lunes. 27.05.2024

La palabra duelo proviene del latín dolusque significa dolor, y se define como la reacción natural ante la pérdida de una persona, objeto, o evento significativo, o también, como la reacción emocional y de comportamiento en forma de sufrimiento y aflicción cuando el vínculo afectivo se rompe.

El duelo es un proceso de reconstrucción, el camino que nos permite recorrer la adaptación a la pérdida, que inevitablemente hasta que no se pasa por ella, no se puede llegar a entender “su finalidad curativa”, esa que se convierte en crecimiento. El duelo como esa experiencia de dolor, lástima, o aflicción se manifiesta de diferentes maneras con ocasión de una pérdida de algo o alguien con valor significativo. Podríamos decir que no hay amor sin duelo.

Las estadísticas calculan en 2022 la existencia de un total aproximado de 6,8 millones de perros en España. Esta cifra supera, de hecho, la cantidad de niños menores de 12 años en nuestro país. Esta cifra implica también que multitud de familias se enfrenten, cada año, al fallecimiento de su mascota. Además, es un proceso que, muchas veces puede verse complicado por la falta de comprensión de aquellos que no entienden el vínculo con el animal y, por tanto, la función que puede desempeñar una mascota en su relación con las personas.

El duelo es un proceso de reconstrucción, el camino que nos permite recorrer la adaptación a la pérdida

La domesticación del perro se inició en Europa hace más de 18.000 años. Brian Hare, antropólogo, afirma que los perros, al ser introducidos en el seno familiar de aquél entonces, cumplían una función más parecida a la del bebé humano que a la de los lobos.

En otras palabras, el perro ejerció una función más similar al humano que al de mero animal. Desde un prisma relacional la introducción de una mascota en nuestra vida no es algo baladí. El perro, como todos los integrantes de una familia, asume determinadas funciones. Así, la familia es considerada un grupo de personas que comparten vínculos de convivencia, consanguinidad, parentesco y afecto, donde aspectos como la interdependencia, el intercambio interno y externo, la capacidad de cambio o transformación o la diferenciación progresiva son esenciales.

La mascota, es pues, una parte más del sistema, que interactúa con las demás partes, y por tanto la presencia, ausencia y vínculo que se establece con él tienen una fuerte influencia en el funcionamiento familiar.

Es el momento de abordar el vínculo establecido con una mascota, que es algo peculiar y especial, cuya singularidad puede no ocurrir con otro ser humano. En un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona de J. Fatió, se refleja que algo más del 60% de las personas que tienen perro les hacen confidentes de cosas que no comparten con otra persona. El perro no nos cuestiona ni reprime, representa para nosotros aquel soporte que muchos hubiéramos deseado tener y no tuvimos.

J. Fatjó encontró que el 76% de los participantes de su estudio besan a su mascota al menos una vez al día y el 85% la abrazan con asiduidad. Asimismo, las parejas sin hijos muestran una relación singular e intensa con su mascota.

La presencia, ausencia y vínculo que se establece con la mascota tienen una fuerte influencia en el funcionamiento familiar

La regulación emocional que proporciona una mascota también merece ser tenida en cuenta. No es en absoluto casualidad que los niños acudan a su perro para calmar su miedo o tristeza. Tampoco es casualidad que los adultos refieran menos soledad cuando conviven con un animal de compañía como el perro, además de suplir la necesidad de un contacto físico. Dicho de forma sencilla, con una mascota nos permitimos hacer todo aquello que no nos permitimos con otro ser humano. Las defensas psíquicas construidas en el vínculo con el otro brillan por su ausencia en la relación entre un perro y su dueño

El fallecimiento de una mascota, especialmente de un perro, no nos deja impasibles. La muerte de un animal de compañía afecta de forma intensa. La vivencia que cada uno construye a raíz de una perdida es un fenómeno íntimo y personal. Esto quiere decir, de forma simple, que no hay un duelo igual a otro, y que no hay vivencias iguales respecto a una misma pérdida. La experiencia del duelo varía de una persona a otra, debido, entre otros aspectos, al vínculo creado con el animal, las experiencias compartidas con éste y el tipo de animal.

Según el psicólogo William Worden, después de una pérdida, la persona que la ha sufrido tiene que realizar un proceso de duelo formado por cuatro tareas. Centrándonos en el duelo animal, las fases son: Aceptación, elaboración, adaptación y reubicación

1ª Fase: La primera tarea consiste en aceptar la realidad de la pérdida o, en otras palabras, empezar a creernos lo que ha ocurrido. En esta fase es común encontrarse con emociones de aturdimiento, confusión, negación o shock, que acaban afectando a todo el ser y generando, en ocasiones, dificultad para mantener la atención, pérdidas de memoria e incluso sensaciones físicas como opresión en el pecho, hiperventilación o agotamiento. 

El fallecimiento de una mascota, especialmente de un perro, no nos deja impasibles. La vivencia que cada uno construye es un fenómeno íntimo y personal

2ª Faseelaboración del dolor del duelo. Puede que hayan transcurrido ya  unas semanas desde el desenlace, pero es posible que todavía existan pensamientos que generan un dolor intenso y que se hacen difíciles de sobrellevar. Algunos de los comentarios más comunes son hablar mucho para centrarse en el plano de lo verbal e intelectual y no tanto en el emocional e interno, o, todo lo contrario: aislarse de alguna manera en los pensamientos y no compartirlos con nadie. Otra forma consiste en culpabilizar a alguien. “mientras estoy en el plano del enfado no siento dolor”, y en ocasiones no es fácil permitirse sentirse triste a nivel social. Algunos comentarios como “solo era un animal” o “puedes comprar o adoptar otro”.

Para esta parte del proceso es importante no acortar los ritos funerarios, al igual que entre los seres humanos. Son importantes porque ayudan a tomar conciencia de lo que ha ocurrido, a despedirse de ese animal de una manera pública honrándolo y compartiendo el dolor con los seres cercanos. Si no se dan estos ritos funerarios, podemos quedarnos con la sensación de que no hemos honrado de manera adecuada a nuestra mascota”. 

3ª Fase: Adaptarse a un nuevo mundo en el que no está el ser querido, es la tercera tarea, durante la cual cada uno tiene su ritmo, hay que ir enfrentarse al dolor, y empezar a integrar lo que significa recordar. Recordar significa también emocionarse, pero no se debe evitar el recuerdo, aunque entristezca, ya que es la base de conexión con el fallecido. Es en esta etapa cuando pueden plantearse preguntas como: ¿qué sentido profundo tenía esa relación para mí?, ¿qué es lo que estoy llorando exactamente? Haciendo frente al dolor es cuando se puede parar y prestar atención a lo que sentimos exactamente. También es en esta fase cuando empezamos a tener a ese ser querido en nuestro corazón y nuestra mente de una forma diferente, y ya podemos verbalizar y expresar lo que sentimos. 

4ª Fase: Consiste en reubicar emocionalmente al ser querido. Es el momento en el que integramos su recuerdo en nuestra propia vida, y en el que necesitamos redefinirnos y aprender nuevas formas de participar en un mundo sin ese ser fallecido. 

Por último, compartir esta conocida reflexión de Lord Byron: “cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro".

El duelo por los perros mascotas