lunes 13.07.2020

A propósito de Henry: Mediocridad

Horacio
Horacio

9 Octubre 2019, día de reflexión. Reflexionar acerca de a quién designaremos para que se haga cargo de la “res publica”. Vano intento si a lo largo de 1460 días de legislatura no hemos sido capaces de decidir nuestro voto.

Dediqué  ese día a reflexionar sobre un término que día a día se repite constantemente ya sea dedicado a los políticos, sociólogos, periodistas, etc. que conserva su significante pero se ha pervertido su significado: MEDIOCRIDAD.

Mediocridad, según la RAE, es la cualidad de medio (entendido desde el espacio y equivalente a centro por lo tanto equidistante de cualquier otro punto)

Cómo toda cualidad tiene dos aristas y es ambivalente: existe la mediocridad viciosa (parva mediocritas) y la mediocridad generosa, o intelectual por ponerle otro calificativo (aurea mediocritas).

La mediocridad, como otras muchas  militancias y comportamientos  morales, está anclada en el principio de los tiempos. Quizá fuera Heráclito (Sig. VI-V a. de C.) el primer pensador que sin hacer referencia explícita a esta forma de comportamiento la combate despiadadamente.

Es Horacio quien  introduce el término aurea mediocritas y asegura (ODAS II, 10) que “el que se encariña con la aurea mediocritas se ve libre de la sordidez de una choza miserable y de las envidias palaciegas”

El aurea mediocritas es recurrente en toda la literatura latina y constituye una llamada a la suficiencia, el retiro,  la humildad y el sentirse satisfecho con la propia suerte.

Es  en este universo moral con un  contexto bucólico y pastoril en el que se exalta la llamada a disfrutar de los placeres sosegados del momento: amistad, música, comida…carpe diem (Horacio, Carminum I, 11).

Sin duda alguna  es en sus Epístolas  como las dedicadas a Delio y Licinio y en especial en su Epístola II,18 donde mejor expresa el pensamiento y la profundidad de este aurea mediocritas:

“Dadme nada más que lo que tengo, o un poco menos

Y dejadme que viva para mí lo que me queda de vida

Si los dioses quieren que me quede algo

Dejadme una regular cantidad de libros

Y una bien provista despensa para todo el año

Y tranquilidad para no estar pendiente de una hora incierta.

Por mi parte no quiero más  que pedirle a Júpiter, que es quien da y quita,

Un poco de vida y bienestar.

Yo mismo me encargaré de procurarme un ánimo equilibrado”

Como podemos apreciar es toda una declaración de militancia en la más absoluta mediocridad donde apela a la autosuficiencia y moderación para continuar una vida que sabe sujeta a la fortuna y el destino. Nos explica el contenido de sus frugales necesidades: comida para el cuerpo y satisfacción para el alma e invoca la  ataraxia (ἀταραξία, «ausencia de turbación») o disposición de  ánimo gracias a la cual un sujeto, mediante la disminución de la intensidad de pasiones y deseos que puedan alterar el equilibrio mental y corporal y la fortaleza frente a la adversidad, alcanza dicho equilibrio y finalmente la felicidad.

Este programa moral,  es bastante anterior a la concepción de la frugalidad y abstinencia marxista, del bucolismo hippy e incluso a la moral ecologista (guerra al despilfarro y crecimiento sostenible) sin embargo dentro del ideal del aurea mediocritas existe una suerte de versión pagana de la resignación cristiana, una moral apta para tiempos de crisis en el que la persona y el  sujeto político subsumen en ella toda combatividad y nervio moral y social sumergiéndose en una excesiva introspección, pusilanimidad intimista y exacerbación de las tradiciones, lo que conlleva a que su actuación no está tan sólo conformada por la razón si no, y mucho más importante, por la emoción, las creencias, el miedo y la tradición.

Este pensamiento es una de las bases donde se asienta toda la concepción cristiana del destino final, el premio y/o el castigo por no quebrantar la norma, la obediencia ciega porque será premiada, la humildad porque con ella está castrado el espíritu de rebelión y la caridad para combatir la solidaridad.

Nietzsche la define como una afortunada máscara que puede conducir  a la persona a creerse un espíritu superior, porque no hace pensar a la mayoría, tornándose en un enmascaramiento de la realidad. Y eso es precisamente uno de los  motivos para ponérsela y no irritar al otro y otro, y no pocas veces, será  por compasión  o  bondad.

El poeta resumió esta dicotomía con esta bellísima frase “Lleno está el camino de Nietzsches locos y de Cristos bohemios los arrabales”.

La parva mediocritas la podemos encuadrar plenamente en el  “ser” de Heidegger, el hombre sin atributos, el hombre unidimensional (posteriormente ampliado por Marcuse), un stokaje social mayoritariamente inerte y apto para ser activado en beneficio del mejor postor, o como se estila ahora, del “mejor relato”.No solo es la mediocridad del hombre-masa, si no, peor aún, la del burócrata, el funcionario gris, el pequeño burgués autosatisfecho, el comercial, el jefecillo despótico... Este es el sujeto pasivo de la publicidad, de la telebasura y del prime time. Su tono crítico  es la cólera del español sentado en su sillón o en la barra del bar. En cuanto a su conciencia cívica el mediocre sabe que siempre le quedará Un Derecho (además del derecho al pataleo) y no tolerará lesión alguna sobre él.

Decía un filósofo griego que la manía de grandeza  es una invención ficticia de bienes inexistentes. El megalómano tiene un delirante sentido de su grandeza personal, de sus metas y sus valores. Su ambición le lleva a desconectar de la realidad, con la que solo se reconcilia a través de los bulímicos prefijos mega,súper, híper, extra, súper mega,  mediante proyectos fantasiosos, viajes imposibles o citas inexistentes.

Estamos en presencia del principio fundamental del liberalismo: la libertad individual por encima de cualquier otro principio. Pero la libertad no puede ser  solo un factor interno y subjetivo, sino sobre todo un factor real, externo, objetivo, colectivo y jurídicamente institucionalizado. Implica no solo saberse absolutamente autónomo e independiente sino reconocerse en el marco jurídico institucional que hace posible la propia libertad.

La concepción liberal de la libertad (tanto en el terreno filosófico como en el económico) diviniza y entroniza algo que en el fondo es un inconveniente: las distintas libertades subjetivas y los diversos individuos tomados de uno en uno se oponen entre sí, se enfrentan unos a otros y por tanto, en última instancia, se anulan mutuamente entrando en un “juego de suma cero” en el cual la libertad de uno va en contra de la del otro y toda ampliación de una significa la disminución de la otra exactamente en el mismo grado y proporción.

La libertad no puede ser patrimonio del espíritu (alma bella) que es totalmente incapaz de reconocerse en lo concreto, de pactar con la realidad, de aceptar el mundo como es, de actuar finalmente en él y no permanecer indefinidamente en un eterno soñar o desconsuelo.

Que nadie pueda decir, en palabras de Borges,  “De ti solo sabemos, oscuro amigo, que oíste al ruiseñor una tarde”.

A propósito de Henry: Mediocridad