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viernes 27/5/22

Caminaba despacio. Parecía un día como todos los demás. Rutinario. Cinco minutos antes había salido del metro y recorría un trayecto conocido de la ciudad, el que la conducía cada mañana a su trabajo. Pero hoy era distinto. Tenía una extraña sensación. Era como si el entorno hubiera cambiado. El sol iluminaba un deseado día de primavera y los muros de las calles resplandecían con mensajes y colores brillantes que percibía por primera vez. Llegó a la plaza de Chueca y decidió sentarse en uno de los bancos bañados por el sol. Nunca lo había hecho a esa hora, porque suponía un retraso que tendría que pagar saliendo más tarde, pero hoy no pudo evitarlo. Se sentó a contemplar el espectáculo que ofrecía la plaza.

Una mujer llevaba un vestido de encaje, un tejido sutil que resaltaba sus pezones sonrosados bajo la transparencia de una tela que no ocultaba nada a la vista de los otros. Se acercaba hacia ella con un cadencioso contoneo y se avergonzó al darse cuenta de que no podía desviar la vista de los pechos de la mujer, que sonreía ante ella de forma complaciente. Se sintió turbada e incómoda, pero deseaba tocarla. La mujer se sentó a su lado y como si hubiera leído sus pensamientos, acarició su mano y la colocó con delicadeza sobre uno de sus pechos. Ella la miró intensamente a los ojos y se dio cuenta de que conocía esa cara. Llevaba más de un año persiguiendo su imagen por todas partes…

Sudaba, daba vueltas sobre sí misma y se agitaba. Notó una mano que acariciaba su rostro y una voz tranquilizadora que la susurraba desde el lado de la consciencia. “Cariño, despierta…, ¿qué te pasa?, despierta amor, tienes una pesadilla…” -decía la voz-. Violeta por fin abrió lo ojos. Leo, su amante, sonreía e intentaba tranquilizarla con la voz muy calmosa. Tardó un rato en situarse y en comprender que salía de un extraño sueño. La cara de su amante ocupaba todo su campo de visión y poco a poco se fue borrando ese rostro de perfectos labios carnosos entreabiertos y coronados por un lunar en la parte baja de la mejilla izquierda, que eran una invitación al deseo.

Mordió los labios de Leo con ansia, y los succionó como si necesitara beber un trago de vida tras otro. El deseo que sentía era tan intenso que sin mediar más gestos se colocó a horcajadas sobre el cuerpo de su amante, que al sentir su comportamiento animal cayó también preso de una excitación imparable. Violeta le sujetaba debajo de ella, le asía con las piernas y le presionaba con fuerza. Cuando comenzó a notar que él se inflamaba paró en seco. Ella le miraba a los ojos y veía atónita cómo el rostro de la mujer de su sueño se superponía al de su amante conforme aumentaba su grado de excitación. Había entrado en un estado como de trance, casi onírico, paseaba entre el sueño y la vigilia de la mano de eros, que conducía su deseo espeso de una forma un poco despiadada. Pegó su mejilla a la de su amante y comenzó a narrarle su extraño sueño al oído, acariciándole el lóbulo de la oreja con cada palabra. Colocó sus pechos a la altura de la boca de su amate y por fin se sentó sobre él moviéndose en círculos. Cuando notó que se derretía, le mordió de nuevo los labios y volvió a ver el rostro de la mujer. Sólo veía su boca, roja, casi en forma de corazón, y oía gemir a Leo muy, muy lejos, como si sus gemidos vinieran de otra habitación. Cayó exhausta sobre su cuerpo y permanecieron así durante unos minutos. No sabría precisar cuántos. Cuando recobró el sentido, se dio cuenta de que Leo se había quedado adormilado debajo de ella y le despertó con suavidad. Leo la miraba con extrañeza. ¿Acaso notaba algo diferente en ella? Se daba cuenta de que incluso había perdido la noción del tiempo, olvidándose por completo de que tenía que ir a trabajar. Se notaba rara. Era consciente de que se habían despertado sus instintos más primarios al imaginarse el contacto con otra mujer, pero no se trataba de una mujer cualquiera. La imagen que había visto en su sueño era la de Marilyn Monroe, esa actriz de otra época elevada ya a la categoría de icono, que volvía de forma recurrente a la actualidad con cualquier pretexto.

Violeta llevaba casi un año recopilando imágenes de Marilyn. Salía con su cámara a dar paseos por la ciudad con el objetivo de retratar escenas de la vida cotidiana en las que apareciera la musa. Sentía curiosidad. Le llamaba la atención la presencia casi permanente de la imagen de una actriz que murió hacía más de medio siglo. Pero hasta ese momento, no era consciente de la obsesión que comenzaba a dominarla. Tembló. Se puso de pié y sin decir una palabra salió de la habitación y caminó descalza hasta el baño. Se metió en la ducha y abrió el grifo del agua fría. Gritó cuando el agua helada recorrió su cuerpo, pero lo necesitaba. Necesitaba sentir que se despertaba de verdad. Necesitaba sentir la realidad, la fría realidad.

Salió de su casa con prisas, llegaba muy tarde a la oficina. Leo la despidió en la puerta con un beso, que a ella casi le dolió. Sus ojos demandaban explicaciones que tendrían que esperar, porque Violeta necesitaba pensar.

El trayecto en el metro estuvo plagado de visiones irreales. No sabía si era producto de la hora, pero el vagón estaba lleno de gente peculiar. Una mujer de unos cincuenta años, pero vestida como si tuviera dieciocho y se trasladara a un concierto de Janis Joplin, atravesó el vagón tirando de un baúl de mimbre que se deslizaba sobre unas ruedas de colores. Un hombre, con la barba hasta la cintura, regalaba poemas con dibujos de flores a los presentes. Dos niñas saltaban a la comba en el centro del vagón y su abuela las aplaudía. Era extraño, más que el metro parecía el parque del Retiro un domingo por la tarde, a esa hora en la que los desocupados, los excéntricos y los observadores se pasean sin pudor y parece que puede llegar a suceder cualquier cosa. Pero lo que más llamó su atención fue una mujer que leía un libro en inglés titulado Cuadernos de Marilyn, y cuya portada era una imagen en blanco y negro de la actriz tumbada en un diván y vestida con una especie de tul casi transparente. Otra vez el fantasma de la actriz y ella sin su cámara.

Se apeó en su estación y subió a la superficie a la carrera. Enfiló por la calle Barquillo a paso ligero. Giró a la izquierda por Augusto Figueroa y cuando llegó casi a la altura de la Bardencilla, se quedó petrificada delante del escaparate de una tienda de ropa de mujer. La imagen era surrealista. Un maniquí con cuerpo femenino estaba ataviado con el vestido de encaje transparente de su sueño, pero las redondeces del cuerpo de mujer terminaban en una grotesca cabeza de cervatilla, que hacía de la composición un llamativo reclamo. No pudo seguir. Se quedó parada mirando el escaparate, preguntándose por qué aquél curioso vestido había terminado formando parte de su sueño, si nunca lo había visto antes. No solía subir por Augusto Figueroa, porque tenía un tramo de obras que hacían de la calle un recorrido incómodo y polvoriento. Para evitarlo, últimamente, subía la calle paralela, pero como hoy tenía prisa…

Sus prisas se quedaron en nada. Decidió no ir a trabajar. Permaneció un buen rato delante del escaparate, contemplando la espléndida tela y rememorando el redondeado cuerpo de Marilyn tal y como lo había visto en su sueño. Paseó despacio hacia la plaza de Chueca, con la intención de sentarse en el mismo banco que ocupó en su sueño. Una vez allí se acomodó esperando que apareciera Marilyn y se colocara a su lado. Naturalmente no sucedió nada parecido. La fría realidad dista mucho de parecerse a los sueños, se dijo, aunque las visiones que había tenido en el metro y ese escaparate tan surrealista presagiaran un día especial. Y tenía que reconocer que sí había pasado algo. Ella era distinta, se sentía distinta. Un poco confusa, pero con más capacidad para dirigir de su destino. Sentada en ese banco se sintió libre, dueña de sí misma por primera vez en demasiado tiempo. Se había dejado enredar en una vida que la encorsetaba y en la que cada vez se reconocía menos a sí misma. La imagen de Marilyn en su sueño había producido una especie de zarandeo en el interior de su cabeza. Ahora lo veía más claro. No era tanto una obsesión, como una proyección, una especie de brisa liberadora. Perseguir la imagen de la actriz había permitido que ella se expresara de otra manera y le había proporcionado la oportunidad de descubrir otro camino. Cuando paseaba por la calle y observaba a la gente, cuando se detenía ante un muro lleno de imágenes imposibles, cuando percibía la transformación de su ciudad a través del objetivo de su cámara era más ella. Buscar a Marilyn se había convertido en un camino que la llevaba derechita hacia sí misma y a reconocerse en una actividad que de verdad la llenaba. Decidió que abrazaría su obsesión y le daría un beso en la boca.

Obsesión
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