La poética de Alejandro Tarantino

A propósito de La terribilitá, su último poemario publicado.

Por Candela Llanos de Vanda | Desde la materia de su último poemario, en diálogo con el discurso de Román Hernández, quiero hablar del poeta, e invitar a la lectura íntima y sin oropeles de su voz. Tiempo habrá para aquellos que con el libro en sus manos gocen de la relación entre la escultura y la poesía, origen cierto de este libro.

Tres libros nos ha dado de los que tiene escritos, y la manifestación de una poética de mucha potencia imaginaria, ideas explosivas que, en sus palabras, definen su quehacer «blanco como un látigo ciego». Imágenes inéditas, asombrosas, con su mucho de carnalidad pero cargadas también de conceptos y formas que subyacen en poemas con poderosos hallazgos. Las imágenes salen en aluvión, cataráticas, hermosas como creaciones intempestivas. Desbordan la atención y concentración del lector, la lectora que he sido yo, hasta el punto de dejar de significar, de ser sobrepasada por semejante caudal.

Una poética que no puede ser apaciguada y en su furia lleva la mansedumbre, la dulcedumbre, necesaria al trato con el dolor que las ideas guardan para los gritos. Por ello, se descubre un ritmo de los significados y no de los signos, un intrincado territorio donde se diluyen los límites formales entre Poesía y Filosofía, donde los neologismos y la exactitud de las palabras equilibran el riesgo de un léxico culto. ¿A cuántos deja fuera del entendimiento?, se puede preguntar un lector atento. Creo que a muy pocos, a aquellos que buscan la imagen fácil y repetitiva de un yo masturbatorio. Pero hay algo distinto que tiene que ver con los principios materiales de los presocráticos, un fluir de la voz por las palabras como por el rio de la vida, y ese algo te lleva a un saber del saber o sobre el saber, a la posibilidad de que su poesía nazca en el saber y no en las simas de una pasión enfermiza. En él leer no es solo comprender, es también un mirar lejano, un abandonarse al extravío y a la exploración.

Sus textos podrían estar escritos hace cien años o dentro de cincuenta, como si quisiera dejarnos en una corporeidad demasiado abstracta. Y es en alguna de esas abstracciones donde logra hallazgos formales, sintáctico-temporales que son luces en bruto y nos llevan a un texto de otro tiempo, no por no ser aquí, sino porque sobrevivirá como lo hacen los poetas secretos: «Esta soledad que lo es sin ti», «Ven y vete es uno», «fragmentos de un horizonte revés de la historia». Son epifanías que escancian poemas anclados en el tiempo intempestivo de Nietzsche, en el espacio de las fronteras, más allá. Si ya tiene la corporeidad semántica, en lo que ha de venir y se intuye en sus poemas, la corporeidad se convertirá en el ritmo con el que se lee su escritura presente.

A.-Tarantino

Su poética alcanza una alquimia épica con el decir de Lorca o Pasolini –entre mil voces de la historia del pensamiento-, una filosofía lírica que no sucumbe a otras voces ni adeuda corrientes, que ama, simplemente ama, la poesía, y desafía el límite de los géneros.

Sus libros andan entre el oráculo manual, la lámpara maravillosa y el imaginismo surrealista de Aleixandre, Valente, Mestre, entre otros, pero con una personalidad inmaculada. Es muy original, muy rara su voz y es voluntad de potencia.

Él mismo lo dice: «los poetas son los que escriben contra el lenguaje». Y la idea estética de la resistencia que él bien conoce, da paso a una lucha clara contra el discurso del poder y los cenáculos de la conformidad. No renuncia a los lugares comunes del entendimiento y arriesga en la vanidad de las palabras, en medio, en los intersticios donde se urde su voz híbrida, revienta y hace estallar el objeto de la lengua desde su lucidez inquietante, y diría que a veces inabordable desde los parámetros que hoy triunfan.

Quiero su ser ignoto, su parte de maldito, al modo que pueda serlo su amado Vincenzo Consolo, quiero que mantenga su voz en la patria ética, su destierro, su morar la habitación obstinada del pensar, en palabras de Gamoneda.

Tarantino nos ofrece una de las deconstrucciones líricas de la modernidad, los límites del decir aparentemente clausurados se abren de nuevo, desde Hegesias a Quignard; entre lo profético y lo desnudo, nos da el vértigo ante una «sima insalvable» de la lengua de un habitante futuro.

Quiero agradecer a Chús Arellano y Juan Carlos Mestre sus palabras sobre Alejandro Tarantino, que me han permitido entrar en sus textos por lugares insospechados. Gracias.

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Alejandro Tarantino Aréchega

La terribilitá. Desde la Materia de Román Hernandez

Editorial Baile del Sol 2018