sábado 16/10/21
CRÍTICA LITERARIA

Manuel Roma Vilas Poesía

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Manuel Vilas

Leer el poemario Roma de Manuel Vilas… Leer el décimo poemario del autor de Ordesa. Roma, aparecido durante el Primer Año de la Gran Pandemia, el año en que murió mi padre: 2020. Roma hace el número 28 de los libros publicados por Vilas, ensayista además de autor de narrativa breve y novelas. Ahí es nada.

La belleza humilde, el amor inocente y la bondad solitaria: la esperanza de Vilas en que esa trilogía divinal sea la que le envía a él el gozo de un instante señero, luminoso, definitivo. Un poema. Un destello de la eternidad.

“Una vida como la mía,
sencilla, bella, dolorosa”.

La primera poesía se titula ‘Maleta y armario’. En sus versos ya leemos el ámbito de Roma.

“Un hombre más, un rostro más,
una encendida plegaria arrojada
al abismo, al agua, al viento,
a las rosas, porque aún tengo
fe en las rosas. […]
Lloré sin lágrimas.
Ah, quién tuviera lágrimas reales.
Solo los jóvenes las tienen.
Estaba, al fin, en Roma.

roma vilas

Roma es el primer libro de poesía escrito por Manuel Vilas que yo leo, si es que no lo eran Ordesa y Alegría. Porque no lo eran, ¿verdad?

El poeta llega a Roma y se nos desmorona con esa grandeza reducida a escombros de los poetas derrotados por la victoria de las palabras atesoradas como rescoldos.

“Estar en paz con todo ya es imposible,
eso he venido a decirte, Roma”.

Poeta en soledad, poeta en Roma:

“La muerte no existe.
Existe ella, la soledad,
la reina del mundo,
la soberana de la conciencia,
la más alta dama.
Roma, la soledad”.

La ignorancia del tiempo. Hay un poema que me ha conmovido como la genialidad inconmensurable que es, el que lleva por título ‘Poema de los seres vivos (Museo Vaticano. Sala de los Animales)’, un poema que comienza con un verso magnífico que dice: “me iré de este mundo sin hablar con los cocodrilos”. Donde le leo a Vilas eso de que “todo fue creado en mi honor”. Un poema que termina con estos versos invencibles:

“El viento y el sol en vuestros corazones,
en el mío, la nostalgia y la luna.
Nostalgia de vosotras, criaturas salvajes,
amor de mis amores, besos de mis besos,
bestias refractarias al pensamiento y la desolación.
Quiero ser como vosotras, profundamente inhumanas,
albergar en mis órganos internos
la seguridad del instinto y la ignorancia del tiempo”.

Roma, que “viene de la noche del hambre, de la intemperie profunda”. Roma, “que eres mi última esperanza de amar y ser amado”.

“Los ángeles, cuando mueren,
son enterrados en Roma”.

Hay un ¿poema? al que Vilas llama sencillamente ‘Roma’. Me interesa especialmente lo que en ese texto, esa prosa lírica, nos relata sobre los dos pasados. El suyo y el de Roma: “el uno humilde y privado, de desaparición inminente; el otro universal y necesario, desaparecido hace tiempo”. El del autor “vivo aún, dentro de mí”, el de la ciudad “amortajado, iluminando el mundo”. El pasado inminente, oriundo, y “la dignidad de la historia”. ¿Es nuestra moral el pasado?

“Roma, delante de mis ojos, y yo delante de mi pasado. […]
Roma, nuestra amada superstición”.

Sabemos que “el sol es ajeno a la vida y a las fiestas de los hombres”, que “este mundo tiende a lo ilusorio”, que quizás nunca sea del todo vencida “la presencia de la mentira”.

“Nos mentimos porque la imperfección de la vida nos conduce a la melancolía”.

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¿Quién es Manuel Vilas (cuyos poemas “tienen argumentos”, como escribe otro escritor español, Juan José Millás, en la cuarta de cubierta), que dice aquello de “quiero vivir cien años”?

“Tengo cincuenta y siete años
y cada día que pasa soy un hombre mejor,
más bondadoso, más acaudalado
en sombra y amor y silencio.”

¿Qué somos los humanos? Vilas, en Roma (en Roma), nos responde con esa hermosa destreza de sus versos de lustre, como los de su poema ‘Museo Vaticano’, donde leo:

“Somos una plaga bíblica, somos la democracia en vivo.
Somos el triunfo de los antibióticos, de la política, de la ciencia,
pero no somos el triunfo del arte, ni de la belleza, ni del espíritu,
por eso estamos todos aquí, buscando lo que nos falta.
Sin verdad estamos, pero vivos y en expansión”.

La muerte, tan presente en Roma.

“Reyes Magos, dejad que me vea después de la muerte
para saber quién he sido, pues no lo sé”.

La vida, tan presente en Roma: un buen café (romano) y sentir “la sonrisa de los árboles, también la respiración de las montañas más altas… y la carne de Dios”. La belleza humilde, el amor inocente y la bondad solitaria. “La belleza que arde para todos”.

Manuel Vilas fue a la ciudad de Roma porque “pensé que la belleza apaciguaría mi desesperación profunda”.

“Intento que mi rastro de este mundo sea poca cosa, de eso he hecho filosofía y una forma de dominio sobre la muerte, el tiempo y los hombres”.

Vilas (“mi rostro es el de la muchedumbre”) y su alma perdida por la que llora el agua de la lluvia en alguna ciudad portuaria italiana (que no es Roma), ese Vilas a quien desasosiega leerle que mañana “no habrá más poetas sobre la tierra”.

“Roma, con tu incendio barroco,
con tu amor incondicional
a los poetas como yo,
perdidos para siempre,
a la espera de una verdad.
La verdad eres tú, Roma”.

El autor sale de Roma de vez en cuando y viaja a otras ciudades italianas: infidelidades les llama a esas escapadas. En definitiva, lo que no deja de hacer es “buscar palabras capaces de iluminar el vacío del mundo”.

“Luz, eres siempre la misma.
Ella, la luz, no lo sabe.
Ella, la luz, vaga en el espacio.
Luz que te derramas sobre Florencia, sé mi enamorada.
Tú permaneces y no lo sabes.
Nosotros nos marchamos y lo sabemos”.

Vilas se despide de Florencia:

“Me marcho, Florencia, te dejo, te he visto desnuda.
He visto quién fuiste,
me quedo con tu vulnerable dulzura
mezclada con la mía”.

La brillante lección de historia que es el hermoso y triste poema ‘Nobleza’ (“la superstición de la sangre”) muestra lo que el escritor oscense es capaz de hacer con la poesía en su máximo esplendor: belleza y sabiduría deslizándose ante nuestros ojos y nuestra alma cerebral.

Porque el pasado (“nunca ha sido tiempo de la justicia”), la Historia, no le son ajenos al espíritu a veces sombrío a menudo glorioso del poeta, que enciende para nosotros la culta liturgia que fundó nuestra civilización.

“No importa que todo camine hacia la nada,
porque desde el primer día de mi vida
estaba escrito que todo se desvanecería.”

Roma y la presencia de Dios (“son tus mentiras dulces y locas”), cuya inexistencia “no impide amarle”; Dios, que es “la presencia de una superstición inagotable”. Una inexistencia presente. Muy presente (en Roma).

“¿Cuántas iglesias hay en Roma?
¿Existe ese número, alguien lo conoce? […]
Roma tienes más iglesias que almas. […]
No puedo entrar en todas las iglesias romanas.
Necesitaría trescientos años de vida”.

Porque las iglesias son besos que Dios le lanza a Manuel Vilas “para tenerme entretenido con la vida”.

También el arte, el arte cristiano, católico, romano:

“Creo en el arte
con que Dios
y su hijo Jesucristo
y su santa madre
vienen a nosotros
con más vida
y más refinamiento
que si fuesen reales
y estuvieran vivos
en alguna región
del aburrido universo”.

poemario romaY el coronavirus (Vilas escribe Roma cuando comienza la Gran Pandemia). El poema ‘Coronavirus’ comienza así: “al norte de Italia, finales de febrero del año 20, llega como hace mil años la peste”. Más adelante, en otra de las poesías del libro Roma, leo: “26 de febrero año 20, llega noticia de que la peste crece…, era el 29 de febrero del año 20, y la peste se paseaba por el mundo”. El poeta Vilas es “carne asustada” mientras “la grotesca pandemia oscurece la vida”.

“Lo llaman coronavirus, es un nombre
técnico, porque el mundo se quedó sin poesía”. 

Cuando la nueva peste llega a la ciudad de Roma, el escritor español reconoce que “si has visto la belleza puedes morir en paz”. Y a la capital del cristianismo le pide: “Roma, llévame contigo”.

“Quiero ser un palacio.
Mi cuerpo convertido en luz y memoria.
Mi aliento convertido en mármol”.

Llega el momento de despedirnos de la Roma visitada por Manuel Vilas y del libro escrito por Manuel Vilas:

“Roma, vine a ti para saber quién soy,
vine a llamarte madre de todas las cosas”

Y la repatriación: “desde Madrid, te sigo queriendo”.

Te esperaré y tú me esperarás”.

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