jueves. 25.07.2024
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“En la historia se buscan espectros de lo que pudo ser y promesas de otros futuros. Todo mito fundacional de la Edad Dorada apunta al misterio que hemos de descifrar, el del tiempo perdido. La Edad Dorada es la pregunta, no la respuesta”
(Clara Ramas, El tiempo perdido, p. 161)


Merecía la pena visitar aquella exposición que la Neue Nationalgalerie de Berlín dedicó a la melancolía y su incidencia en las artes europeas a lo largo del tiempo. Se inauguró en febrero de 2006 y en su cartel anunciador figuraba el célebre cuadro homónimo de Alberto Durero, cuyas alusiones alegóricas han dado lugar a tantas interpretaciones. Un ángel alado con aspecto femenino está bajo un reloj de arena cuya base ya se halla prácticamente colmada, como si quedara poco tiempo. Pero también hay una campana cuya cuerda podría hacerla tañer en cualquier momento, así como un cuadro con cifras cabalísticas entre las que figura el año de la realización del cuadro: 1514. Hay una balanza sobre la cabeza de un angelote aniñado con semblante sombrío, un perro famélico, diversos utensilios y una escalera con siete peldaños, entre muchos otros detalles. Al parecer a Sartre le tentó titular como Melancolía I su novela La nausea y Thomas Mann hace colgar sobre su piano al protagonista de Dr. Faustus ese cuadrado mágico, también llamado de Júpiter, repleto de números que arrojan idéntica suma en cuatro casillas hábilmente combinadas.

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Clara Ramas

Esto me lo ha hecho recordar Clara Ramas San Miguel en un libro recién aparecido que lleva por título El tiempo perdido, además de portar un prolijo subtítulo donde se brinda una breve sinopsis del contenido, como es habitual en esta colección: Contra la Edad Dorada: Una crítica del fantasma de la melancolía en política y filosofía. En la cubierta figura una calavera que adorna estérilmente su cráneo con una planta en vías de secarse, pero aún verde. La introducción es fantástica. Comienza con una secuencia del episodio piloto de Los Soprano, cuando Toni le dice a la psicóloga que su padre lo tuvo mucho más fácil, al tocarle una época donde la gente podía encontrar todo tipo de asideros. El caso es que mi generación es la del mafioso, porque soy un Boomer, aunque lo sea desde hace poco, dado que antes tardábamos bastante más en poner un mote a las generaciones y se hacía en realidad por acontecimiento histórico-culturales, como las del 98 o la del 27. Lo cierto es que al parecer esta cartografía generacional se actualiza con mayor celeridad cada vez. Con todo, ya señala Ortega hace un siglo en El tema de nuestro tiempo, con su “Teoría de las generaciones”, que cada “generación representa una cierta actitud vital desde la cual se siente la existencia de una manera determinada”.

Con arreglo a la época que les toque vivir, unas generaciones tendrán un talante conservador propio de la vejez y otras en cambio apostarán por una juvenil beligerancia constructiva. Comoquiera que sea, en mi generación predominaba el querer cambiar las cosas, comenzando por lo que uno tuviese a su alcance y afectase a lo cotidiano. En la universidad exigíamos que las clases magistrales fueran sustituidas por seminarios y trabajos. También aspirábamos a no dejarnos arrastrar por los corsés de unas costumbres trasnochadas que resultaban asfixiantes. Las lógicas reivindicaciones enarboladas por el feminismo eran asumidas como algo indiscutible. La política nos tentaba menos, aunque asistiéramos a todos los mítines, manifestaciones y fiestas comunitarias imaginables. Pero compartíamos colectivamente la esperanza de conocer un porvenir mejor. Nuestros padres nos dieron estudios, porque la guerra civil primero y las miserias de la posguerra después les habían impedido estudiar. Pudimos votar muy jóvenes en las primeras elecciones democráticas y vivimos la Transición como una época que podía favorecer la convivencia. Hubo que hacer muchas concesiones, porque debían pactar los herederos del franquismo y quienes nos debíamos al espíritu del republicanismo.

Cualquier tiempo pasado no fue mejor en absoluto, entre otras cosas porque resulta imposible volverlo a vivir y sería una necedad recrearse con ello

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Había cierta ilusión y no creo que tal afirmación se deba tan solo a mi condición de provecto “madurescente”. Cualquier tiempo pasado no fue mejor en absoluto, entre otras cosas porque resulta imposible volverlo a vivir y sería una necedad recrearse con ello. En los recuerdos no interviene solo la memoria, sino también la imaginación, y las dosis que aporta esta última suelen ser cada vez más cuantiosas con el paso de los años, incluso aun cuando tiremos de unas imágenes fotográficas o la escritura contenida en una correspondencia y unos diarios. Clara Ramas nos confiesa su idilio con el Proust de A la búsqueda del tiempo perdido. A su lectura le dedicó año y medio, acicateada por Antonio Sánchez, y algunas vivencias quedaron marcadas por ella. Su libro es un corolario del impacto proustiano, como refleja el propio título. Si no entiendo mal, su hilo conductor quiere advertirnos de que mirar por el retrovisor tiene mucho sentido desde una perspectiva estética, literaria e incluso vital, a lo Proust, pero sin embargo supone un mayúsculo error en el terreno de la política. Evocar un paraíso perdido político es algo condenado al más rotundo de los fracasos, puesto que nunca ha existido ninguna Edad Dorada sino a toro pasado. Esta reivindicación de tiempos mejores a restaurar socialmente conlleva una melancolía reaccionaria que impide apreciar las disrupciones y dar a lo nuevo el aprecio que se merece. “Los reaccionarios -escribe Clara Ramas- confunden el efecto con la causa. La polarización, la ausencia de una normatividad compartida, el conflicto social, la hiperpolitización, no son causas, sino efectos del nihilismo” (p. 48). 

Clara Ramas quiere ponernos en guardia contra el mito del retorno a unas viejas esencias y antiguos valores que puedan dar sentido a tanta confusión e hibridación. Porque otra de sus tesis es que los contrarios tienden a fusionarse cual centauros, resultando muy difícil discriminar funestas coincidencias. En este punto debo reconocer que no comparto alguna de sus afirmaciones, pero el conjunto no deja de resultarme muy sugerente. Sí suscribo, sin ambages, el elogio que se hace de la libertad en términos kantianos. “Las condiciones materiales dadas nunca explican hasta dónde llegaremos y qué haremos. La imaginación es real. La realidad por sí sola no nos dice dónde están los límites. Es al revés. Lo imaginado y lo deseado dinamita y expande lo real. La libertad humana, decía Kant, es una grieta, y hasta dónde alcanza no puede definirse de antemano” (70). Esta es la clave para un buen cuaderno de bitácora político cuya brújula nos haga navegar hacia horizontes utópicos, que se saben inalcanzables por definición, pero que al mismo tiempo su búsqueda nos permite ir conquistando terreno para los derechos humanos o la mejora de unas condiciones contractuales indecentes. Inspirándome un poco en El principio esperanza del marxismo cálido de Bloch, así como en ese imperativo de la disidencia que Javier Muguerza propugnaba para soñar con un mundo mejor, he dado en llamar “paradójica nostalgia del futuro” a esta pulsión ético-política, que viene a caracterizar a ese político moral descrito por Kant en Hacia la paz perpetua.

Frente a la negra melancolía del conservadurismo reaccionario y junto a esa estimulante morriña proustiana del terruño frecuentado en la juventud, me permito contraponer y añadir una jovial nostalgia que sólo se recrea con el pasado para extraer lecciones de mismo, al modo en que Rousseau nos habla de un estado natural para discriminar lo aportado por la civilización y una presunta moralización, sin pretender en absoluto retornar a un estado de inocencia perdida, cuyo reingreso impediría con su espada flamígera el guardián que custodia las puertas del Paraíso, como escribe Kant al final de su Antropología. Clara Ramas pone como lema de sus conclusiones un texto kantiano extraído del “Mal radical” y que prefiero transcribir en mi propia traducción publicada por Con-Textos Kantianos: “Que el mundo va fatal es una queja tan vieja como la historia, e incluso más que la poesía, al ser tan antigua como la más arcaica de las artes poéticas: la religión sacerdotal. Pese a ello, todos lo hacen comenzar por el bien, partiendo de una época dorada, de una vida paradisiaca. Pero enseguida hacen que esa dicha se esfume como un sueño y adviene una caída en el mal que se precipita velozmente hacia lo peor, de suerte que ahora, un ahora tan arcano como la historia, vivimos en el final de los tiempos y el ocaso del mundo está llamando a nuestra puerta”. (AA 06 19).

Me debo al optimismo propio de mi rupturista generación y a frecuentar integrantes de un movimiento ilustrado cuyo programa sigue vigente

En cierto modo, Kant ilustraría con estas líneas la tesis principal del texto de Clara Ramas. Pero el texto kantiano prosigue y alaba un heroico parecer contrapuesto que solo ha cundido entre los filósofos que apuestan por una educación acorde al mismo. Según este punto de vista, se daría un incesante progreso hacia lo mejor, “aunque lo haga de un modo apenas perceptible. A buen seguro, este parecer no se ha forjado a partir de la experiencia, dado que la historia de todos los tiempos viene a desmentirlo con total rotundidad y se trata más bien de una afable presunción por parte de algunos moralistas que van desde Séneca hasta Rousseau, para incentivarnos a cultivar con diligencia el germen del bien que acaso subyazca en nosotros, siempre que pudiera contarse con una base natural para ello en el ser humano” (AA 06 20). El nada ingenuo pesimismo antropológico kantiano le hace afirmar que “no cabe tallar nada recto de una madera tan retorcida”, como subraya Berlin en uno de sus títulos, mas eso no es óbice para creer que podemos introducir mejoras en el mundo, al comportarnos con arreglo a pautas que limiten el ejercicio de nuestra libertad en cuanto dañe las libertades ajenas.

Me debo al optimismo propio de mi rupturista generación y a frecuentar integrantes de un movimiento ilustrado cuyo programa sigue vigente, no para retornar al Siglo XVIII, ni revivir la Revolución Francesa, sino para compartir su contagiosa confianza en que ciertas ideas pueden transformar la realidad al ponerlas en práctica con entusiasmo. En una época tan oscura como la del nazismo, Cassirer se convirtió en un francotirador desde la historia de las ideas y lo hizo reivindicando unas premisas que le parecían fecundas para construir un marco de convivencia pacífica donde la ley doblegue a los tiranos. Me voy a permitir terminar con un tema de Joan Manuel Serrat, cantautor que tanto marcó a mi generación, citando unas estrofas de su Lucía, porque a mi juicio saben convertir -como por arte de magia- la ingrata melancolía en una dulce nostalgia del futuro.

No hay nada más bello
Que lo que nunca he tenido
Nada más amado
Que lo que perdí

Tus recuerdos son
Cada día más dulces
El olvido sólo se llevó la mitad

Y tu sombra, aún
Se acuesta en mi cama
Con la oscuridad
Entre mi almohada
Y mi soledad

La paradójica nostalgia del futuro inspirada por 'El tiempo perdido' de Clara Ramas San...