nueva visita a la hija del juez, debo hablar con Roberta.

*****

Una semana después, la comisaria se presentó en el Parlamento Europeo. Allí entregó las pruebas que incriminaban a 350 personas en varias tramas de corrupción. Horas antes había enviado copias a los principales medios de información nacionales e internacionales, al fiscal anticorrupción de España y al departamento de la policía judicial para los delitos económicos. Entre los implicados había políticos, banqueros, abogados, hombres de negocios, jueces, algunos aristócratas y policías. Beatriz Romero se había saltado todas las normas; todo el procedimiento habitual voló por los aires. Algunos quisieron ver muerta a la comisaria, pero salió ilesa del primer atentado, con heridas leves del segundo y el tercero no llegó a darse. Se merecía unas buenas vacaciones, dijeron sus superiores.

Y mientras los árboles se desprendían de su ropaje, Beatriz Romero subía en un avión rumbo a Venecia. Al fin se encontraba frente a la laguna Véneta. El ocaso pintaba colores sobre el cielo mientras Beatriz recordaba el cuadro renacentista sobre la cama; lo veía despojado del doble fondo de la trasera. Y recordaba el asombro de la hija del juez frente a los documentos. La comisaria suspira profundamente y sube a la embarcación que se dispone a partir hacia la otra orilla.