TRIBUNA

'El Salto': la herida abierta de la inmigración

Una película que duele, interpela y nos enfrenta al espejo de nuestra deshumanización.

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Hay películas que no se ven, se atraviesan. El Salto, de Benito Zambrano, no es una ficción cualquiera: es una herida abierta. Una historia que por desgracia no termina cuando se encienden las luces. Yo la he visto hoy — en Movistar— y me ha llevado a escribir estas líneas. Recomiendo a quien no la haya visto, verla con los ojos bien abiertos y el corazón sin coraza.

Porque no habla solo de “ellos”, los inmigrantes, sino también de “nosotros”. O sea, de esta sociedad.

¿Qué nos muestra Zambrano en los 90 minutos de esta película estrenada el pasado año? Lo que ya sabemos, lo que tal vez preferimos no mirar: la realidad de muchos inmigrantes. Pobreza, miseria, guerras, sin futuro, huida... Viaje clandestino, éxodo, sufrimiento, abusos, muerte... Cruzar en patera, saltar la valla, llegar nadando, debajo de un camión... Darlo todo para llegar a Europa. Y una vez aquí: un nuevo país, una nueva lengua, una nueva cultura, no tener papeles, inseguridad, miedo, persecución, deportaciones, vuelta a empezar…

Y frente a ello, lo que hay, por ejemplo, es una incapacidad política escandalosa ante lo más evidente: afrontar la situación de los menores migrantes no acompañados. ¿De verdad es tan difícil unir sensibilidad y voluntad política para proteger a quienes lo han perdido todo? ¿Qué clase de país se resigna, mes tras mes, a ver cómo se cronifica la situación de unos niños que, en lugar de cuidados, reciben sospechas y amenazas de expulsión?

Pero aquí no hay solo pasividad. Hay bloqueo malintencionado. Y hay cinismo y excusas cobardes. El Partido Popular, lejos de colaborar en la búsqueda de una solución justa y compartida, ha decidido poner trabas sistemáticas a cada intento del Gobierno por repartir solidariamente la acogida de menores no tutelados entre las comunidades autónomas. Y aún más grave es el espectáculo diario que ofrece su socio, Vox, criminalizando a estos menores y tratándolos como una amenaza, como ganado sin alma al que hay que expulsar sin más trámite ni compasión.

¿En qué momento han confundido el debate político con la deshumanización? Porque es una cuestión de piel, de prejuicio, de mirar al otro sin verlo

¿En qué momento han confundido el debate político con la deshumanización? Porque es una cuestión de piel, de prejuicio, de mirar al otro sin verlo. No deberíamos permitirnos ni un minuto más de tolerancia hacia la deshumanización de la inmigración. No deberíamos aguantar ni un discurso más que diga que “nos invaden”, que “nos quitan”, que “no se integran”. Ese racismo encapsulado en frases de bar y tuits con banderitas es el barro en el que se puede hundir nuestra democracia. Porque no hay democracia digna ni convivencia sin respeto a las personas. No hay país decente sin humanidad.

Oímos excusas y argumentos que se escudan en la evidente complejidad del problema. Pero lo básico no es tan complicado: los menores no acompañados necesitan protección, no sospecha. Las personas que huyen del hambre, de la guerra, del cambio climático o de las redes de tráfico, necesitan corredores seguros, acogida, reconocimiento. Y nosotros, los ciudadanos, necesitamos mirar de frente la realidad y decidir de qué lado estamos.

Porque este no es solo un drama migratorio. Es un espejo de lo que somos como sociedad. De si somos capaces de priorizar la vida y la dignidad por encima del miedo y el cálculo electoral. De si sabemos responder con humanidad cuando la respuesta fácil —la del odio, el miedo y el rechazo— resulta tan tentadora e interesada para tantos sectores de la sociedad.

Hay quien dirá que tenemos otras muchas prioridades, que no es el momento. Pero si los menores migrantes son un problema que puede esperar, entonces somos nosotros quienes tenemos un problema más grave: el de la indiferencia.

Y si seguimos permitiendo que el racismo se cuele en los discursos, en las tertulias, en los programas políticos, en las decisiones administrativas, en nuestras propias conversaciones, entonces estamos alimentando el monstruo que convierte a las personas en amenazas, y a la solidaridad en delito.

Si no somos capaces de acordar al menos una política común que proteja a los más vulnerables —a esos menores que llegan solos y asustados, y que podrían ser nuestros si hubiéramos nacido en otro sitio—, entonces no merecemos llamarnos sociedad.


Artículo publicado en El Blog de Quim