viernes. 23.02.2024
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Poesía | JESÚS CÁRDENAS

A la poesía no le van los lugares comunes y predecibles de la realidad. De hecho, la verdadera poesía solo se asoma con sigilo, no termina de descubrirse. Porque la propia poesía se muestra con el asombro de un mirar, con la intuición de un lenguaje que encuentra resquicios en lo real. Lo comprobamos en el libro de poemas, Pulso solar (XXXI Accésit Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma y flamante XXVIII Premio Andalucía de la Crítica), de Diego Vaya (1984).

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Diego Vaya, autor de Pulso solar

La trayectoria poética del poeta sevillano sigue un camino bien trazado: Las sombras del agua (2005), Un canto a ras de tierra (2006), El libro del viento (2008), Circuito cerrado (2014), Game over (2015), además de Esto no acaba aquí (Antología poética 2005-2015). Sus publicaciones no mantienen una excesiva concentración en un corto período de tiempo, sin embargo cada vez va encontrando más lectores.

Como en sus otros libros, en este último persiste Vaya en un proceso intimista a partir del sentido del amor como ancla, armadura y hogar; único aliciente para vivir. Es una fuerza tan hiperbólica que abraza el sistema solar. Una fuerza, sin embargo, amenazada tercamente por la corrosión del tiempo, el filo punzante de la herida y el agujero negro de la pérdida.

Era para Borges el paraíso una biblioteca; para Vaya es todo lo que rodea a la vida: la familia, la escritura, la memoria, la identidad, la duda. Pulso solar repara en esos asuntos a lo largo de cinco apartados, dentro de los cuales agrupa tres o cuatro composiciones. La relevancia de este breve conjunto tal vez radique en la forma en que Diego Vaya emplea talentosamente el lenguaje, logrando que las palabras se dirijan desde la sencillez hasta la creación de una imagen. 

El más extenso –y quizá el más redondo– de todos los apartados es el primero, «El idioma del fuego». Acaso sea el que mejor concentre el sentido del título: en su interior se aglutinan la dicha de vivir junto al recuerdo, al presagio de la muerte y a la asimilación del ciclo vital. En «Otra creación» parte de la tierna descripción de su hijo comiendo fruta, y entre medio versos que nos escarchan: «Sé que te queda mucho por vivir / porque la muerte aún es para ti un juego / con una sola regla». En el siguiente poema la idea de congelar el tiempo («Y yo no quiero que esto acabe») alimenta «la hermosa fábula de creernos únicos». Retrocede el sujeto hasta su infancia, paraíso cernudiano, reduciéndose, en guiño gongorino, a su final: «para que mi horizonte sea polvo». Con todo, se asume el momento, quedando pleno el interior, como un gesto de amor incondicional: «Solo quedará / este abrazo solar que nos desborda, / pero seguirá creciendo sin nosotros». Es, en esta ocasión, el guiño quevedesco: el amor tiene el poder de cruzar la barrera temporal, como el amor eterno: «Que esta canción nos una más allá / de lo que somos, / que los labios sean / su cicatriz solar, que nos devuelva / los caminos del tiempo para estar / de nuevo en esta vida». En otra composición endecasilábica, «La última mañana», no describe sino que reflexiona sobre el devenir angustioso a la muerte, por lo que el sujeto se interroga por la identidad de su dolor. Por desgracia, muchos de los lectores sabemos demasiado bien de lo que Diego nos habla.

En el segundo apartado, «Visiones ante una fotografía», es la ausencia de la madre la que origina versos que anhelan la querencia infinita. Vaya retiene sus sentimientos; se contiene, como requería T. S. Eliot. En consecuencia, el discurso se tensa mediante la construcción de imágenes desoladoras. «El agua rota» parte de una fotografía donde se describe un niño que abraza a su madre, imagen imborrable concentrada en heptasílabos esticomíticos, acelerado mediante el polisíndeton, que conducen en tremendos alejandrinos que terminan por romperse como se rompe la ola contra la roca salpicando nuestra memoria: «está, como ese abrazo, / todo lo que queremos que no sea acabe nunca. /Y aunque esa eternidad no vaya a ser la nuestra, / no basta el cauce de una vida entera / para contener tanto / amor». El poema enhebra sus hilos con el ulterior, «Los regresos», con una estrofa final donde es difícil no emocionarse.

Revela el apartado nuclear, «Horizontes», el problema de la identidad del sujeto en la voz de Sergio Leone: «Pero no / recuerda ni su nombre. Es una sombra, / polvo, tiempo gastado. Y su reflejo». El poeta se ha proyectado en tres soberbias composiciones, que poseen un aire entre lorquiano y wéstern. En una de ellas el personaje presagia su muerte en «Regreso a Sad Hill»: «Oigo mi nombre. Estoy más cerca. Cavo: / esta es la única tierra prometida». Estos endecasílabos de carácter narrativo enlazan temáticamente con los contundentes heptasílabos de «La última llanura»: «sabes que en este instante / están todos los días / que ya no vivirás».

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El cuarto apartado, «Paraíso en obras», muestra el pensamiento mutable del concepto de Paraíso junto a la reconstrucción del sujeto, como el regreso del hijo pródigo. A lo largo de una serie de cuatro composiciones adquiere un peso específico los versos alejandrinos, que, hilados con heptasílabos y endecasílabos, producen una deliciosa armonía. Sin embargo la sonoridad de los versos no se detiene ante el pensamiento existencial, provocando la paradoja tan querida por los poetas del Barroco: «sin más sentido que soñar sin fin, / donde no pueda nunca saber si estoy despierto / o si hay algo real». En la calle el sujeto no se dedica a contemplar, no es un poeta voyerista, sino que da sentido a la realidad mediante perfiles, cuya perspectiva retrocede y anuncia su devenir con el aliento que insufla el acto de dudar, igual que aquel punto en medio de la línea no sabía que sería de él: «el sueño / de la vida y la muerte, el baile de las voces / y los huesos sin nombre, la hoja nueva que ignora / la raíz bajo el suelo». El poeta sevillano se adentra en la realidad en busca de un absoluto, tratando de percibir las relaciones ocultas del transitar, en aras de una ontología que nos entregue el ser pleno. Entonces, deducimos que el horizonte vislumbrado por el sujeto es otro: «espejo donde no me reconozco».

Para finalizar, la reflexión de la pérdida de la juventud, de un tramo interno. En «Apenas la vida» convierte un poema con un trasfondo cotidiano, que parece liminar con el entorno inmediato, en trascendencia debido a que la experiencia deja de ser singular para convertirse en la de muchos: «igual que ellos a ti también te oían, / todos en ese sitio, todos juntos, / todos, ahora lo sabes, / unidos para siempre por un mismo temblor».

A fin de cuentas, vislumbra Diego Vaya en este Pulso solar una poesía de muchos quilates, rebasando la poética de la intimidad, conteniendo imágenes reflexivas; accesible en su significado y polivalente en su relectura. Al asombroso talento en el empleo de los recursos poéticos se une la evocación de imágenes con las que los lectores nos identificamos.

Pulso solar, de Diego Vaya. Visor. 2021. | COMPRA ONLINE


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JESÚS CÁRDENAS es poeta, crítico literario y profesor.

Poesía cotidiana sin lugares comunes | "Pulso solar", de Diego Vaya