domingo 18.08.2019
SOBRE LA TRILOGÍA DE Francisco Casavella

Posmodernismo para dinamitar la Transición: leer 'El día del Watusi'

Francisco Casavella.
Francisco Casavella.

El escritor español Francisco Casavella murió demasiado joven. Dejó escritos varios libros que lograron un altísimo reconocimiento por parte de quienes algunas veces llamo LosdueñosdelaLiteratura. Se entiende que así sea cuando uno lee la trilogía que llevo años queriendo leer desde que tanto bueno leí sobre ella en su momento, aunque mis lecturas sobre la Transición me quitaran de algún modo las ganas literarias de leerla, dejándome una desazón de la que tardé en desprenderme. Hablo de El día del Watusi, las tres novelas que son una y que fueron publicándose literalmente por entregas los años 2002 y 2003 (Los juegos feroces, Viento y joyas, y El idioma imposible) y definitivamente en un solo volumen algo después.

¿He sabido apreciar 'El día del Watusi? ¿Me ha gustado? 

Sobre el talento y el gusto leo a Elsa, una de las protagonistas de estas tres entregas del fallecido Casavella:

“—Porque se puede no tener talento, pero el gusto… El gusto es lo único que importa. Pero no ese «gusto», como «buen gusto» de todo el mundo en un sitio y un año, sino algo más que el gusto. Por lo menos hoy. Mañana seguramente pienso, o no pienso, porque siempre pienso lo mismo, sino que digo de otra manera lo que quiero decir, y no sé, pienso, me parece, que lo único importante es el talento. Por lo menos talento para que el gusto se convierta en el Gusto, con mayúscula. Algo Especial…”

El día del Watusi va del “deslizarse del planeta”, y en estas frases se condensa su espíritu:

La Suave Luz. Lo Radiante. El restallar de un hilo de sol en la cacerola agujereada de un vagabundo”.

¿Incomprensible? Entonces, tienes que leerte los tres libros, amigo lector para entender “la torpe imitación de normalidad que suponía aquella vida, [porque] cuando un muerto te mira a los ojos te miran todos los muertos del mundo”.

El miedo recorre como una fibra óptica oxidada el relato que resulta ser esta trilogía tan indescifrable:

"Y me asusto. Me asusto. Andrónico de Rodas clasificó trece tipos de temor. A mí, sin pensarlo mucho, me salen más: temor a la libertad, temor a estar siendo otro, temor a estar siendo demasiado uno mismo (y estar vacío), temor a la locura de los demás, temor a la propia locura, temor a la carne, temor a la paranoia, temor al temor, temor a la falta de temor (el mal presagio), temor al temor de los demás, temor al dolor ajeno que pudiera volverse propio, temor de que la vida no se parezca a nada (porque es todo, y lo idéntico que es todo a ese todo), miedo a ser, miedo a dejar de ser, temor al pasado agotado y, aún mayor, temor al pasado inagotable, a los secretos de familia, a los propios secretos, a lo que puede dar de sí un día. Son dieciséis."

“Porque tú tienes que hacer que el día de hoy no pase para ti.”

La verdad, la Historia, el pasado, la memoria

Todo eso que aparece en tantas novelas porque es lo esencial de cada relato y que en El día del Watusi vemos resbalarse por sus páginas. ¿Sin aposentarse?

“¿Y qué importa la verdad, vamos a ver? ¿A quién le importa?”

“Comprobé que las cosas tenían algo que decirme […]. En las cosas hay vida, y donde más vida hay es en la audacia de adivinar vida en las cosas”.

“O a lo mejor no me acuerdo, sino que me lo estoy inventando ahora. Porque uno a veces parece que se acuerde de las cosas, pero se las está inventando. […] Ahora mismo que lo estoy contando, hasta yo pienso que no me pasó y que me lo invento. Y eso hace que sea como más que acordarse de algo, porque no me pasa por la cabeza como una película, sino que forma parte de mí, como esta mano, o este brazo. Y a veces me siento como envuelto en una capa de luz que sólo me pertenece a mí. Que sé algo que los demás no saben. No es que me chulee, es que me pasa. Y no puedo dejar de bailar. Es como si un imán jugara conmigo. Un imán que yo pienso que lo debe aguantar una mano invisible. Y ese baile que bailo me hace sentir como si estuviera solo en el mundo”.

“El idioma imposible era la negación del vulgar dialecto de la vida, añadir más música a la música: invención, una sombra más verdadera que la luz; formas de vigor que, en mi caso, ascendían de Pepito el Yeyé, y su derramar ficciones urgentes sobre mágicas salas de baile en una Nueva York figuración idílica de su barrio”.

“A veces me pregunto si el conocimiento no serán las historias que urde nuestra ignorancia para salvarla, que la luz, lo radiante, está en los recodos de las ficciones sin un final calculado”.

Acaso sea la Historia, y Casavella la ronde a su manera, aquello que explica “que lo posible se hiciera probable y acabase en lo inevitable”.

“El torrente burlón de un tiempo que quizá enflaquecía, o quizá era continuo, o quizá fuera pegajoso y recurrente. “Un tiempo enterrado en los cursos del tiempo, en la violencia, un tiempo en el abismo de los tiempos posibles, sin Historia”.

“-Todo pasa muy despacio hasta que empieza a pasar muy deprisa: ése es el nombre de la acción.

-Todo pasa muy despacio hasta que empieza a pasar aún más despacio: ése es el adjetivo de la acción.

Todo ocurría muy despacio hasta que empezaba a ocurrir muy deprisa y muy despacio a la vez. Y ésos eran el nombre y el adjetivo de la acción: radiante acción.”

¿Para qué leer esta trilogía en clave de lectura de un tiempo, si el autor le hace decir a su atrabiliario protagonista lo siguiente?

“Ya he dicho que entre los años 77 y 79 leí ochocientos sesenta y dos libros. Literatura, Arte, Filosofía, Autoayuda, Historia, Ufología, Ciencias, Aviación. Nada de lo humano me era ajeno salvo la humanidad misma”.

“Reina una paz insólita en la profundidad de la angustia.”

“Dios se entretiene con nosotros”.

Y al final, todo lo que uno ha leído en El día del Watusi es que la lluvia acaba por regresar:

“La lluvia. Dos chavales aplastados por la Historia en un basurero de ficciones. Un muerto flotando entre dos aguas. Y otra vez la lluvia”.

Un basurero de ficciones. Interesante…

EldíadelWatusi

¿Qué le pasa a la Transición?

Viento y joyas se abre con estas tres citas, dos de ellas de dos de los protagonistas de la Transición:

“Si algo niego, lo hago porque lo que afirmo previamente me lleva a las negaciones circunstanciales que configuran y definen la afirmación que mantengo”.

Torcuato Fernández Miranda

“La financiación de los partidos es un misterio, pero un misterio de aquellos que no son un misterio, porque están muy claros, pero siguen siendo un misterio”.

Jordi Pujol

“Sin transición alguna, lo posible se convertía en probable y terminaba por ser inevitable”.

Nathanael West

En El día del Watusi hay un propósito de explicar que la historia no va a mejor, que donde hemos llegado los españoles tras la dictadura no ha sido al mejor de los mundos.

“Los poderosos, en su poder relativo, viven del fraude. Y el fraude consiste en hacer pensar a los demás que pueden ser mucho más peligrosos, fuertes, astutos e inteligentes de lo que son”.

“Los privilegiados, si de algo sabemos, es de privilegios. Nunca estafaremos al pueblo y podemos transmitirle nuestros secretos, aunque a costa de él nos tengan que sacrificar. El pueblo es la bella. Nosotros, KingKong”.

“Siempre me ha perseguido la duda sobre si el juego de las civilizaciones, las grandes apuestas por el avance, el progreso del ser humano, son obra de un conocimiento perfecto del conjunto, de una sabiduría racional y guiada por la prudencia, o, por el contrario, de otra vía que surge de llenar el tiempo de palabras vanas y confiar a la tradición el hecho de que la victoria sonríe siempre a los que están seguros de ella. Lo que tenga que ser será, porque así ha de ser. Y punto”.

“Hay muchas cosas que no quiero saber. La sabiduría pone límites al conocimiento”.

Un personaje se refiere a los adalides ex franquistas de la Transición diciendo que “aún hemos de darles las gracias por habernos evitado una segunda masacre”.

España idiota. Habla el narrador de El día del Watusi:

“En España abunda la estupidez, y la delincuencia, reflejo deformado de la sociedad civil, no va a ser una excepción”.

Uno no entiende muy bien qué pretende el narrador cuando le hace decir a uno de sus personajes lo siguiente sobre aquellos tiempos difíciles pero en absoluto fruto del dolor ni presididos por el trauma:

“El Partido Liberal Ciudadano es una obra sólida. No puedo sino felicitarme de que hayamos depositado nuestra confianza en gente como vosotros. Ahora sólo hay que esperar noticias. Las mejores. Y no dejarse dominar por la incertidumbre. Tantos muertos, tantas huelgas… Pero nosotros a lo nuestro, ¿no es verdad?”

¿Tantos muertos?

Parece que todo lo que fue la Transición quedara explicitado aquí:

“Muertos de un tiro en la nuca, ráfagas de metralleta en los controles, más tiros en la nuca, el muerto ¿era civil o militar?, ruido de sables, improvisación, cambalache, apretarse el cinturón ante la crisis económica, miedo. Y yo me aferro a la Idea para en su momento, cómo no, corromperla alegremente”.

Más maldad política de la democracia:

“Los asesinos oficiales de terroristas entran y salen de la cárcel: muñecas rusas que se abren para descubrir en su seno a un superior sonriente y con los hombros encogidos, y a otro, y otro, hacia el interior de la cadena de mando, que es lo más alto”.

Conversa el protagonista:

“-Me suena a política ficción, Trabal.

-Política y ficción son sinónimos, Fernando”.

Victoria, otro personaje de la trilogía, hija ella de un intelectual antifranquista, considera que:

Algunos antifranquistas parecen tan franquistas como los franquistas. Ya no quieren pelearse con nadie más, porque disfrutaban con eso. O al menos era de ése y de los suyos de quienes se tenían que vengar. Y Franco se ha muerto y los demás se han transformado. Y ahora los héroes están aburridos y sólo ven fantasmas”.

Aquellos fueron los años, mucho de ello puebla y amuebla la trilogía, los años de las (muchas) muertes de los toxicómanos:

“En un momento determinado muchas de las muertes fueron debidas a que los africanos pasaban una heroína de gran pureza. Las sobredosis fulminaron las constituciones de unos yonquis hechos a la estafa local. Hasta que no se tuvo una información precisa, muchos cayeron”.

Los socialistas llegan a la Transición para darle al tiempo de España más de lo mismo. La cita es larga pero es el espíritu de la obra de Casavella, merece la pena leerla:

“Cuando a partir de la noche de octubre del 82 […], los progres (los tíos de los sobrinos) empezaron a mandar, vieron que necesitaban un barniz moderno para paliar la irritante turbación del que no está en la onda. El poderoso envejece aunque mande, y por eso rumia el argumento banal que le conviene para invocar enseguida su desdén en la capacidad para rebatir ese mismo argumento, que ha existido sólo en su razón corrupta. Ése fue el motivo de que algunos animadores culturales en todos los grados de la escala administrativa fingieran tomarse en serio lo que esos grupos y su entorno estaban haciendo, ya que la ética de la responsabilidad a la que se aferraban permitía ciertas alegrías, además de la buena mesa y la puta cara. Cuando decidieron que cierta actitud podía ser manipulable y provechosa, quizá no se desvaneció toda la música, pero sí los ecos perfectos en las covachas, y en apariencia se disolvió esa nueva ética del disparate, para ser sustituida por la frivolidad y el lechuguinismo en los que se confundían sus elementos más incapaces”.

felipe gonzalez

¿Qué es saber, conocer, en los tiempos de la trilogía de Casavella?

“En aquel entonces, si alguien entendía algo, entendía demasiado”.

De la sabiduría del joven Casavella da muestra este párrafo novelesco pero de fino analista sociopolítico (algo que hecho en falta a menudo en esta trilogía suya tan farragosa y radiante):

“Tú no sabes cómo son. El problema catalán. Esto puede alcanzar el punto de ebullición en cualquier momento. Y ya me dirás tú quién dialoga con ellos. Ya has visto a Pujol en el entierro. Al dejar el banco, dejó también un boquete en las cuentas como la fosa de las Marianas. No creo que llegue a nada, pero sin duda tiene un tirón coyuntural. La gente le quiere. Y sus primos, los socialistas, que son todos primos. Y los comunistas. La futura clase política, si se llega a formar, es de esta ciudad. Son una casta. Si no sale uno, saldrá otro”.

Ladrones españoles, abundan en la trilogía. Los hay buenos, ladrones buenos. Lo que abunda en estos tres libros es ese sentimiento agrio de que todo fue una farsa para que todo quedara igual, una farsa que tampoco es para tanto:

“¿Hizo bien Suárez al convocar en diciembre un referéndum para la reforma política? Ahora pensamos que estuvo bien, porque ganó el gobierno, que era quien tenía que ganar, y el proceso democrático sigue adelante más o menos. Pero dentro de unos años, si vuelve a haber fusilamientos en los descampados, si los moros después de saquear ciudades llevan en los macutos de campaña una cabeza podrida para sacarle las muelas de oro a la menor oportunidad, el referéndum, la legalización de los partidos, la coalición esa donde sólo quieren a los ladrones buenos, lo poco que se haga a partir de ahora y hasta que los verdaderamente poderosos se cansen y sus peces piloto empiecen a decir «No era eso, no era eso…», Suárez, nosotros mismos, la gente que ha creído en los cambios y los ha apoyado, quedarán como fantoches, o, en el mejor de los casos, como débiles. Si las cosas acaban bien, todo fue inteligente, decisivo. Si acaban mal, no faltará el que se ponga la gorra de pensar y diga que no se hizo más que cometer torpezas”.

La podredumbre del sistema, o cuando todo está pervertido, podrido, corrompido:

“Una práctica llamada tráfico si sólo intervienen descastados y comercio cuando las comisiones van a parar a reyes, gobernantes, militares de alta graduación o lobbystas que antes han pertenecido a alguno de los estamentos anteriores”.

Pero no hay en esta(s) obra(s) de Casavella nada conspiranoico, pues es más bien una burla de esa actitud descreída, aunque casi nunca lo parezca (y ese sea su máximo defecto):

“La sociedad cambiaba sin crecer, pero creció la libertad formal, lo espontáneo, lo incontrolable. Desde luego, no eres infalible, nadie lo es. Sólo azares y vaivenes. Sólo decisiones y oportunidades. Me niego, me negué, me negaré a creer en un reino de tinieblas. Sólo hay avaricia, Lector, y desidia y violencia. Comercio”.

Comercio. El mal.

El día del Watusi es una experiencia casi mística, sí, de veras, donde abundan personajes de los que sólo “quieren saber el resultado de la batalla, no que se la expliquemos”. A los que ganan siempre les sobran las explicaciones.

“Te quedarías asombrado hijo mío, si supieras con qué tonterías se gobierna el mundo”.

El día del Watusi tiene una lección moral oculta mucho más inteligente que la lección moral que pretende ser; una lección moral y política, esta:

“El júbilo conoce, la nostalgia confiesa, sólo la queja aprende aún”.

Abunda en ella la “intuición del vivir ligero”. También las máximas del pensamiento débil: “un hombre sólo adelanta cuando no sabe adónde va”. Y, sí, por supuesto, sus personajes deducen que viven “tragedias sin seriedad”.

El narrador de la trilogía se sabe muy al final dueño de su biografía:

“Y me repetí que pertenecía a una raza tosca, pero fuerte, aguda, curiosa, con disposición práctica, con inventiva, rápida para encontrar soluciones, enérgica, nerviosa, individualista, llena de júbilo, de exuberancia”.

Al menos, sabemos que el protagonista de El día del Watusi aprendió “dónde acaba por fin la noche”. La noche en la que yo estuve sumido cuando leí la reputadísima trilogía de Casavella. Lo que no entendí muy bien (entre tantas cosas que cuenta la novela, que ocurren en ella y en sus hilos eléctricos) es eso de que “seríamos muy poca cosa sin la participación de lo que no existe, pero que estaríamos también más tranquilos”. Lo que no existe es la ilusión que los humanos pretendemos transformar en arte. Y no, al final, el protagonista de estas mil páginas no seguía siendo él cuando años después del machacado Día del Watusi quiso adivinarlo. Habían pasado casi 25 años. Era de esperar. No puedo decir lo mismo: cuando yo acabé de leer El día del Watusi sí seguía siendo el mismo. Mala cosa para una(s) novela(s) con tanto predicamento.

“Y deducía que vivir la vida de un modo inteligente es muy poco emocionante, pero estaba mejor. Llegaría el momento en que con mis pocas fuerzas aplaudiría mi elección por el tedio razonable. Un pensar lógico, sensato, un altar al Dios del sentido común, sin paranoias, sin insectos ilusionistas. Ni buenos ni malos. Sin ángeles. Sin ficciones”.

El miedo que ha atravesado como un rayo a veces incomprensible El día del Watusi… y el alivio:

“El alivio es que ya no tengo miedo, que he entendido que la vida es un gran esfuerzo inútil para combatir ese miedo. Que esa lucha puede ser radiante”.

transicion

Un ajuste de cuentas con la Transición

En el muy analítico artículo ‘La Transición política española no ha tenido lugar. Historia y medios de comunicación social en El día del Watusi, de Francisco Casavella’ (perteneciente al libro editado por J. L. Calvo Carilla; C. Peña Ardid y M. Á. Naval, entre otros: El relato de la Transición. La Transición como relato, publicado en 2013 por Prensas de la Universidad de Zaragoza), la filóloga española María Ángeles Naval explica los entresijos de la obra de Casavella de una manera que yo no he sabido vislumbrar aunque sí intuir como lector de narrativa y como especialista en la Transición española.

Las llamadas políticas sobre el pasado y la tan traída y llevada memoria histórica no son sino la pretendida necesidad de hacer justicia o ajustar cuentas con aquello que pasó (pero que, a mi entender, al traerlo al presente para que lo condicione no se quiere entender como algo transcurrido sino como algo sin resolver). Algunos narradores, como nos quiere explicar Naval, han querido reconstruir su “propia identidad” usando como trasfondo un “marco de barbarie” que, en el caso español son la Guerra Civil y la dictadura franquista… pero también la Transición (sic).

EldíadelWatusi2Sí, la Transición como un proceso concluido merecedor de llevar a cabo esos ajustes de cuentas artísticos. El asunto es que hay quien considera que la Transición tuvo sus propios perdedores, y existe una literatura revisionista de la Transición que se baña en dicha consideración. Y aún más, para esa corriente, “los perdedores de la Transición vuelven a ser una vez más los perdedores de la guerra, que no encontraron justa reparación en cómo se zanjó o no se zanjó el franquismo durante la Transición. Es el caso de escritores como Benjamín Prado o Belén Lopegui que responden a un perfil sociopolítico muy claro, el de quienes se afianzan en sus posiciones prorrepublicanas (las de la Segunda República, quiero decir, claro, sean estas cuáles quiera que fueran o, mejor dicho, aquellas que solucionan el conocimiento de aquellos años entendiéndolo como la derrota de la dignidad democrática) y de izquierdas, de una izquierda a la izquierda del PSOE, al que tienen por “el gran corruptor de las ideas revolucionarias y el usurpador de los valores del antifranquismo”. Hay que coger aire para asimilar todo eso, sí. Sigo.

“Otros narradores convierten la revisión del proceso histórico en un repaso de su propia trayectoria personal y se sienten de forma radical, antisocial, víctimas del proceso democratizador, que consideran como una impostura tras de la cual se perpetúan ‘los poderes del pasado’. La trilogía El día del Watusi […] es hasta la fecha y en lo que se me alcanza el asalto narrativo más compacto y brillante al proceso histórico de la Transición y a su interpretación más oficial, internacional y favorable […]. Esta trilogía, por su significado en el proceso social de reescritura de un pasado político nacional español y, sobre todo, por la excelencia del lenguaje literario y de la composición novelesca, por su genialidad y humanidad, está llamada a ser una referencia inexcusable en la renovación novelesca de principios de este siglo XXI. En El día del Watusi, la renovación se ha hecho sin abandonar los intereses más conspicuos de la narrativa nacional o realista, galdosiana y valleinclanesca, aunque finalmente, la novela deviene en un artefacto posmoderno, caótico, underground, y, además, de muy altos vuelos”.

Ahí lo dejo.

Para Naval, la trama de la trilogía de Casavella “sólo se resuelve en la evidencia de que todo es ficción: la política-ficción, la ideología-ficción, la Transición-ficción”. Este tipo de lecturas ven una llama que todo lo puede en obras de la textura atrabiliaria que vengo comentando, el humor. Acabáramos:

“La narración desquiciada, inasible, irreductible a cualquier relato histórico-intelectual-pequeñoburgués, es la particular venganza que el narrador de El día del Watusi, llamado Fernando Atienza, se cobra de la sociedad, y más en concreto, del proceso histórico por el que se siente humillado”.

Toda novela se escribe para vengarse”, mantenía Francisco Casavella en la última entrevista que concedió. El día del Watusi como venganza. Buen título para un ensayo. ¿Quién asume el reto? No olvidemos que siempre se puede parafrasear al descreído Jean Baudrillard y, como hace Naval, escribir que lo que pretendió el narrador español fue apuntalar una hipótesis muy posmodernista, la de que LaTransiciónespañolanohatenidolugar.

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